Juniors - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 27 de Abril, 2018

Hace poco hablé por teléfono a la plomería de la esquina de mi casa para que vinieran a reparar una fuga que amenazaba con inundar mi cocina. Un joven me contestó más o menos en estos términos: “Mi papá ya no está, pero el encargado ahora soy yo, ¿En qué le puedo ayudar?”.

Entonces me vino a la cabeza el asunto de los juniors de la política mexicana, es decir, aquellos que han optado por el camino que sus padres no sólo recorrieron sino que además lo dejaron suficientemente pavimentado para un trayecto que se antojaría menos incierto que el de sus progenitores —aunque esto no sea necesariamente cierto, pues algunos de estos jóvenes no alcanzarán el vuelo político de sus padres—.

Lo pensé, además, luego de haberme enterado de la proliferación de estos casos en las elecciones que se avecinan.

Marcada y sobradamente el caso de los Yunes en Veracruz —padre gobernador, hijo que aspira a sucederlo en el cargo—; y el del hijastro de Graco Ramírez en Morelos, cuya candidatura a gobernador se enfila al más descomunal fracaso.

Figura también en estos territorios exuberantes el caso de la esposa de un exgobernador contendiendo al mismo puesto que su marido en Puebla; o la esposa de un expresidente que aspira a regresar a Los Pinos. Pero hagamos de esa harina otro costal. Limitémonos por lo pronto en este espacio a los “hijos de”.

Pienso entonces en una larga lista de figuras públicas cuyos vástagos aparecerán ahora en la boleta electoral, contendiendo por diversos cargos: es el caso de Rosario Robles, de Agustín Basave, de Roberto Madrazo, de Manlio Fabio Beltrones, de Pedro Joaquín Coldwell, de Fernando Elizondo y de Antonio Gali, entre muchos otros. Ya van siendo legión.

De alguna manera es justo decir que el hijo de mi plomero describe la misma trayectoria de estos candidatos, es decir, heredó por linaje la chamba de su padre, y no por ello pensé en renunciar a sus servicios acusando al changarro de practicar el nepotismo.

Pasa pues en todas partes, lo mismo entre políticos y empresarios, que entre mecánicos y peluqueros e, incluso, podríamos decir que se trata de una vieja tradición transmitida por milenios y que ello explica buena parte de nuestros patronímicos en materia de apellidos: González, Martínez, Pérez, significan hijo de Gonzalo, de Martín, de Pedro.

Más aún, la traza urbana de las primeras ciudades burguesas se definía por barrios según gremios, en los cuales por siglos se pasaron la estafeta de padre a hijo a nieto, lo mismo el herrero que el escribano, el médico y el artista.

Antes de que los hombres inventaran la democracia, asunto por demás reciente en la historia de la humanidad, la monarquía como consagración divina del nepotismo fue materia ordinaria y común en la historia de todos los países y de todas las civilizaciones, lo que no impidió periodos de esplendor como la Francia de Luis XIV o la España de Alfonso el Sabio. Sorprendentemente es un sistema de gobierno que sobrevive en pleno siglo XXI en países tan avanzados como Holanda, Dinamarca o el Reino Unido. (Por cierto: ¿ya apartaron sus lugares para la próxima boda real en Londres?)

La historia, tal vez, es una pronunciación incesante de la palabra dinastía; y la política, por lo tanto, el botín en eterna disputa entre unas cuantas familias y esas ramificaciones endogámicas a las que llamamos élites.

¿Cuándo entonces reconocer la frontera entre lo que es una práctica socialmente justificada, y una distorsión de dicha práctica hasta los linderos del nepotismo? Según la definición que del nepotismo ofrece el diccionario, cuando esta práctica deviene “desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las gracias o empleos públicos”.

¿Pero con qué regla vamos a medir entonces las proporciones de la transmisión del linaje para saber cuándo es desmedido y cuándo permisible? Se entiende entonces que un hijo o una hija pueda seguir los pasos de su padre o de su madre, y que esto le permita acceder con más facilidad al terreno que su antecesor ya recorrió, lo mismo en el caso de un plomero que de un político.

Lo que no es permisible es la transmisión por herencia de los cargos públicos, de la fama y del prestigio. No se puede hacer a un lado los criterios de talento, mérito y competencia para poner a un hijo de tal al frente de una responsabilidad o de una candidatura por el sólo hecho de serlo. ¿Cuáles de los casos arriba mencionados pasarían la prueba?

@edgardobermejo

edgardobermejo@yahoo.com.mx

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