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Muchos muertos después de los tlatelolcas

Recorrer la Plaza de las Tres Culturas toma 40 minutos; no obstante, la charla con un hombre quien conoce la historia del sitio (y la cuenta por una monedas) podría tomar horas

Muchos muertos después, los 27 mil 443 habitantes del complejo habitacional Nonoalco Tlatelolco ubicado al norte de la Ciudad de México, pueden dormir tranquilos.

En la explanada principal, un hombre doblado por el tiempo vigila a los visitantes y curiosos, de pie, el mismo hombre como un viejo árbol orgulloso de las raíces que dejó, ofrece charlas a cambio de propinas frente al antimonumento tallado en piedra que dice: “A los compañeros caídos el 2 de octubre de 1968”.

El gran tesoro de don Inacio N (Así lo llamaré por que así lo decidió él) es una vieja fotogafía impresa en papel bond, con una imagen casi indescifrable del que debió ser su rostro los años que dedicó a la guerrilla estudiantil.

Tres veces tres. Esa extraña forma de nombrar a las deidades resurge de las ruinas de lo que alguna vez fue el prolífico territorio de los tlatelolcas; parado frente al templo católico de Santiago resurgen indómitos los estribos de un antiquísimo mercado de origen mexica que no da tregua ni a los dioses, ni a la modernidad.

La exsecretaría de Relaciones Exteriores es un tercer plano casi imperceptible.

El recorrido completo de lo que comúnmente se conoce como la Plaza de las Tres Culturas dura por mucho 40 minutos y eso si uno es distraído.

Pero el Tlatelolco del Rojo Amanecer corrió como sangre, las venas rojas de las estructuras que cubren los pasillos de los edificios imaginados por Mario Pani.

Y ni él habría imaginado que aquellos lotes baldíos del antiguo Sindicato Ferrocarrilero que pensaba como la “gran reubicación de los marginados (sic)”, se convertiría en el símbolo patrio de la decadencia institucional. Los marginados eran ellos.

Quienes no se integraron al pueblo, fueron ellos, quienes mandaron los tanques de 40 toneladas a callar a las voces de oposición rebelde de las juventudes mexicanas. Los del genocidio.

El joven que vende pan en un edificio del complejo La República recibe los buenos días, el carnicero también; los policías frente al mural más colorido de la tercera sección saludan a los transeúntes y vigilan.

El encargado del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) para los recorridos en las ruinas es ampliamente conocido por los lugareños y te deja pasar por la puerta que quieras y recorrer en el sentido que prefieras.

También está el hombre que dirige el sitio de “periodismo comunitario Vivir Tlatelolco”, Miguel Ángel Márez — a quien por cierto se le nota su preferencia política a kilómetros de distancia—, que ha servido a sus más de 22 mil seguidores como guía de la zona; también la señora que vende bisquets calientitos en tres pesos a las 11 de la noche en el edificio 15 y de la que todos se quejan. Los marginados son los de las armas y la sangre, no los tlatelulcas.

Hace un mes que vivo en la Ciudad de México y cada fin de semana encuentro rosas blancas para los muertos del 68. Y muchos muertos después, los 27 mil 443 habitantes que nuestras endebles instituciones contabilizaron por última vez en la delegación Cuauhtémoc, pueden dormir en el recuerdo.

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