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El sueño educativo de los republicanos retoñó en México

La fundación de escuelas les permitió mantener vivo el proyecto cultural que habían alentado en Europa. Las instituciones que crearon se volvieron espacios que también enriquecieron a los mexicanos

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Orgullosos de su condición de exiliados, los españoles republicanos sentían que llevaban consigo una misión histórica: dar testimonio de la odisea que habían vivido en su tierra y defender los valores democráticos y de libre pensamiento y laicismo que promovió la Segunda República. Por eso, al mismo tiempo que iban construyendo sus espacios de vida comunitaria, decidieron volver a plantar en México su proyecto educativo.

“Poco a poco empezaron a crear espacios que resultaron paralelos a los que ya había creado la colonia española”, narra Fernando Serrano Migallón, abogado, historiador y miembro de la Academia Mexicana de la ­Lengua. “Con excepción del ­Centro Asturiano, que fue siempre muy abierto para con los exiliados, el resto de los centros regionales funcionaron con su reflejo ­republicano: El Círculo ­Vasco era franquista y el Centro Vasco, republicano; el Orfeó Català era republicano y la Casa Catalana, franquista. Así existieron la Casa de Valencia y el Centro Valenciano; el Casino Español y el Centro Republicano”.

Se adueñaron de cafés y espacios públicos. Estaban convencidos de que la defensa de los valores republicanos y laicos era una misión que tenía que sostenerse aunque fuese al otro lado del mar. “Nacieron las tertulias de exiliados en cafés como el Tupinamba o el Campoamor; tertulias que a veces acababan a bofetadas”.

“Esa defensa hizo que se quedaran al margen de muchas cosas; un muchacho hijo del exilio podía vivir sus primeros años encapsulado por completo en la comunidad, y sólo hasta pisar la Universidad, parecía entrar en la realidad mexicana”.

Humanistas y científicos, artistas y editores, empezaron a dejar su huella en el mundo mexicano, a pesar de que no era total la aceptación inicial en algunos ámbitos. Un ejemplo interesante son los pintores, como Antonio Rodríguez Luna, que al llegar a México,  transforman su trabajo; cambian de paleta: hicieron cuadros más serios, con colores más vivos, pero con temas más sombríos. La guerra había dejado su marca.

Los exiliados más jóvenes y los profesores universitarios se adaptaron muy pronto, se mexicanizaron; los militares, los abogados, los políticos, nunca acabaron de adaptarse. Pero esas disparidades no les impidieron emprender una misión educativa que era también una trinchera más en la cual defender lo que eran, su identidad como parte de un momento de la historia de España.

“TRANSTERRADOS”

La palabra acuñada por el filósofo José Gaos para referirse a los refugiados españoles, constituía toda una posición ante la vida, que hoy encontraríamos cercana al concepto que ahora llamamos “resiliencia”, que en el caso de una comunidad en exilio era esencial para reconstituirse y sobrevivir. “Con los exiliados ocurre algo muy grave: el filósofo Ortega y Gasset solía definirse con la frase “yo soy yo y mis circunstancias”. En el caso de los exiliados, al perder las circunstancias, el mundo en que vivían, ese “yo” peligraba”.

Ésa es la razón por la cual muchos otros exiliados verían con buenos ojos la expresión de Gaos, a quienes muchos conocieron en la cátedra en la UNAM o en El Colegio de México: era “una España fuera de España”, llevar la patria y los valores de la República, es decir, corazón y pensamiento, a la nueva tierra que los acogía.

Por eso, para mantener los principios que los habían convertido en exiliados, se pusieron a crear escuelas.

EL SUSTENTO DE LOS PROYECTOS EDUCATIVOS

Como tantas otras comunidades extranjeras, la de españoles republicanos pensó en crear escuelas que transmitieran a sus niños, los que venían con ellos y los que nacerían aquí, esa identidad que los haría crecer en otro país.

En algunos casos, los proyectos escolares de esas comunidades, como la judía o la japonesa, empezaron como pequeñas actividades domésticas o comunitarias, para, poco a poco, consolidarse y convertirse en instituciones de gran alcance. En el caso de las escuelas del Exilio Español, no sólo aparecieron muy pronto, sino que fueron incluyentes: ofrecían educación a los pequeños hijos del exilio, pero también a los escolares mexicanos cuyos padres vieron, en aquellas nacientes escuelas, una alternativa de formación.

Esta aportación de una comunidad extranjera, ­tiene un rasgo peculiar: el panorama educativo mexicano recibió el impacto del espíritu republicano español en todos los niveles; desde las escuelas para los más pequeños, hasta los estudios superiores. “Aún hay muchos mexicanos que, teniendo la oportunidad de hacer estudios universitarios, recuerdan a uno o varios profesores suyos que eran españoles exiliados”, apunta Serrano Migalllón.

No sólo es la memoria de los viejos maestros, jóvenes treintañeros hay en este país, mexicanos hijos de mexicanos, cuyos recuerdos de infancia cuentan el haber aprendido a cantar el himno de la República Española, por ser alumnos de una de estas escuelas, de origen español, firmemente republicanas, a pesar del paso del tiempo, y claramente mexicanizadas.

DE CASA DE ESPAÑA A COLEGIOS PARA NIÑOS

La Casa de España nació aún antes de que llegara a México el grueso de los exiliados republicanos. Daniel Cosío Villegas, que se haría célebre como fundador del Fondo de Cultura Económica y como historiador y crítico de la vida nacional, convenció a Lázaro Cárdenas de fundar una institución que acogiera a intelectuales republicanos.

 La Casa de España, fundada en 1938, a la vuelta de un par de años, en 1940, se convirtió en El Colegio de México, con investigadores españoles y mexicanos en su planta académica, orientada a las ciencias sociales y las humanidades, y que fue dirigida, durante más de 20 años, por uno de los personajes esenciales de las letras mexicanas: Alfonso Reyes. Apenas un año después de la transformación de la Casa de España, el Colmex creó su primer área de investigación, el Centro de Estudios Históricos (1941). La decisión se entiende si se toma en cuenta, como señala Fernando Serrano, que de entre el bloque de intelectuales españoles que acogió México, los autores de trabajos históricos eran más numerosos que los especialistas en otras disciplinas. Otro grupo de intelectuales que dejarían huella.

¿En que fueron diferentes los colegios fundados por los exiliados españoles? Ellos fueron los creadores de un modelo de enseñanza privada no sólo de alto nivel, sino, como correspondía a los valores republicanos, una enseñanza completamente laica, que en el entorno mexicano no existía. Esa correspondencia, esa empatía que se dio entre el gobierno cardenista y la República Española en cuanto a esa lectura laica de la vida, se convirtió en uno de los valores esenciales del modelo educativo que lograron construir.

LOS COLEGIOS

¿Qué tenía de especial el proyecto educativo republicano español? “Los fundadores de los colegios en México perseguían un fin principal: educar a los hijos de los exiliados para su regreso a España, que calculaban próximo, e incluso, cercano”, indica Serrano Migallón. La pedagogía de la España republicana era inspiradora: las nuevas escuelas tenían como modelo la obra de Bernardo Giner de los Ríos, arquitecto que en España había dejado construidas numerosas escuelas. Era sobrino del pedagogo Francisco Giner de los Ríos, artífice de la Institución Libre de Enseñanza, proyecto educativo que funcionó en España desde fines del siglo XIX hasta 1936 y que era uno de los centros formadores de la élite cultural española y fue famosa por aplicar las teorías pedagógicas más avanzadas en un entorno laico. Con tan poderoso sustento, es muy entendible que la tarea educativa republicana en México iniciara muy pronto, al poco tiempo de la llegada de los primeros barcos que trajeron a los refugiados. En ese mismo 1939, nació el primer colegio, que en el nombre llevaba la impronta de la unión de las dos naciones, la que acogía y la que se exiliaba. Era el Instituto Hispano Mexicano Ruiz de Alarcón, en el que participaron como creadores y docentes especialistas de fama acreditada en su tierra que, no siendo profesores de educación básica, tomaron para sí esa tarea. Algunos de los involucrados en el proyecto fueron Cándido Bolívar Pieltain, Pedro Carrasco Garrorena, Enrique Rioja y Anselmo Carretero. La planta docente inicial, toda española, se amplió y recibió a profesores mexicanos.

El proyecto era ambicioso, porque se trataba de crear una escuela que impartiera primaria y secundaria con altísimo nivel. Pero el primer experimento tuvo corta vida, a pesar de la buena voluntad: el instituto cerró en 1941, dos años después de su creación.

No faltaron los proyectos en diversos estados de la república, En Chiapas, auspiciado por Patricio Redondo apareció el primero, pero fueron varios. Esos colegios recibieron apoyo para iniciar desde la capital mexicana; se les conoció como Instituto Cervantes y funcionaron en Torreón, en Tampico, en Tapachula y en Córdoba.

Los colegios republicanos más famosos fueron los creados en la Ciudad de México. El Colegio Madrid, considerado como el de más tradición, nació en una casona antigua en 1941, y comenzó ofreciendo jardín de niños y enseñanza primaria. En 1948 agregó la secundaria y en 1953, la preparatoria. Al principio, hubo que contemporizar con los usos y costumbres de la enseñanza mexicana, de modo que empezaron tareas con dos secciones separadas, una para niños y otra para niñas, como se usaba en México. Uno de los personajes relevantes en la historia del Madrid fue Jesús Revaque, que venía de dirigir el Grupo Escolar Menéndez Pelayo de Santander y que fue el primer director del Colegio. De la mansión adaptada en el viejo Mixcoac, el Madrid se fue a Tlalpan, donde se mantiene funcionando, no sólo para los descendientes de los exiliados, sino para muchas y ­sucesivas generaciones de escolares mexicanos.

El otro gran colegio republicano es el Instituto Luis Vives, que se estableció en 1940, con un profesorado que, además de dar clases en primaria, eran también docentes universitarios. El primer director del Vives, como lo conoce su alumnado, era  Joaquín Álvarez Pastor, que era catedrático de Lógica en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. No era el único. Personajes como Arturo Souto o Luis Rius fueron conocidos profesores tanto en las aulas universitarias como entre los chicos del Vives. Ahí sigue, en su casona antigua de la avenida Benjamín Franklin de la Ciudad de México.

La tercera escuela del exilio también nació en 1940: se llamó Academia Hispano-Mexicana y la dirigió en su origen Ricardo Vinós Santos, uno de los artífices del proyecto educativo republicano en España.

La educación del exilio español echó raíces en México. Lograron vencer, a fuerza de calidad académica la desconfianza de una sociedad en la cual circulaban los recelos hacia aquellos que llegaron con fama de “rojos”  y de ateos. De aquellos primeros colegios se derivaron otras instituciones educativas que replicaron el modelo. La herencia del exilio se tradujo en salones de clases en los cuales, hoy día, son más los alumnos mexicanos que aprenden, con la historia de las instituciones donde se forman, este capítulo del acontecer que hermana a México y a España.

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