AMLO: Veintidós minutos de toqueteos por el camino de la devoción | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 07 de Mayo, 2018

AMLO: Veintidós minutos de toqueteos por el camino de la devoción

AMLO: Veintidós minutos de toqueteos por el camino de la devoción  | La Crónica de Hoy

Al fin sobre la tarima, Andrés Manuel López Obrador parecía ser sólo un sobreviviente del Metro en hora pico: jadeante, con la guayabera ajada hasta las alforzas, zapatos pisoteados y el cabello cano cada vez menos tupido y más enmarañado.

Su imagen revuelta, lejos del terciopelo habitual en la política, sólo podía entenderse por el frenesí desbordado de sus huestes, por el delirio de tocarlo, apapacharlo, entregarle cartitas fantásticas y recitarle al oído alucinaciones presidenciales.

Miles de manos se entrecruzaron desde el sendero formado por fierros, pues sólo con vallas fue posible garantizar su paso.

Entre arrebatos, fervores y relaciones epistolares, el lento trayecto del tabasqueño rumbo al estrado se convirtió en el mejor agasajo para sus seguidores, más que las palabras y las promesas. El recorrido, sobre la calle Oriente 245, en la Agrícola Oriental, sobrepasó en tiempo al discurso…

Tras bajar del pejemóvil, tardó 22 minutos en llegar al podio donde ya lo esperaban los candidatos morenistas al poder legislativo y a la jefatura delegacional; y la arenga no se prolongó más allá de 18 minutos.

“Tengo que ser breve, y es un lío, porque no hablo de corrido. ¿Qué les puedo decir en 10 o 15 minutos?”, se disculpó.

Y sí, nada distinto pudo decir a lo ya machacado en años: las mismas frases costeñas, alusiones juaristas, venta de aviones gubernamentales, reproches a minorías rapaces...

Pero los partidarios embelesados no necesitaban más: ni datos ni planes, ni ideas novedosas ni propuestas fiables. Estaban ahí para vitorear al libertador imaginado, sin reparar en oratorias ni proyectos, sin importar las hogueras desatadas por otros frentes políticos o micrófonos pagados.

Por eso, tan pronto arrasaron con la birria de don Chepe y las tortas más grandes de la ciudad —las famosas del Recreo—, se agolparon tras las rejas, sólo para manosear al Pejecito, para toquetearlo o colmarlo de bendiciones, para desgreñarlo y fruncir la guayabera, y convertirlo a él en salvador estropeado, cual colgado de microbús.

En mimos y afectos, nada más parecido a la conexión posible entre feligreses y pontificios…

“Amor con amor se paga/ el primero de julio el Peje gana”, anunciaba el cancionero colectivo.

Era una fiebre sólo explicada por el olvido y un hartazgo añejo, por chascos de gobiernos o políticos almacenados durante décadas. Quizá por los retortijones del desprecio y la farsa.

No era la magia del aspirante tropical, sino el dolor de la burla sexenio tras sexenio…

BOTARGAS. Arrollados por el fastidio, la multitud demandó desde el inicio proyectiles de sangre y destierro contra el actual presidente, exmandatarios y demás corruptos, contra explotadores y capitalistas, pero López Obrador, en esta nueva botarga apacible, se mantuvo sereno… Tal vez la única lejanía notoria entre candidato y simpatizantes de Morena es el nuevo sermón de paz, indigerible para los más combatientes.

“No habrá persecución a los adversarios, porque mi fuerte no es la venganza. Ni vamos a desatar una cacería de brujas, no queremos venganza sino justicia. Nada de odios ni rencores, vamos a reconciliarnos como país”, decía AMLO y el ánimo agonizaba, en discordia fugaz.

Cuando Andrés Manuel logró llegar a la tribuna, despeinado, sin aire ni compostura, retumbaron de nuevo las matracas. Su esposa Beatriz Gutiérrez Müller se acercó a él para tomarlo del brazo y permitirle unos minutos sin tambaleo, mientras el resto de los candidatos intentaban aprovechar aquella pujanza y ofrecían sus mejores frases. El líder consentía sus dichos con ligeros movimientos corporales, aunque abajo, entre la gente, la llama se extinguía…

Ni el candidato a diputado federal Mario Delgado, con sus réplicas de “becarios y no sicarios”, ni la suspirante al Senado Citlalli Hernández, con sus reminiscencias callejeras, revivieron los ánimos. Tampoco lo hicieron el aspirante a la alcaldía de Iztacalco: Armando Quintero, con su promesa de recuperar la Ciudad Deportiva, ni la propuesta para Jefa de Gobierno de la CDMX: Claudia Sheinbaum, con su oferta de atender todos los días desde las siete de la mañana el tema de seguridad pública.

Ni una sombra. Simples abridores, sparrings… La turba quería escucharlo a él y sus quince palabras por minuto. Lo soltó Beatriz y, ya sin ahogos, con todos los botones abrochados, transitó hacia el templete.

López Obrador había visto cinco veces el reloj cuando aludió cifras recientes: “Vamos arriba en las encuestas, pero no vamos a confiarnos, haremos más trabajo territorial, por eso en vez de estar en la ciudad, seguiremos yendo a los pueblos, trabajaremos a ras de tierra”.

Se le festejaron sus metáforas y necedades: “Ya ustedes me conocen y saben que soy un terco: acabaré con la corrupción”.

También sus presunciones y guasas: “No delegaré el tema de la violencia en los secretarios, la asumiré yo… Dice Claudia Sheinbaum que las reuniones con el gabinete de seguridad serán a las siete de la mañana, pero ya lo pensé bien y serán a las seis”.

Dieciocho minutos de expresiones atropelladas y traspiés…

“Hoy se gastan 5 mil millones de pesos al año en atención médica privada para los funcionarios de alto nivel, para la burocracia dorada, cuando gane la presidencia tendrán que ir al ISSSTE, al Seguro Social y al Seguro Popular, para que vean lo que se siente”.

Ante las prisas, el himno nacional programado para el adiós, quedó truncado hacia el final. Los adeptos terminaron las notas patrióticas a capela y Andrés Manuel se acomodó la guayabera, ya deslucida.

Se alistaba ya para recorrer de nuevo el camino de la devoción. Sería más breve, porque el pejemóvil fue aproximado a las escalinatas, pero hubo tiempo para un par de arrimones. Se iba el colgado, el apretujado pasajero del Metro, entre pisotones y jadeos…

Imprimir