Las campañas contaminadas y el populismo

Rafael Cardona

Quizá nada supere en hastío, aburrimiento, densidad y demás a una campaña electoral a la mexicana. Estos tiempos electorales, ahora corrientes, resultan en verdad, de lo más corriente.

Durante años quisimos acortar los prolongadísimos tiempos de las campañas electorales tan inútiles, pues ya sabíamos, resignados o alegres, quién iba a ser el presidente sucesor, en un sistema llamado, por personas de mayor cabeza e inteligencia, monárquico, republicano y hereditario.

Pero todo se desató con el jamás aclarado asesinato de Luis Donaldo Colosio, cuya sangre nos sigue bañando cada día. Desde ahí todo se desbocó

Eran los tiempos del populismo mexicano.

La exaltación de la nacionalidad mientras se traicionaba a la nación; las loas a la democracia mientras se practicaba la “democracia dirigida”; la paz sin justicia, la búsqueda de la apariencia por encima de la naturaleza de las cosas; en fin, un sistema capaz de poner a los niños en la escuela, a los soldados en el cuartel, a los curas en la iglesia, a las mujeres en la cocina y a los hombres en la oficina… o en la cantina.

Y severos, los nostálgicos nos dicen ahora: Éramos felices y no nos dábamos cuenta.

Se podía salir a la calle sin tantos sobresaltos. Los precios estaban controlados, los campesinos sometidos, los obreros ilusionados, las mujeres calladas, los delincuentes resignados a la cuota de un reparto territorial estricto y controlado, y los niños jugaban en los parques públicos o el más público de todos ellos, la calle, sin riesgos ni secuestros.

No había tantos trasplantes de corazón ni teléfonos celulares. Las bicicletas eran para repartidores de pan y no para ostentar posiciones ideológicas ni para saturar el Paseo de la Reforma los domingos. Era, en verdad, otro mundo.

¿Un mundo feliz? Para algunos.

Pero las cosas cambiaron y hoy los dados ya ruedan y el resultado ya se avizora cuando se han terminado las precampañas, el periodo intercampaña y los oídos se saturan con los millones y millones de mensajes a cual más estúpido, populachero, musicalísimo o de grave advertencia por el miedo cercano.

Guerra sucia, dicen quienes han hecho de la pedrea, la ocupación, el motín callejero y la manifestación perdurable su lenguaje de ascenso,  su forma de criar y luego amarrar al tigre.

Guerra, simplemente quisieran sostener o al menos imponer los perdidosos. Pero la corrección política impide muchas cosas. Entre ellas decir la verdad.

Pero el problema no son los tiempos electorales.

Es la miseria de las ofertas políticas, cuya naturaleza se ha mudado de la monótona promesa (todos dicen, piden, ofrendan, prometen, exaltan, sugieren, anuncian lo mismo), cuya precariedad no logra sino desviar la mirada a las personas y sus atributos.

Y ahí es donde, dijo el ranchero, estamos ligeramente jodidísimos, porque en la civilización del espectáculo, la era vacía, el mundo hueco, simplón, “orgánico”, como dicen Lipovetsky, Umberto Eco o Vargas Llosa, no hay contenidos, sólo hay continente.

Todo se orienta a un concurso de personalidades en la pasarela de la televisión o las redes. Y si, por años, la TV fue la “caja idiota”; hoy hay miles de cajas más idiotas en las manos de los usuarios de las redes sociales.

Por eso la temática es la personalidad. Y por eso cada quien llega con una ocurrencia supuestamente superior a la de su opositor, para enfrentarse a auditorios más o menos determinados a dejarse impresionar, no convencer.

No importa si son banqueros a quienes se les promete proteger sus negocios, obispos  a quienes se invita a traer al papa Francisco para resolver el Ministerio Público (mientras aparecen los curas asesinados por todas partes), o estudiantes de escuelas privadas a quienes se les exalta su condición juvenil y redentora.

Todo es un carrusel, como se ve claramente en el tema más complejo: la inseguridad.

Vaguedades, buenos propósitos y ni una sola posibilidad real. De la amnistía y la redención sacramental del buen ciudadano, como antes se hablaba del buen cristiano, a la vergonzosa llamarada verbal de mutilar a los ladrones; todo son ocurrencias para aprovechar el espacio.

Uno quiere cortar manos, el otro aeropuertos.

La señora Zavala se compra un hermoso espejo retrovisor y usa su tiempo para justificar al expresidente marido suyo. Todo es perder el tiempo, bordar en el vacío, sin hilo y sin aguja.

Perder el tiempo mientras en plena campaña electoral la realidad se presenta y muestra su horrible jeta: tres personas disueltas en ácido por la confusión entre narcotraficantes. Así también en Guadalajara asesinaron al cardenal posadas Ocampo, por una confusión.

No importa si estos difuntos estudiaban cine, repostería o ciencias ocultas; no tiene sentido insistir en su juventud o su oriundez, eso es nimio. Eran seres humanos y punto. Y el Estado no pudo —ni podrá— garantizar su seguridad, como no puede hacerlo con ninguno de nosotros ni podrá hacerlo en el futuro, gane quien gane la Presidencia.

Ésa es la verdad. Y contra ella nadie tiene una oferta concreta ni una idea, ni un planteamiento serio. Nadie.

Y como complemento de la nada, el Poder Legislativo juega su parte y al terminar la Ley de Comunicación Social, le manda saludos (a la manera de la porra en la Plaza México), a la SCJN.

Leyes perniciosas, como esa aprobada en la Asamblea de la Ciudad de México para abolir los delitos de vandalismo o motín; y echar a la calle más delincuentes de los ya liberados por la dañina reforma acusatoria. La moda es ofrecerles todas las ventajas a los criminales.

Se les abren las puertas, se les impide la captura con cualquier pretexto baladí contra el debido proceso o la presunción de inocencia, la cual se convierte en inocencia prejuzgada; se les retira la posibilidad de arraigarlos. Pronto se les dará un diploma.

El Estado se arrincona a sí mismo debido a la cadena de “puntadas” con las cuales se quiere llamar la atención durante las campañas.

Los diputados aprueban al vapor la Ley Meade, para abolir el fuero (oferta de campaña de Labastida, por cierto), y en el Senado le notan las chuecas costuras al mamotreto. ¿Quién pierde? El candidato.

Y en los cuartos de guerra, al menos de uno de mi conocimiento, la pregunta es persistente:

—¿Qué hacemos ahora? Los “expertos” en nada, los comunicadores hábiles para incomunicar por años y años, se devanan los sesos en tormentas de ideas durante la sequía de su mediocridad. Memes, hashtags, tuitazos insípidos, futesas, superficialidad. Y la vida avanza.

En este mundo de las ofertas cabe todo: Morena (o uno de sus ideólogos) pide venganza expropiatoria contra los empresarios cuyo voto no los favorezca y cuya sumisión no se garantice.

Se apoya el intelecto morenista en Poncho Romo y Paco Ignacio Taibo II; Ortiz Pinchetti, Olga Sánchez Cordero o Javier Jiménez. Ni para dónde hacerse.

Margarita Zavala y Ricardo Anaya se muestran la dentadura de peluche. Cada quien habría votado por el otro (o la otra) si no fuera por… cualquier memez es buena. Explicaciones retardadas para retardados.

Y mientras, José Antonio Meade comete el segundo grave error de su campaña.

El primero (por órdenes de Peña) fue dejarla en las manos de Aurelio Nuño, cuya ineptitud es notoria y mayúscula. Las decisiones se toman, no para engrandecer a Meade, sino para agradar al Presidente, quien hace propaganda desde los viajes al exterior e insiste en la inamovible condición de sus reformas y la indeclinable continuidad llegue quien llegue.

Y así nomás no: Las evidencias superan en elocuencia cualquier análisis.

La única pregunta es si aún queda tiempo.

El otro error, el más reciente, para volver con Meade: declarar su negativa a declinar, con lo cual comienza a hacerlo.

¿A quién se le ocurre en medio de la batalla hablar de retirada? ¿No se supone ganador, como lo dijo en interminables y repetidas entrevistas en todos los programas de radio para justificar el pobre resultado del debate?

Hoy el puntero nos ha dicho, como Julio César a orillas del Rubicón, nombre —como todos sabemos—, de un río de La Chontalpa: allea jacta est, lo cual—como todos sabemos—, quiere decir “este arroz ya se coció”.

Quizá se haya cocido, pero ahora falta servirlo y comerlo. Y a veces se cae la bandeja, se rompe la cazuela, se derrama la paella.

Faltan dos meses. Y el tiempo llegará. La verdad también.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

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