Un tuit decididamente estúpido

Francisco Báez Rodríguez

Faltan casi dos meses para la cita ante las urnas y ya los ánimos sociales se han caldeado a niveles preocupantes. Acotar posibles brotes de violencia será un reto adicional para la Secretaría de Gobernación y para el INE.

Hay que decir que los candidatos a la Presidencia no están ayudando mucho en esa tarea. Andrés Manuel López Obrador tacha de corruptos, aliados a la mafia del poder, a quienes voten por una opción diferente a la suya, y se hace el occiso ante llamados a la violencia de sus simpatizantes. José Antonio Meade, quien pudo haber hecho una campaña de propuestas, dejó que ésta se basara en el desprestigio a los rivales y en la consabida estrategia del miedo, que pinta un país deshecho al instante en que gana AMLO. Ricardo Anaya no se ha quedado atrás, con sus amenazas de encarcelamiento y una ausencia programática notable. Para colmo, El Bronco se ufana de sus ocurrencias cavernarias, y su presencia, promovida por el PRI, sólo ha servido para envenenar más el ambiente.

Si en las cúpulas las campañas han preferido la guerra de lodo, ¿qué se puede esperar a ras de suelo, dada cuenta del amplio malestar social y de la sed de revanchismo en algunos? Encima de ello, el papel creciente de las redes sociales en las campañas electorales facilita la multiplicación de expresiones irresponsables que, a veces jugando a que son bromas –en realidad para ganar más clics y likes– apuestan a una polarización como nunca antes se había visto.

Es en este contexto crispado que apareció un tuit, decididamente estúpido, de Ricardo Alemán, que jugaba con la posibilidad de un atentado contra la vida de López Obrador. Tal vez el caso no hubiera pasado a mayores, de no ser Alemán un conocido periodista con espacios en la televisión. Aquí importaba no sólo el mensaje, sino también el emisor, porque es periodista y porque es conocido por su defensa a ultranza del gobierno de Peña Nieto y por aborrecer al candidato de la coalición Juntos Haremos Historia.

Tanto Televisa como Canal Once decidieron prescindir de los servicios de Alemán, quien –en vez de reconocer su error– se colocó en el papel de víctima y clamó que era censura de la dictadura que se viene. El problema de Alemán es múltiple: por un lado, abonó a un clima de polarización violenta; por otro, no estuvo a la altura de su obligación de ejercer el periodismo con responsabilidad. Tampoco entendió que una parte del poder de cualquier medio es su credibilidad y prestigio, de ahí la decisión de las televisoras.

En ese mismo contexto, algunos activistas de las redes sociales, simpatizantes de Morena, no entendieron jamás de qué se trataba el caso: Alemán pagó con su empleo por haber transgredido un código ético elemental, no por su oposición o sus críticas a López Obrador. Ellos se imaginan que fue lo segundo: que la ola indignada del pueblo bueno morenista en las redes ante el burdo opositor fue la que culminó con el despido. Por tanto, piensan que pueden hacer lo mismo con todos los periodistas a quienes ellos consideren cómplices de la mafia del poder. Se imaginan haciendo una exitosa purga de voces incómodas. Y se dan vuelo en ese ejercicio calenturiento de represión. Con ello se pintan solos.

Ha habido otras expresiones más preocupantes. El video en el que el cadáver de un presunto ladrón linchado en Tabasco arde en la calle, entre vivas a López Obrador y mueras a los demás candidatos, es un signo de descomposición severa. Los asesinatos, probablemente obra del crimen organizado, de diferentes aspirantes a puestos de elección popular son otro.

El encono y la mala leche no son privativos de los simpatizantes de ningún candidato. Es difícil, a estas alturas, pararlos en seco. Lo que sí deberían hacer, con un mínimo de responsabilidad, los principales actores políticos —y, en primer lugar, los propios candidatos presidenciales— es bajarle de tono a la agresividad. No se trata, como bien recordó el consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, de ganar a toda costa. Y Córdova no lo dijo de gratis, sino porque percibe que hay actores políticos empecinados en ello.

Parece cantaleta, pero es necesario hacer recordar que en México cabemos todos, hoy y el 2 de julio. Con los ánimos caldeados es difícil construir y es muy fácil destruir. Ya de por sí la convivencia social ha sido afectada con la violencia, el agandalle y la corrupción rampantes, como para seguir estirando la liga.

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