Anaya, al precipicio

Aurelio Ramos Méndez

Lo dicho: Si de intentar vencer a Andrés Manuel López Obrador se trata, a José Antonio Meade sólo le queda desertar de la contienda y hacer de arrequín para conducir sus huestes hacia la tienda no del tabasqueño, sino la de Ricardo Anaya.

Mas, como tal opción no está en el libreto del PRI, cabe esperar que ante el abanderado de la coalición Por México al Frente, Meade emulará al Gólem, el homúnculo de arcilla de la literatura que cobró vida y, furibundo, solía perseguir y arremeter contra sus enemigos hasta la demolición y la aniquilación.

En otras palabras, el PRI se encamina a descarrilar y lanzar al precipicio al Joven Maravilla, así tenga que ser a la mala.

Prueba de ello es la investigación sobre lavado de dinero que involucra al panista, cuya noticia de ampliación a paraísos fiscales y Europa le aguó la fiesta de la victoria lograda en ese espectáculo de falsificación de la realidad, el domingo 22, ampliamente tenido por debate.

Engolosinado con su triunfo, Anaya solicitó —con escasa fortuna— un cara a cara con el puntero. “No, porque se me pierde la cartera”, le dijo el de Macuspana. Y él, conocedor, le reviró: “El miedo no anda en burro”.

Bien visto el asunto, se apresuró el panista al gestionar un pugilato en calidad de retador único, porque para adquirir tal condición aún deberá dejar a Meade, de modo indubitable, fuera de la pelea.

Cualquiera que haya visto el dominical cotejo convendrá en que, si uno se encontrase por la calle a Meade, Anaya, López Obrador, Margarita Zavala o Jaime Rodríguez, lo sensato sería echarse a correr, empavorecido, sujetándose la cartera.

¡Cómo que por qué! Porque una de las más graves distorsiones de la realidad surgidas del consabido debate, es la percepción de que los cinco aspirantes a gobernarnos conforman un pelotón de ladrones irredentos.

Si uno se atiene a las escandalosas acusaciones que se lanzaron unos a otros, termina convencido de lo siguiente:

Vimos a un mentiroso contumaz, lavador de dinero mediante la venta de naves industriales, empeñado en hacer creer que la PGR lo ha exonerado.

Y a un verdadero corredor inmobiliario que, por alguna razón inconfesable, oculta la posesión de inmuebles real o supuestamente en juicio testamentario para transferencia de los mismos a sus vástagos.

Y, también, a un ex alto funcionario pusilánime, tapadera y por lo mismo cómplice durante veinte años de delincuentes de cuello blanco; corresponsable de desastrosas políticas públicas, en teoría ajenas a la materia bajo su encargo; pero, en todo caso, por él cohonestadas con su sola presencia en sesiones de gabinete, consejos de seguridad y aun encuentros internacionales.

Uno de esos monumentales fracasos ha sido, ¡quién puede dudarlo!, la estrategia sobre seguridad pública, en particular la guerra contra el narcotráfico.

Fracaso del cual el presidente Enrique Peña Nieto acaba de decirnos que, ni modo, “es parte del aprendizaje que un gobierno adquiere en el curso de los años”, y Meade promete separación institucional de la gobernación y la seguridad. O sea, una voltereta… para regresar al sanguinario calderonato.

Vimos, además, en la cháchara de los presidenciables, a dos curtidos políticos mentirosamente independientes, de quienes lo menos que puede decirse es que forman parte de la delincuencia electoral.

Son, ambos, estafadores que están en la liza porque las autoridades consintieron ilícitos tales como la falsificación masiva, por centenares de miles,  de credenciales para votar, y recolección de firmas ¡incluso de muertos!

Es probable —sólo probable— que la caracterización de los cinco surgida del debate no corresponda a la realidad. Pero ésa y no otra, es la imagen que de cada uno pergeñaron entre ellos mismos y la presentaron al país entero.

Como quiera que haya sido, muchos buenos tantos se anotó en la confrontación el queretano. Dos fueron los más certeros. El primero, al preguntarle al primíparo candidato del PRI de qué tamaño fue la rebanada del pastel de César Duarte que a él le tocó.

El segundo golpe emparentó al panista —otra vez— con López Obrador, quien sostiene que el fin de la corrupción reportaría a las arcas públicas 500 mil millones de pesos.

Anaya rechazó la cantaleta de que no hay dinero para programas sociales. “Sí hay dinero, el problema es que se roban el dinero”, dijo, con el tono y la actitud de quien ve un gobierno lleno de pillos.

Así las cosas, a despecho de quienes buscan la gestación de un batiburrillo ideológico mediante la configuración de un Tucam —un bloque Todos Unidos contra Andrés Manuel— el acercamiento Anaya-Meade no tiene modo alguno de concreción.

El enconado choque PRI-PAN hace rato tornó intransitable la senda de la alianza entre ellos. Con todo y que el chofer Luis Alberto López López ya consiguió amnistía —¡quién dijo que no se puede!— mediante un inverosímil acuerdo “reparatorio” del daño causado.

El empleado del empresario Manuel Barreiro —¿mecenas? ¿socio? de Anaya— entregó la nave industrial que, según la PGR, el panista había vendido en 54 millones de pesos.

Como esos cónyuges que un buen día deciden tomar cada uno su camino, priistas, panistas y sus respectivas comparsas ya no tienen forma de reunificación. Ni siquiera si, al final, le dijeran a Anaya “usted disculpe, todo fue una pantomima a la que se prestó la PGR”.

¿Podría juntarse el PRI, sin sufrir una desbandada de sus bases, con el político a quien ha estereotipado como un delincuente mendaz, lavador de dinero por millones, y sobre quien pesa una investigación internacional?

¿Podría el PAN unirse, sin pulverizarse, con los miembros de un partido al que todos los días le administra la extremaunción, y a cuyos principales líderes, empezando por Peña Nieto, su candidato ya anunció que meterá a la cárcel?

Ya se sabe que la política hace extraños compañeros de cama; pero entre priistas y panistas no se ve modo alguno de restañar las heridas.

Eso explica la virtual rendición de la plaza que, desde Holanda, hizo el Jefe del Ejecutivo, cuando dijo con resignación que, gane quien gane la elección presidencial, la continuidad de proyectos y reformas está garantizada.

Con el talante de quien ahora le apuesta a ganar siquiera el Congreso, o de lo perdido, lo que aparezca, explicó que tal garantía se debe a que tenemos instituciones democráticas sólidas, y al equilibrio de Poderes.

O cuando, de plano, con total conformidad ante lo inevitable, el mandatario buscó disipar temores, porque —dijo—, a final de cuentas “ya hemos tenido en el pasado alternancia en el poder”.

aureramos@cronica.com.mx

 

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