Lección de misericordia

Manuel Gómez Granados

Ayer sábado, el papa Francisco dio una cátedra de lo que debe ser la misericordia para los cristianos. No lo hizo al publicar una encíclica, aunque hubiera podido hacerlo así. Tampoco usó la audiencia general de los miércoles o la prédica en la misa de la capilla de Santa Marta o algún otro acto litúrgico. Lo hizo tomándose todo el sábado y buena parte de hoy domingo para atender a tres de las víctimas de Fernando Karadima, sacerdote chileno que creó una asociación de curas que, teóricamente, velaba por el bienestar de los sacerdotes enfermos o ancianos y que operaba desde la opulenta parroquia conocida como El Bosque, en una de las zonas más exclusivas del Santiago de Chile de los setenta y ochenta del siglo pasado.

Desde ahí, Karadima ganó notable influencia entre las familias más acomodadas del Chile de la dictadura de Augusto Pinochet porque, además de apoyar muchos de los excesos del gobierno militar, era casi tan anticomunista como aquél y también porque se adhería a la llamada Teología de la Prosperidad, lo que en los hechos implicaba validar, desde el púlpito o el confesionario, cualquier exceso.

Karadima era una personalidad y, como suele suceder con otros personajes similares a él, mucho de lo que hacía y decía en público, no se correspondía con lo que ocurría en las reuniones que, ahora sabemos, no eran otra cosa que orgías.

Entre los asistentes a esas actividades habría por lo menos cuatro de los actuales obispos de Chile. El más conocido de todos Juan de la Cruz Barros Madrid, quien actuó durante algún tiempo como secretario de Karadima, antes de ser, primero, obispo auxiliar de Valparaíso, luego obispo castrense y desde 2015, obispo de Osorno, donde ha enfrentado el repudio del laicado local. El repudio alcanzó un punto crítico durante la visita papal a Chile. Estando ahí, el papa mantuvo su postura de confianza en lo que le informaban los obispos locales, a pesar de la ola de críticas que enfrentó él mismo, pero—y aquí es donde inició la cátedra de misericordia—lejos de aferrarse a sostener su punto de vista, Francisco envió al arzobispo Charles Scicluna a realizar una nueva investigación, que tuvo como elemento clave las entrevistas con Juan Carlos Cruz Chelew, José Andrés Murillo y James Hamilton, los tres sobrevivientes con quienes el papa se reunió ayer sábado.

Como resultado de las entrevistas, la situación en Chile ha cambiado de manera radical. Incluso otros de los actuales obispos chilenos que fueron discípulos de Karadima han modificado su posición. Tomislav Koljatic, obispo de Linares, y Horacio Valenzuela, obispo de Talca, pasaron de negar que hubiera ocurrido algún problema a reconocer lo que las víctimas llevan varios años diciendo, sin que nadie los escuchara.

En una entrevista con una radiodifusora chilena, ­Koljatic dijo “tal vez yo no fui lo suficientemente lúcido para comprender lo que estaba ocurriendo (en El Bosque) y, si es así, evidentemente tengo que asumir esa responsabilidad”. Valenzuela, a su vez, admitió “todos tenemos debilidades, todos cometemos peca­dos, todos nos portamos más o menos mal, no fuimos atentos cuando pasaban cosas malas, faltó lucidez para estar más cerca de los que sufrían todo eso. Me equivoqué al no darme cuenta de que pasaban cosas malas”.

En los próximos días conoceremos qué ocurrirá en Chile. Como Benedicto XVI hizo con los obispos de Irlanda, Francisco ha convocado a los obispos chilenos a una reunión en Roma donde el Papa continuará con esta cátedra de misericordia, que inició con el coraje necesario para reconocer que se había equivocado, y reabrir la investigación.

manuelggranados@gmail.com

 

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