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La aventura del alemán Luis Hahn en México

Cuando los mexicanos celebraron por todo lo alto la victoria militar en Puebla, en mayo de 1862, lo hicieron con un espectacular  festejo en el Teatro Principal. En el programa, que incluían participaciones de los dramaturgos de moda (Juan A. Mateos y Vicente Riva Palacio), arias de ópera y el estreno de un sentido poema dedicado a los vencedores de Puebla, escrito nada menos que por Guillermo Prieto, se mencionaba a un extranjero, el único en todo el programa que no era un mexicano, entusiasmado por el triunfo de las tropas de Ignacio Zaragoza. El personaje en cuestión estrenaría una marcha dedicada a los soldados victoriosos, se llamaba Luis (Ludwig) Hahn, y su nombre y su obra, que va de la música a la botánica, estuvieron perdidos en el tiempo, y sólo recientemente han sido redescubiertos.

Las crónicas de ese mayo memorable afirman que en todos los festejos que se armaron por las victorias de las fuerzas mexicanas ante el invasor francés, fue abundante la asistencia de extranjeros, y, en particular, en palcos preferentes, se acomodaba “todos los integrantes del club alemán”.

El detalle curioso es que, en aquella algarabía, estuviese un extranjero ocupando un papel protagónico. Y se trataba de un personaje peculiar, que había llegado a México hacia 1857, según reza la “carta de seguridad” con la cual manifestó a las autoridades de Puebla su intención de establecerse en nuestro país.

¿Quién era Hahn, a qué se dedicabaPasada la guerra de Reforma, un periódico de junio de 1861 lo trae a la vida pública: después de recorrer el país, decidió establecerse en la ciudad de México como profesor de alemán y de piano.

Pero en realidad, Hahn ya tenía, para entonces, mejores méritos: era autor de los Recuerdos de México, serie de composiciones para piano que retrataban algunos sitios de la capital y sus alrededores: el ferrocarril que iba a la Villa de Guadalupe, el Paseo de Bucareli con su Caballito, el bosque de Chapultepec y el vivero, el “Jardín de flores de San Francisco”, que funcionaba en lo que había sido la huerta del otrora convento destruido por órdenes del presidente Ignacio Comonfort en 1856.

Las composiciones de Hahn, que han sido rescatadas por la pianista Silvia Navarrete, quien las califica como el primer trabajo de música descriptiva producido en México, han atraído la atención de los estudiosos de los impresos del siglo XIX, pero su verdadero mérito, en el que nadie ha reparado, consiste en ser un “retratista sonoro” del México transformado por la Reforma, y un militante liberal involucrado con sus correligionarios mexicanos.

De él se sabe que era vegetariano y que ascendió varias veces al Popocatépetl; que saltó a la fama con una marcha fúnebre dedicada  a Miguel Lerdo de Tejada y que era un partidario decidido de las ideas liberales; de otra manera, jamás habría estado en aquel escenario, festejando con los mexicanos y lanzando vivas a Ignacio Zaragoza.

Para Hahn, como parte de esa élite ilustrada que migró a México, el barón de Humboldt sí fue un elemento inspirador, pues, además de ser el aventajado músico que fue, dedicó buena parte de su estancia en México, que sólo terminó con su muerte en 1873, a la recolección de plantas que enviaba a museos en Alemania. Su vocación de botánico lo llevó a ser integrante de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en los días de la República Restaurada, con las presidencias de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada.

En la SMGE promovió homenajes a Copérnico y a Samuel Morse, presentó informes de expediciones y excavaciones arqueológicas, y sirvió de traductor de alemán, cumpliendo encargos del jefe de la oficina de la sociedad, Ignacio Manuel Altamirano, de quien fue amigo cercano, y con quien hizo trabajos de traducción para alimentar un periódico liberal de corta duración, llamado El Libre Pensador.

Hahn aparece de repente en una página perdida de un periódico, traduciendo artículos científicos de publicaciones alemanas; con frecuencia está en las actas de la SMGE durante 1873, el último año de su vida.

Estudiosos de la botánica mexicana han encontrado en colecciones europeas algunos de sus envíos, y como buen fantasma del pasado, se le confunde con un homónimo suyo francés, Louis Hahn, que vino a México como parte de la expedición científica que Napoleón III envió durante el Segundo Imperio mexicano.

Escribió algunas marchas patrióticas dedicadas a los héroes civiles y militares del México liberal, como Ignacio Zaragoza y Francisco Zarco.  Mexicanizó su nombre, se mexicanizó al retratar este país con una finura que pocos compositores de su época lograron.

Cuando murió, en septiembre de 1873, solo y empobrecido, lo acompañaron al cementerio el embajador alemán, algún secretario de la legación, su amigo Altamirano y algún otro miembro de la SMGE. Altamirano prometió, y así lo asentó en las actas de la Sociedad, escribir su biografía, pero el texto se ha perdido, o, tal vez, nunca se escribió.

Todos los textos que se conservan hechos o traducidos por Hahn, son de tipo científico. Paradójicamente, este alemán que se mexicanizó, y que hoy únicamente se le recuerda por sus composiciones, jamás escribió acerca de música.

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