Entre la duda, la zozobra y la angustia: los 45 minutos de la presidencia de Pedro Lascuráin

Bertha Hernández

Ciertamente, no era un político profesional, aunque a fuerza de involucrarse en la expansión de la capital mexicana, pasó de ser un próspero empresario a un funcionario municipal que terminaría convertido en el canciller, por espacio de diez meses, del breve régimen maderista. Alguno pensaría que, en realidad, Pedro Lascuráin Paredes no tenía ninguna necesidad de involucrarse en los asuntos de la política, de los cuales uno nunca sale bien librado, haga lo que haga.

No fue un intrigante tentado por el espejismo del poder. En cambio, sí fue un abogado católico, con fama de buen esposo y padre de familia, profesor de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, con un negocio inmobiliario próspero que, entre otras operaciones, había vendido y participado en el fraccionamiento de los terrenos del llamado Potrero de Romita, cercanos a una de las viejas garitas de la ciudad, ahí, por donde pasaba el acueducto que venía desde Chapultepec.

Muy buen negocio fue aquel, el que hizo Pedro Lascuráin con la sociedad creada por Gabriel Brown, Edward R. Morton, Cassius Clay Lamm y Walter Orrin: con aquella operación, nacía la colonia Roma, llamada a entrar en el siglo XX como uno de los símbolos del progreso porfiriano, asiento de mansiones espléndidas y hogar de algunas de las fortunas y personajes más importantes de aquellos años.

Nunca conoció la pobreza. Descendiente de un emigrante vasco, estaba emparentado con el general Mariano Paredes, que había sido presidente de México en la primera mitad del siglo XIX. Aquellos terrenos de los potreros de Romita habían sido adquiridos por su padre cuando Pedro Lascurain apenas tenía 14 años y fueron parte de la herencia que recibió él junto con su hermana María de los Ángeles. Los terrenos les permitieron emprender negocios inmobiliarios que les permitirían prolongar la prosperidad familiar.

De familia tan católica como adinerada, Lascuráin se formó en colegios privados en sus primeros años y después fue alumno de la Escuela Nacional Preparatoria cuando recién había sido inaugurada. Eran los tiempos en que la dirigía el médico filósofo Gabino Barreda, y, lo que muestran los documentos del alumno Lascuráin, es que sus aptitudes estaban en el campo de las humanidades, y no era tan bueno en Física, Matemáticas y Cosmografía. No obstante, su paso por la Escuela Nacional de Jurisprudencia habla de un alumno que, al hallarse en su elemento, resultó brillante y competente. Poco a poco, pudo hacerse de clientela y montó su propio despacho, pero el florecimiento de su vida profesional vino con su herencia, pues de ella nacería la Compañía Fraccionadora de la Calzada de Chapultepec, que lo convertiría en uno de los empresarios inmobiliarios más exitosos y prósperos de la capital, y con ese peso, lograría transitar del porfiriato al régimen maderista.

EL EMPRESARIO EXITOSO. Doscientos 10 mil pesos fue lo que pagó la sociedad de Brown, Morton, Lamm y Orrin a los Lascuráin por aquellos terrenos donde se fundaría la colonia Roma. Además, se les dio una participación accionaria en la empresa fraccionadora y desarrolladora de la nueva colonia, que ascendía a la bonita suma de 50 mil pesos.

Como tesorero de la empresa desarrolladora, Lascurain actuó de manera eficaz. Cuando el ayuntamiento de la ciudad de México otorgó la autorización para la creación de la colonia Roma, en diciembre de 1902, Lascuráin hizo una donación que sería importante en la configuración de la nueva comunidad: aportó, de su patrimonio, el terreno en el cual se levantaría la iglesia católica del rumbo: el templo de la Sagrada Familia, que existe hasta la fecha, administrado por la orden jesuita.

Escogió un predio, en la avenida Orizaba, para levantar una casa para él y en la cual, según opinó el embajador cubano, Manuel Márquez Sterling, vivió “como vástago de reyes”.

A los pocos años, aún en sociedad con Orrin, Lewis y Lamm, adquirieron terrenos de la hacienda de La Condesa para fraccionar y construir casas. Así nació la colonia Roma Sur (nunca existió esa aberración de nomenclatura inventada por los gobiernos capitalinos del pasado reciente, que se empeñan en llamar “Roma Norte” al primer fraccionamiento creado por aquellos caballeros porfirianos).

EL SALTO A LA POLÍTICA. El régimen porfiriano se agotaba y Lascuráin lo intuyó. Empezó a simpatizar con los movimientos antireeleccionistas y en dos ocasiones aspiró a ocupar la titularidad del Ayuntamiento de la Ciudad de México. En su primer intento, en los comicios de septiembre de 1911, fracasó sonoramente, pero ganó las elecciones en su segundo intento, en enero de 1912, cuando el gobierno de Francisco Madero tenía dos meses de vida. Por una casualidad, exactamente un año antes del inicio de la Decena Trágica, el 9 de febrero de 1912, expidió un llamamiento a apoyar la consolidación del nuevo régimen. Comenzó a creer en la transformación del país.

Fue llamado a la cartera de Relaciones Exteriores un par de meses después. Desde allí, apoyó a Madero en desmentir los informes exagerados de Henry Lane Wilson y se convirtió en un fiel colaborador, ocupado en contener y hacer frente a las presiones del embajador estadounidense. Pero los cuartelazos que acabaron con el régimen maderista lo pusieron  a prueba y lo llevaron a la experiencia más dura de su vida.

LA  BREVÍSIMA PRESIDENCIA. La caída de Madero y Pino Suárez lo llevó, simplemente por norma, a la presidencia de la república, y en él recayó la ingrata tarea de servir de puente para una transición en la que Victoriano Huerta saldría ganando.

Siempre afirmó que obró de buena fe, e incluso reconoció su ingenuidad al creer en que Huerta respetaría la vida del presidente y del vicepresidente. En su cargo de canciller recayó la Presidencia. Gobernó, acaso movido también por el temor, durante 45 minutos, para abrir un camino legal, pero incorrecto y sin peso moral, a la presidencia de Huerta.

Durante décadas,  la actuación de Pedro Lascuráin en esos días oscuros ha sido objeto de críticas despiadadas. Lo menos que sus detractores le han llamado ha sido “irresponsable” o “ingenuo”, cuando no “cobarde”. Uno de los grandes diplomáticos del México posrevolucionario, Isidro Fabela, fue despiadado, pues afirmó que el canciller no actuó pensando en su deber ni en la razón: simplemente, se dejó llevar por el miedo.

Muy pocos se han detenido a pensar en el drama humano por el cual pasó, en esos minutos en los que tenía, en la balanza, la vida del presidente Madero y, del otro lado, el futuro del país.

Quizá el testimonio más claro acerca de sus sentimientos con respecto a esos 45  minutos en los que fue presidente de México y a la imposibilidad de salvarle la vida a Madero, es una vieja película, que sólo recientemente se ha difundido completa. Se trata de un breve pietaje filmado durante el funeral, tenso y atropellado, del presidente y el vicepresidente. Usualmente se había exhibido la llegada del tren mortuorio al Panteón Francés de la Piedad, donde fueron sepultados en ese febrero de 1913, y lo que se conocía, por la película Memorias de un mexicano, eran unos pocos segundos, en los que el ataúd de Madero era bajado del tren, y llevado hacia la entrada del cementerio.

No hace sino una década que empezó a conocerse la filmación completa, en la que puede verse a la multitud, impactada, asustada y doliente, acompañando el féretro, y ahí, hasta atrás del cortejo, prácticamente inadvertido en el duelo por el presidente asesinado, puede verse a Pedro Lascuráin, desencajado, pensativo, descubierto y con la chistera en la mano, atestiguando el entierro del sueño maderista en un par de fosas de un panteón caro.

 

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