Realidad alternativa y lucha por el poder

José Fernández Santillán

Para entender lo que está pasando en México, conviene echar un vistazo a lo que está sucediendo en otros países. Veamos el caso de Estados Unidos. En el primer debate que se llevó a cabo la noche del lunes 26 de septiembre de 2016 en la Universidad Hofstra de Nueva York, el tema a tratar fue “la promoción de la prosperidad”. El moderador, Lester Holt, recordó que en materia de creación de empleos el país había registrado en los últimos seis años un crecimiento sostenido. De igual manera, la economía estadunidense, después de experimentar un estancamiento en razón de la crisis que estalló en septiembre de 2008, y que se conoce como la Gran Recesión, mostraba signos de recuperación.

En sentido contrario a esas evidencias, Donald Trump contestó que Estados Unidos estaba perdiendo puestos de trabajo: “Nuestros empleos están abandonando nuestro país y se están trasladando a México. Se están yendo a muchas otras naciones. Vean lo que está haciendo China: está sustituyendo nuestros productos”.

Dicho de otro modo: Barack Obama, en 2008, heredó un país en crisis. En contraste, cuando entregó el poder, ocho años después, en 2016, Estados Unidos registraba una expansión económica y el aumento del empleo. El mayor en toda su historia. Esa fue una realidad incontrovertible. No obstante, Donald Trump y su equipo de campaña se encargaron de presentar un escenario completamente distinto. Una realidad alternativa.

Su campaña electoral estuvo basada en meterle en la cabeza a los electores que el país era un caos, que no iba por el camino correcto. Exacerbó los ánimos diciendo que los mexicanos indocumentados les quitaban los empleos a los verdaderos norteamericanos; despertó el racismo y la xenofobia. Agitó los ánimos con base en una estrategia muy bien montada en las redes sociales. El propósito fue despertar los odios y los miedos; hizo a un lado el pensamiento crítico y el debate racional. Y le creyeron.

Esa es la estrategia que están utilizando los partidos populistas sean de derecha sean de izquierda en todo el mundo. México no es la excepción. Tiene razón Macario Schettino cuando afirma: “Comentamos ayer cómo López Obrador sigue, a la letra, la pauta que permitió a Donald Trump ganar la Presidencia de Estados Unidos. Es una combinación de un público enojado, un líder sin escrúpulos, medios irresponsables y un grupo que entiende de verdad las nuevas tecnologías y manipula audiencias”. (“Adversarios y discursos”, El Financiero, 8-V-2018).

En mi artículo de la semana pasada dije que el fascismo se basa en la mentira. Pues el populismo tiene vasos comunicantes con el fascismo. Por ejemplo, ambos construyen realidades alternativas con base en datos ficticios e informaciones falsas (fake news). Así se están manejando Andrés Manuel López Obrador y sus operadores. Están dividiendo a la sociedad entre “la mafia del poder” (los malos) y el pueblo fiel al mesías (los buenos) con base en esas técnicas de manipulación. Y para eso necesitan mantener un clima de agitación; inventar conflictos como el que han provocado con los empresarios a los que han acusado de ser una “minoría rapaz”. Exacerban los enconos y canalizan las frustraciones sociales hacia su caudal electoral. No tienen el más mínimo sentido de lo que es la ética política.

Odios y mentiras que se conjugan para abultar en número de seguidores. Por eso coincido como Macario cuando escribe: “La idea de que México vive el peor momento de su historia no tiene ningún sustento, pero se ha convertido en el eje a partir del cual millones de personas concluyen que es necesario regresar al pasado glorioso destruido por la mafia del poder”. (Idem)

¿Y cuál es ese pasado glorioso? Pues aquél en el que campeaba el presidencialismo autoritario sustentado en la hegemonía del partido oficial. Por eso AMLO está pidiendo el voto no sólo para él como candidato a la Presidencia de la República, sino también para los candidatos de Morena al Poder Legislativo. Quiere la mayoría absoluta para así revivir los viejos tiempos en los que, con un Congreso doblegado, la voluntad de un solo hombre era la ley. Se trata de un intento de restauración del antiguo sistema posrevolucionario.

López Obrador desea echar por tierra el esfuerzo que los mexicanos hicimos a lo largo de por lo menos cinco décadas, desde el 68, para democratizar a nuestro país. Restarle fuerza al Poder Ejecutivo para moderarlo; establecer un sistema de pesos y contrapesos; pluralizar la vida social y política. Por ese motivo, sería una paradoja que al conmemorar el 50° aniversario del movimiento estudiantil viniera a apoltronarse en el poder un autócrata.

La megalomanía del tabasqueño quedó de manifiesto cuando en el programa de Televisa, Tercer Grado, alguien le preguntó por qué había roto con su hermano quien se había pronunciado en Veracruz por una alternativa política diferente de la de Morena, y lo llamó traidor. López Obrador contestó: “La Patria es Primero”. O sea, su perturbación mental llega a tal extremo que considera que él (López Obrador) es la patria.

No hay duda: la democracia mexicana está en peligro. 


Twitter: @jfsantillan
Mail: jfsantillan@itesm.mx@

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