Malthus, Matusalén y el próximo sexenio

Ricardo Becerra

El gran y lúgubre Malthus afirmaba en uno de los pasajes del “Ensayo sobre el principio de población”: “Cada ciclo (de uno o dos siglos en su tiempo), contiene ya un segmento de población que, en unos años, se convertirá él mismo, en el futuro de casi toda la sociedad”.
Profecía que se cumple entre nosotros, pues dentro de 10 años —en menos de dos sexenios— los viejos pobres de hoy serán el factor decisivo, pesarán ya demasiado y definirán el perfil y el gasto de México en el siglo XXI.
Pero ¿quiénes son los viejos de hoy? Diez y medio millones de mujeres y hombres mayores de 60 años de edad, que representan el once por ciento de la población total del país. De ellos poco más de ocho millones viven en la pobreza, y otros dos millones, en la marginación extrema (Coneval, 2017).
¿Se dan cuenta? Si seguimos por la parsimoniosa senda de los últimos años, creciendo a tasas raquíticas, la proporción de viejos en nuestra sociedad seguirá ensanchándose pero sin que ellos hubiesen tenido en el curso de su vida un empleo bien pagado, sin haber acumulado ingresos, patrimonio, ahorro y fondos para sostener su propia existencia. Así, en el 2024, estaremos a un paso de las puertas de una sociedad de viejos empobrecidos, una sociedad que nunca alcanzó a subirse en el tren del desarrollo y a la que alcanzó el futuro.  
No hay truco en estas cifras: las generaciones más numerosas que habitan hoy el territorio nacional, nacieron (nacimos) entre 1960 y 1980, por lo que empezarán a engrosar el grupo de edad de 60 años y más, a partir del próximo sexenio. Y lo que vendrá después es conocido ya, en algunas sociedades de Europa: una gran población de viejos gravitando sobre la parte productiva de la sociedad, solo que aquí, nuestros mayores nunca vivieron la seguridad que trae el Estado de Bienestar; las nuestras fueron unas generaciones que nunca conocieron el crecimiento económico, la mayor parte de ellos trabajaron en la informalidad o en el empleo precario, sin ahorros ni pensiones ni seguridad social decente.  
En el 2024 y definitivamente en el 2030, lo normal en México será ser viejo y no hay la suficiente conciencia de ese futuro; futuro que será aún más agudo, porque nuestra transición demográfica está siendo también muy rápida y acusada: esa generación será la primera en nuestro país que habrá vivido más años como viejos que como jóvenes, pues su longevidad alcanzará los 80 años, lo que aumenta su peso y costo en el conjunto de la renta nacional.  
Para países cómo México ese costo adicional requerirá un aumento del gasto médico y de pensiones del 25 porciento del PIB (en términos absolutos, se disparará cada década a partir del 2020, en una escala de decenas de billones de dólares en todo el mundo, dice un inusual y dramático informe del FMI).
Este fenómeno ya fue bautizado por los economistas (“el riesgo del envejecimiento” le llaman), y aunque vivir más es bueno (lo reconocen), representa “el riesgo financiero más importante en las siguientes décadas”.
Hay dos tipos de respuestas para esta situación: la de las “reformas estructurales” que recomienda el propio Fondo: retrasar la edad de la jubilación, recortar las prestaciones y aumentar las cotizaciones presentes. Es decir, peor calidad de vida durante más años de la existencia.
Y aunque es posible que parte de esa medicina amarga sea inevitable, existe otra ruta: crecimiento económico, fuerte crecimiento económico en el plazo de los siguientes doce años, para producir empleos, riqueza, ingresos y ahorro para el futuro.
Reformas estructurales y crecimiento económico son lo mismo, dirá la retórica en boga, pero la experiencia de la última generación de mexicanos es que no lo son, y que entre más se profundizan los efectos reales de esas reformas (ocurridas por decenas, en los años ochenta y noventa, y seña de orgullo del sexenio que termina) más se paraliza la economía en un horizonte largo de pesimismo y estancamiento.
De alcanzarnos así el futuro (2030) ceñidos al mismo “modelo responsable y estable”, entonces ya se habrá agotado el bono demográfico y la limitada riqueza generada no alcanzarán para cubrir el compromiso de pensiones suficientes, en una época que los viejos representarán ya, la quinta parte de la población.
Habremos sido, entonces, una sociedad que se hizo vieja, antes de haber podido hacerse medianamente solvente (ya no digamos rica). Uno de los fracasos más inmensos y mas imperdonable de la era moderna.
Candidatos: hacia ese país vamos….

 


Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática
ricbec@prodigy.net.mx
@ricbecverdadero

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