El incomodísimo hermano de Francisco I. Madero

Bertha Hernández

Seguramente, en las horas previas a su asesinato, en el decreciente febrero de 1913, el expresidente Francisco I. Madero pensó mucho en su hermano Gustavo. Tal vez no conocía los detalles de su asesinato, pero así era mejor. De entre los crímenes más violentos que se cuentan en la historia de México, y hay muchos, el de Gustavo Adolfo Madero es, muy probablemente uno de los más terribles, tanto por la violencia con la que fue cometido, como porque estaba teñido con la oscura tinta de la traición.

Todo lo habían compartido los hermanos Madero: las raíces familiares, la educación esmerada, como correspondía a los vástagos de una de las familias más ricas del país. La vocación empresarial de Gustavo lo llevó por caminos muy diferentes a los que eligió, al principio, su hermano Pancho. Pero, cuando tomó la bandera del antirreeleccionismo, Gustavo se convirtió en un apoyo fundamental, y cuando no quedó otra para el clan Madero que la fuga hacia adelante, encarnada en la insurrección, no vaciló en convertirse en el cerebro financiero de la revolución encabezada por su hermano.

EDUCACIÓN Y NOMBRE DE PRÍNCIPE. Se llamó Gustavo Adolfo, nada menos, en honor de un príncipe sueco, amigo de su padre. Nacido en 1875, era el segundo de los 16 hijos que tuvieron Francisco Madero y Mercedes González, un matrimonio en el que se unían dos de las familias más acaudaladas del norte mexicano. El vínculo entre este niño y su hermano el primogénito, Francisco Ignacio, solo se terminó con la muerte de ambos.

Desde niños fueron inseparables. Cuando crecieron y fueron enviados a Europa a realizar sus estudios superiores, vivieron días esplendorosos en la vieja Francia, a donde, por temporadas, viajaba su familia a acompañarlos.

La experiencia parisina fue fundamental para los hermanos. Allí forjaron
vínculos y amistades que significarían apoyos y lealtades más adelante. Uno de esos lazos que el que establecieron con “Juanito”, apellidado Sánchez Azcona. “Juanito” era hijo de un acaudalado caballero mexicano que lo envió a Europa a estudiar. Pero “Juanito” era despistado y desordenado, si hemos de hacer caso al cónsul en París, don Ignacio Manuel Altamirano, a quien le habían “encargado” al muchacho, razón por la cual vivió una temporada en el domicilio del ilustre autor de “La Navidad en las Montañas”.

Exasperado por el desorden del muchacho, Altamirano buscó entre los jóvenes mexicanos de “buena familia” que estudiaban en París, algunos con los cuales acomodar a “Juanito”. Así fue como Sánchez Azcona, que después sería cercano amigo y colaborador de Francisco, entró en relación con los jóvenes Madero. Fue también en París donde Francisco conoció a fondo la doctrina espiritista y se volvió un convencido creyente. Gustavo, mucho más pragmático en su visión del mundo, iba construyendo su perfil de empresario.

Interesante era la dualidad formativa de Gustavo: hablaba 4 idiomas, y estudió contabilidad, taquigrafía, agronomía, manufacturación, economía política, una curiosa área llamada geografía comercial, matemáticas aplicadas a las operaciones financieras, todo lo que podría necesitar un empresario exitoso de fines del siglo XIX, pero también tenía sensibilidad musical: estudió piano y flauta, y tocaba el violín. Era un apasionado de la ópera y la música de concierto, y era muy aficionado al teatro. Por si fuera poco, era un diestro esgrimista y un competente jinete.

Se casó muy joven con Carolina Villarreal, su prima. Si bien se formó en los negocios familiares, solamente tenía 20 años cuando quiso ganarse la vida por su cuenta y se convirtió en socio de la fábrica de hilados La Victoria, en Jalisco. Desplegando una capacidad de trabajo enorme, al mismo tiempo dirigía La Estrella, una de las fábricas de su abuelo Evaristo, y un año después, también operaba una empresa tipográfica de la que era dueño, El Modelo, con sede en Monterrey. Una fiebre por vivir y emprender lo invadía: asumió la gerencia de otra empresa familiar, la Compañía Exportadora Coahuilense, que explotaba el guayule.

Esa era su vertiginosa vida, haciendo tiempo para ir a ver a la familia. De sus siete hijos, solamente sobrevivirían tres. Trabajando, criando a su prole, lo sorprendió el proyecto político de su hermano Francisco.

…Y LLEGÓ LA REVOLUCIÓN. La persecución y encarcelamiento de su hermano Francisco a raíz de las elecciones de 1910, en las que pretendió disputarle la presidencia a Porfirio Díaz, hizo que Gustavo hiciera todo a un lado: lo movía el amor filial, pero también era una cuestión de sobrevivencia del clan entero: peligraban las propiedades de la familia, y entonces, solamente quedó la fuga hacia adelante. Todos los Madero cerraron filas ante el hijo y hermano perseguido, y pusieron en la balanza todo lo que tenían para apoyar la revolución.

Asesorados a la distancia por Francisco, pusieron manos a la obra, Gustavo se volvió el cerebro financiero del movimiento: negoció empréstitos estadunidenses con los cuales financiar la rebelión y, al mismo tiempo, vendía las acciones de las empresas familiares, pertenecientes a sus hermanas, para el mismo propósito. La revolución maderista necesitaba mucho dinero, y Gustavo lo consiguió, involucrando casi todo su patrimonio. Él era el encargado de comprar el armamento al otro lado de la frontera, y aún se daba tiempo para ser el operador logístico de la actividad estrictamente política de su hermano.

Así vencieron en Ciudad Juárez, así vencieron en las nuevas elecciones de 1911, y así asumieron la tarea de gobernar.

DE “GENIO DEL MAL” A “OJO PARADO”. Los detractores de Francisco Madero también enfilaron sus baterías contra Gustavo. Si durante la revolución lo habían apodado “Genio del Mal”, acusándolo de guardar para sí un beneficio de los préstamos que obtenía, en la capital de la República, como hermano del presidente se volvió una presencia muy incómoda. Tuerto desde niño, usaba un ojo de vidrio que le valió su apodo: “Ojo parado”, rasgo con el que la despiadada prensa antimaderista lo caricaturizó hasta el cansancio.

Más incómodo se volvió cuando, electo diputado, se convirtió en el eje de toda la actividad de su partido, el Constitucional Progresista, y era el personaje visible que atacaba a los contrincantes y malquerientes de su hermano el presidente. Para ampliar su esfera de acción en ese sentido, creo un periódico, el Nueva Era, para tener, en el concierto de la prensa mexicana, un medio totalmente maderista que diera la batalla en el mundo de las noticias.

Su amor filial no lo cegaba: fue crítico de las decisiones de su hermano, y a veces le recomendó destituir a algunos integrantes del gabinete. Por eso se dio cuenta del complot que se fraguaba en contra de su hermano; por eso, se exaltó cuando le contó a Francisco del cuartelazo que se fraguaba y se disgustó cuando el presidente le dijo que tal vez exageraba. Por eso, Victoriano Huerta, que dominó con facilidad a los primeros sublevados, los generales Mondragón y Díaz, sabía que de quien tenía que cuidarse era de Gustavo Adolfo Madero, que ya salía de México como enviado diplomático a Japón, cuando empezó la Decena Trágica. Gustavo se devolvió del ferrocarril, a defender a su hermano en la medida de lo posible.

Él fue quien reveló a Francisco Madero la traición que fraguaba Huerta. Por eso, antes de que la denuncia fuera a mayores, el general traidor lo apresó en el restaurante Gambrinus, y lo entregó a una soldadesca borracha y enfurecida que lo asesinó a las puertas de la Ciudadela. Se había cumplido el presentimiento de Gustavo: “Pancho, nos van a matar, y a mí antes que a ti”.

 

 

 

La lealtad de Gustavo A. Madero hacia su hermano Francisco lo llevó a compartir su fin. Ambos murieron asesinados con diferencia de unos pocos días, y con ellos se acabó la legalidad del régimen que construyeron.

 

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