Nacional

Como médico militar, sólo quería atender niños, pero impactó en todo el sistema de salud

Se formó como médico militar, pero lo que en realidad le gustaba ser y asumió como misión de su existencia, era trabajar como médico de niños. Jesús Kumate Rodríguez (1924-2018) respetaba y aceptó con gusto los numerosos reconocimientos que recibió por su labor en el campo de la salud pública. Pero la que de verdad le gustaba, junto con una antigua espada japonesa herencia de su padre, era la Medalla Belisario Domínguez, el galardón que reciben los mexicanos excepcionales.

Miles de padres e hijos que hoy reciben el apoyo preventivo de los diversos sistemas de salud pública no saben, muy probablemente, que a Kumate Rodríguez se debe la existencia de ese documento ahora indispensable: la cartilla de vacunación. Muchos otros se han beneficiado de un pequeño sobre para las emergencia, el famoso suero oral. Ambos elementos hacen la diferencia entre la vida y la muerte, entre un México y otro, y detrás de ambos elementos está la huella del doctor Jesús Kumate.

Sinaloense de Mazatlán, el doctor Kumate fue hijo de un emigrante japonés y una profesora mexicana. Si infancia es destino, dos fueron las cosas que lo marcaron en su vida adulta: las frecuentes muertes de niños que ocurrían en el México de los años 30 del siglo pasado, y el encargo de su padre, fallecido cuando era niño: “Pagar” la deuda que había contraído con México cuando nuestro país lo aceptó y le permitió vivir aquí y formar una familia.

¿Cómo pagó Jesús Kumate esa deuda? Eligiendo el camino de la Medicina. Egresó de la Escuela Médico Militar a los 22 años, pero su vocación era ser médico de niños, evitar que murieran de enfermedades gastrointestinales o infecciosas, que fueron, durante muchos años, las principales causas de mortalidad infantil. Tenía también dotes de investigador, y siempre afirmó que la curiosidad era el motor del conocimiento. Todas las ocasiones en que impartió  clases, alentó en sus alumnos el ánimo de indagar, de avanzar un poco más.

Interesado en las enfermedades infecciosas, cursó estudios en el Instituto Politécnico Nacional, donde se doctoró en 1963.

Kumate Rodríguez, al especializarse, tenía la mira puesta en los grandes problemas de salud en México. Su trabajo como investigador y funcionario público cambió radicalmente a México. Los 28 años que trabajó en el Hospital Infantil, del que llegó a ser director, y luego sus años como subsecretario de Salud, lo prepararon para sus años de secretario, entre 1988 y 1994, durante los cuales desarrolló un modelo  preventivo de alcance nacional con el que frenó las muertes por padecimientos gastrointestinales y diarreas, y, al garantizar a todos los niños del país un esquema de vacunación universal, transformó al país. Ya son varias las generaciones que han transitado de la infancia y la juventud a la edad adulta sin haber padecido una enfermedad infecciosa, y ellos no lo saben, pero se lo deben al médico Jesús Kumate.

No fue solamente un médico de niños, como a él le gustaba definirse. También fue un querido maestro y autor de un Manual de Infectología que sigue siendo referencia para los estudiantes de Medicina, y en sus tiempos de secretario, realizó las gestiones para que, desde la biblioteca de El Vaticano, se reintegrara a México el Liberus Medicinales o Libro de las Hierbas Medicinales, tratado de herbolaria prehispánica iluminado hace siglos por la mano diestra de tlacuilos mexicas y traducido al latín por Juan Vadiano.

Recibió incontables reconocimientos; fue embajador para la niñez por parte de la UNESCO y hasta su fallecimiento perteneció a El Colegio Nacional. Fue presidente del consejo ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud y formó parte de su comité de expertos; sólo cuando la enfermedad lo hirió en definitiva, se alejó de su despacho en la Fundación IMSS, donde asistía a diario y donde festejó, hace casi cuatro años, sus nueve décadas de vida, la mayor parte de ellas dedicadas al servicio público, donde creía que era posible dar lo mejor de sí a México.

Imprimir