Cultura

Meditaciones desde el subsuelo, de Guillermo Fadanelli

Diógenes (1860), de Jean-Léon Gérôme.

(Fragmento)

Tercera parte

Capítulo I

Es frecuente escuchar que en filosofía no existe ya ningún nuevo problema que plantear; los profesores de filosofía giran alrededor de los viejos asuntos lingüísticos, hermenéuticos o pragmáticos y, sin embargo, los seres humanos no logran ponerse de acuerdo en cuestiones éticas aparentemente sencillas como la de cuánto dinero debe uno ganar por determinado trabajo. Apenas discutimos acerca de cualquier asunto cotidiano no tardamos más de unos cuantos minutos en ver surgir en la discusión problemas éticos, es decir, filosóficos, que no logramos resolver o acomodar para ser resueltos, puesto que no hemos puesto los ojos en ellos con la argucia suficiente. Un filósofo racionalista, como R. M. Hare, esta ría de acuerdo en que la red tejida de problemas éticos en la que estamos envueltos nos atrapa apenas nos sumergimos o profundizamos en tal o cual asunto moral, en apariencia sencillo. “El lenguaje moral, cuyo significado la ética trata de elucidar, es una de las invenciones más destacables de la raza humana, comparable tan sólo al lenguaje matemático.” Aunque estoy seguro de que Hare preferiría utilizar la lógica y el método que él llama racionalismo crítico en vez de un antimétodo literario o imaginativo para ejercitarse en sobrevivir al tramado de la vida en común y comprenderlo. Pese a ello y contra la autoridad de Oxford, insisto humildemente en que si no se ha tenido ninguna clase de aproximación con la obra literaria de vestidura dramática y uno hunde demasiado la cabeza en las teorías filosóficas o los sistemas descriptivos, entonces menos se estará dotado de una experiencia en cuanto a la guerra de carácteres, personajes, y demás retruécanos de la pasión humana, de modo que uno ni siquiera podrá describir los problemas racional o lógicamente. Si uno duda de lo que expreso aquí, entonces no tiene más que abrir el periódico y constatar que desde hace tres o cuatro décadas se discuten en sociedad los mismos problemas comunes de siempre sin superarse o resolverse debido a que ni siquiera han logrado plantearse, expresarse y comprenderse bien por el lector común, cada vez menos dispuesto a la literatura y más alucinado por las luces de la pantalla y de la tecnología. “Siglo muerto”; “Vil época”; “Cobarde edad”; son anatemas que el poeta Giacomo Leopardi eligió para denostar su tiempo. ¿Pero existe algún siglo o siquiera momento en la historia de todas las regiones del mundo que se haya salvado de la desgracia social provocada por los propios seres humanos? La idea de un edén en la tierra es una deformación de la mente. A donde uno voltee encontrará opresión, diferencias insuperables, armas, deseo de aniquilación, depredación y salvajismo. Victoria Camps tilda a nuestra época de “antifilosófica y cobarde”, porque además de haberse negado a la crítica profunda de sus males, ha dejado de llevar a cabo acciones que permitan caminar hacia comunidades menos injustas y atrofiadas. A estas visiones o diagnósticos de un mundo funesto podría agregar muchas más. No tiene caso porque no es mi intención probar nada. La palabra mundo, tal como la utilizo —lo he bosquejado ya—, es una especie de construcción ética: un espacio para referirme a la casa donde convive la humanidad y sus valores. Si intentara probar que el mundo en que vivimos es injusto y doloroso me pondría en la mira de los optimistas, de aquellos que han obtenido provecho de su posición y echaría por la borda mi propia impresión y mi propio juicio. A fin de cuentas, los optimistas de todas las tribus contemporáneas dirán: “Yo poseo una visión distinta a la tuya y desde mi punto de vista el mundo no es tan malo ni sangriento y ha progresado en muchos aspectos de las ciencias e incluso de la convivencia social”. Entonces comenzaría una refriega argumental y una discusión plagada de estadísticas, referencias académicas y teorías cuyo fin, el de la discusión, sería imponer la propia visión de las cosas sobre las opiniones contrarias a esta visión. Y todo volvería a empezar. Y vendrían las armas, y los colmillos volverían a clavarse en la carne del adversario.

Así las cosas, no es mi intención probar nada, sino describir desde mi experiencia, mi lugar en el mundo, mi temperamento y mis concepciones del bien o del mal no lo que es verdad, lo que yo creo que acontece. Es evidente que no se puede juzgar desde ningún lugar. Nadie puede  salir de sí mismo, de su ser sujeto, de sus prejuicios, taras y posición social para opinar objetivamente sobre los males y desgracias que aquejan al mundo (o al mundo restringido del individuo). Y por ello, se busca un lugar común desde el que ponerse de acuerdo con los demás y sobrevivir. Un acuerdo, sí, pero que tome en cuenta todo lo ya descubierto y pensado en filosofía, en ciencias sociales, psicología, historia, cerámica y dibujos animados; que tome en cuenta los  considerados bienes que el saber humano ha acumulado a lo largo de distintas épocas. Un acuerdo razonable.

¿Es posible llevar a cabo algo así en sociedades analfabetas y virtuales? No lo sé. Buena parte de la política contemporánea, del ejercicio financiero y del mundo de los negocios se siente a sus anchas ante sociedades no educadas. De allí su capacidad de engaño. Estas entidades se acomodan muy bien en zoológicos humanos supuestamente informados, pero carentes de una columna vertebral histórica que contenga memoria y crítica. Rafael Argullol ha escrito que “la insatisfacción es uno de los rasgos que mejor definen el pensamiento romántico: el esfuerzo derrotado, la travesía frustrada”. Y, sin embargo, no es el romanticismo de cualquier índole (es decir, la visión del mundo derrotado por sus propios logros) el culpable de los males modernos y actuales, porque esta tendencia sólo contiene una porción del temperamento humano (que parte, si se quiere así, desde Diógenes, los sofistas, los goliardos,

J. G. Hamann y Baudelaire hasta la contracultura y los movimientos de vanguardia del siglo xx). Lo que me parece más nocivo en la vida pública, en el mundo actual, es la manipulación que se hace del concepto de libertad (sobre todo en los negocios), la ausencia de un lugar común para discutir nuestras ideas de justicia y las acciones para lograr su puesta en marcha cuanto antes. Yo no conozco postura más cruel e hipócrita que aquella que esconde sus maldades detrás de la frase: “Son sólo negocios”. Hay que aceptar la validez relativa de  nuestras  convicciones  y  pese a esto defenderlas hasta que otro nos convenza de lo contrario: saber escuchar. Para informar y convencer a una sociedad de “algo”, sobre todo en el caso de la política, lo primero que tendría que hacerse es inventar a esa sociedad como un interlocutor real o verdadero. De lo contrario, no hay más que engaño y exhibición retórica, barullo mediático, tontería y entretenimiento.

 

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