Mitos políticos de 1968 - Gilberto Guevara Niebla | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 08 de Mayo, 2018
Mitos políticos de 1968 | La Crónica de Hoy

Mitos políticos de 1968

Gilberto Guevara Niebla

El impacto del movimiento estudiantil mexicano de 1968 se registró en múltiples dimensiones de la vida social, pero su efecto más relevante fue en la política. La revuelta de los estudiantes rompió la paz impuesta por el Estado autoritario y abrió una grieta por donde transitaría, más tarde, la transición democrática.

¿Y qué decir del progreso que tuvo en el país la libertad política y la apertura de los medios? Nada de esto puede desvincularse de ese acontecimiento histórico. En este sentido se puede hablar de la herencia democrática de 1968. Pero hubo otra herencia política menos brillante, más oscura, no democrática, que derivó de las enseñanzas directas que dejó la lucha entre las masas estudiantiles y que la represión del 2 de octubre contribuyó a convertir en estereotipos o mitos perdurables.

El más importante fue el mito de la violencia, la idea de que los medios violentos eran los adecuados para lograr un cambio social. El culto a la violencia nació de formulaciones teóricas y conductas que se dieron durante el movimiento en las que se propuso recurrir a la agresión física contra la Policía y el Ejército como procedimiento, no para resolver las demandas del movimiento, sino para amplificar el conflicto y crear las condiciones para una revolución popular que derrocaría al régimen. 

Los estudiantes revolucionarios que proponían la violencia como medio fueron apoyados con entusiasmo por los agentes encubiertos de la Dirección Federal de Seguridad y de la Sección de Inteligencia del Ejército que abogaban también para que los estudiantes incurrieran en conductas violentas para de esa manera destruir ante la opinión pública la imagen pacífica y democrática del movimiento.

La criminal matanza perpetrada por el ejército, con el apoyo de la policía política, el 2 de octubre pareció demostrar que quienes defendían los medios democráticos, pacíficos, de lucha estaban equivocados y que, en cambio, quienes pregonaban la lucha violenta tenían razón, pues ésta era el único camino que quedaba para enfrentar al régimen. “En México, decían estos maximalistas, los medios democráticos de lucha están agotados”.

Este discurso, aunque radical, tuvo cierto éxito en una sociedad que se sentía agraviada y profundamente herida por el uso brutal de la fuerza que había hecho el Estado contra los estudiantes. De ese caldo de cultivo emergieron los múltiples grupos guerrilleros que actuaron durante la Guerra Sucia de los años 70. 

Otro mito que nació en 1968 y que estuvo asociado al anterior fue la concepción de que toda forma de acción política debería entenderse dentro de una lógica de conflicto. De nuevo, el agravio social contra el Estado fue el propulsor principal de esta creencia mítica. La idea de la política como conflicto se alimentó en gran parte del marxismo que concibe la historia como una permanente lucha de clases, pero encontró en la agraviada sociedad mexicana de los años 70 un terreno fructífero para prosperar.

Asociada a la lógica del conflicto estuvo la mistificación del “movimiento” como forma privilegiada para luchas por demandas particulares. El “movimientismo” tuvo su apogeo en las décadas de los 80 y 90 y llegó a ser un discurso más o menos articulado que se conectaba con el del “activismo” que era, a su vez, una propuesta donde la acción, per se, era contemplada como canal privilegiado de lucha política.

¿Y qué decir de la idea, todavía hoy con arraigo, de la “democracia directa” que surgió de la extrapolación del asambleísmo de 1968? Una teoría que sacraliza el poder de “las bases” (el pueblo) y que descalifica cualquier mediación institucional que considera espuria. Una democracia silvestre, primitiva, infantil, que, no obstante, cuenta con seguidores en el actual escenario político.

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