Nacional

“Vivo orgullosa de ser hija y nieta de republicanos”: Antonia Pi-Suñer

Para sus parientes de Cataluña, es la prima mexicana, la que habla un “catalán cantado”; para algunos que no se enteran de las cosas, es una respetable señora, catedrática universitaria, que tiene un montón de familia al otro lado del mar y que, a lo mejor, sólo a lo mejor, podría estar más a gusto viviendo en Barcelona. “¿Y yo qué voy a hacer viviendo en Barcelona? ¡si yo soy mexicana!”

Lo es. Es también hija del exilio republicano, y conoció el puerto de Veracruz pocos días antes de cumplir tres años. Para muchas generaciones de estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, es la doctora Antonia Pi-Suñer, historiadora, hija y nieta de republicanos catalanes, especialista en el México del siglo XIX y que, saber, saber historia de España, la fue aprendiendo en sus primeros años de joven universitaria. Conoce bien a fondo a Juan Prim, ese catalán con esposa mexicana, conocido en aquellos días previos al inicio de la guerra de intervención. Hoy, cuando ya se ha jubilado de la docencia, y sigue dirigiendo tesis de licenciatura y posgrado, concentra su tiempo en re-descifrar a ese maltratado de nuestra historia, el decimonónico presidente y militar Ignacio Comonfort.

Pero hace un alto para contar su historia, la de sus mayores, la de su forma de vivir el exilio; la de aquel abuelo que tiene una avenida con su nombre en Venezuela, la de esa familia que en casa habla catalán, porque son catalanes, catalanes mexicanos.

LA HERENCIA DE LA MEMORIA: LA SALIDA DE ESPAÑA.

 “Esto que cuento es memoria familiar, porque vine tan pequeñita que no tengo recuerdos de esos primeros años, de nada; cumplí tres años al llegar a Veracruz en 1939. Mis padres venían de Barcelona. Yo venía de la provincia de Gerona, donde mis abuelos vivían en una masía, una especie de rancho, y me habían dejado con ellos cuando comenzaron a bombardear Barcelona: ­nací en­­ ­junio de 1936 y la guerra civil empezó el 18 de julio”.

 Cuando las bombas comenzaban a caer en la capital catalana, la recién nacida Antonia Pi-Suñer Llorens fue enviada a la casa de los abuelos maternos, cerca de la frontera con Francia. “Allí me quedé hasta que mi mamá pasó a recogerme para salir de España. Papá estaba en la guerra, y mamá en Barcelona con mi hermano, 2 años y medio mayor que yo. Estaba embarazada de 8 meses”, narra la historiadora.

“No te lleves a la niña. Déjala, luego regresan por ella; esto tiene que terminar de alguna manera”, pedía el abuelo materno. Pero la madre de Antonia no accedió. “No sé cómo terminará esto, ni cuándo volveremos”. Y así, con un niño de 5 años, otra de 2 y medio y un tercer hijo a punto de nacer, cruzó la frontera. Allá se reuniría con su esposo, César Pi Suñer, y empezaría la odisea del exilio.

A MÉXICO, PASANDO POR FRANCIA Y ESTADOS UNIDOS

 “Papá cruzó la frontera solo. Él sí estuvo en un campo de concentración. Mi hermano nació en Francia, en Perpiñán, casi de 10 meses, pesó al nacer kilo y medio, fue un auténtico niño de guerra”.

“Nos fuimos a Toulouse, porque allá estaba mi abuelo, que era un fisiólogo muy reconocido, Augusto Pi Suñer. Era diputado, muy conocido en España y Cataluña, pero también era el médico de la burguesía catalana. Los anarquistas creían que era de derecha, porque iba a misa, pero era republicano. Él tuvo que irse en 1938. Mi tío abuelo era alcalde de Barcelona; eran personas muy involucradas en la política republicana catalanista. Así, estaba en Francia parte de la familia de papá. La familia de mamá se quedó toda en Cataluña.”

El abuelo Pi Suñer ya tenía boletos para tomar un barco hacia América. “No viajamos con los refugiados españoles; nos fuimos en un barco mejor que el Sinaia y el Mexique, que salió de Havre hacia Nueva York. Nos embarcamos 15 personas, entre los abuelos, nosotros, mis tíos y primos. De Nueva York, nosotros vinimos a ­México. Mis abuelos se fueron a Venezuela”.

Augusto Pi Suñer era uno de aquellos intelectuales destacados, 12 en total, que estaban en la lista inicial de invitados a venir a nuestro país, hecha por la recién creada Casa de España, antecedente de El Colegio de México. “Pero al mismo tiempo le ofrecieron en Venezuela la posibilidad de crear el Instituto de Medicina Experimental. Le ofrecieron mejor sueldo, y allá sería una figura importante. Mi tío vendría a El Colegio de México y mi padre, que era químico, tenía un contrato con una casa húngaro-judía”.

Los Pi-Suñer Llorens abordaron en Nueva York el barco Siboney. Pisaron tierra mexicana el 1 de junio de 1939. “El 13 de junio llegamos a la ciudad de ­México, y ese día yo cumplí tres años”.

LA VIDA MEXICANA

La doctora Pi-Suñer confiesa que hay un bloqueo, ­algo que no le permite recordar los primeros tres años de su infancia mexicana. Después, la vida reordenada comienza a rescatar el pasado. “Empiezo a tener recuerdos de cuando tenía ya seis años. Nos instalamos en la colonia Cuauhtémoc y no fui a ninguno de los colegios fundados por españoles republicanos. Cataluña mira mucho hacia Francia, de manera que mis padres me inscribieron en el Liceo Franco- Mexicano, con la idea de que si volvíamos a España, tuviéramos una educación buena. No juré de niña la bandera republicana ni aprendí a cantar el himno republicano, pero sí cantaba La Marsellesa”, sonríe la investigadora. “Vivimos la penuria económica del exilio, con la casa con muebles de La Lagunilla y cuadros alquilados, porque no había dinero para comprarlos”.

“No vivimos el Exilio Español con una carga tan acentuada. Estábamos en el Liceo porque era una escuela laica, y mis padres, que pertenecían a la burguesía profesional catalana, creían en el laicismo como un elemento formativo. Mamá era licenciada en Farmacia, papá tenía ya posdoctorado en química, eran gente preparada. Eran republicanos y católicos, una circunstancia poco usual. Fuimos a la Parroquia Francesa, a los scouts franceses, no tuvimos, esos primeros años, mucho contacto con los otros republicanos refugiados”.

A pesar de que César Pi Suñer, involucrado en la vida comunitaria del Exilio, llegaría a presidir el Orfeo Catalá y el Instituto Catalán de Cultura de México, Antonia empezó a involucrarse con la comunidad catalana hasta los 16 años. “Tuve una educación catalana en la casa, francesa en la escuela y mexicana en la calle, porque mis padres eran muy liberales en ese sentido y yo jugaba en la calle con los niños mexicanos. Después, cuando empecé a ir al Orfeo, canté en el coro, bailé las danzas catalanas. Allí conocí a Carlos, mi esposo, hijo de suizo y catalana”.

Esa combinación de tres raíces llevó a Antonia Pi-Suñer a entender lo que era y qué sostenía su memoria familiar. “Antes que otra cosa, soy mexicana, porque llegué muy pequeña; no me identifiqué con los refugiados y en cambio conviví con niños mexicanos. Mis padres, a diferencia de otros españoles, siempre vivieron agradecidos con México. Como la mayoría de los refugiados, ellos pensaban que al acabarse la Segunda Guerra Mundial, las democracias no permitirían que Franco permaneciera.  Pero no ocurrió así. Mi papá llevó un diario que empezó en 1939. Una navidad anotó: “A Augusto le compramos unos pantalones, a Beto un piyama y a Tona —el diminutivo cariñoso con el que todo mundo conoce a Antonia Pi-Suñer— una muñeca, porque no tiene ninguna”. Yo tenía 4 años. En 1945, mi papá escribió: “Aquí se acaba este diario, porque nos quedamos en México y nos integramos a México”. Siempre vivió agradecido con México y era priista a morir. Para mis padres, Lázaro Cárdenas era muy importante. Siento que llevaron el exilio como unos señores”.

LA VIDA, LA UNAM, EL ORGULLO DEL EXILIO

Los parientes fueron y vinieron, unos a Nueva York, otros a Venezuela. “Mi abuelo vino a México, desde Caracas, después de la muerte de mi abuela. Lo tuvimos enterrado aquí 10 años, Murió en 1965, y cuando murió Franco, lo llevamos a sepultar allá, igual que a su hermano, el tío Carlos, que fue alcalde de Barcelona y ministro de economía de la España republicana. Él dijo que quería ser enterrado allá, pero Franco amenazó con que, si lo llevaban, iría a dar a la fosa común. Él se quedó en un cementerio de Venezuela.  Ahora, allá, en la Costa Brava, en Rosas, su pueblo, están enterrados los dos hermanos Pi Suñer, que fueron muy importantes y que regresaron a ­España después de muertos”.

“Jamás tuve duda de que iría a la universidad, y en mis tiempos, ibas a la UNAM porque ibas a la UNAM” recuerda Antonia Pi-Suñer. “Me hice historiadora por mi excelente maestro del Liceo Franco-Mexicano; en ese momento no pesaba en mi decisión mi condición de hija del Exilio”. Pero las cosas se reordenan: Juan Antonio Ortega y Medina, ­refugiado español, combatiente del ejército republicano, nacionalizado mexicano: fue uno de los profesores entrañables de Antonia en la Facultad de ­Filosofía y Letras, quien la encaminó a impartir y fortalecer la asignatura de Historia de España en la licenciatura en Historia.

“Yo no sabía historia de España, ni de México; ­sabía historia de Francia. Así se lo dije al doctor Ortega y Medina, quien insistió. “Apréndala, estúdiela”, me dijo, y empecé de cero a estudiar las historias de España y de Cataluña, leyendo como loca, para hacer que mi ­curso fuera interesante. La impartí 41 años en la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí es donde conocí España y ahí me encontré con el general Prim”.

Entonces, Antonia Pi-Suñer comprendió aún más su herencia de exiliada. “Si de algo me enorgullezco, es del origen republicano de mi familia, de los principios democráticos que tenían, por los que lucharon y por los que tuvieron que dejar España. Era una familia que vivía bien, no de la burguesía comerciante sino políticos pertenecientes a la burguesía profesional reconocida. Los admiraba y los admiro. No tenían mucho dinero, pero lo  dejaron todo, lo arriesgaron todo”.

Imprimir