La pedagogía de Francisco

Manuel Gómez Granados

Mañana lunes y hasta el jueves 17 de este mes, la Casa Santa Marta en el Vaticano será escenario de un nuevo episodio de la revolución de terciopelo que desarrolla, desde hace cinco años, el papa Francisco. Durante esos días lo acompañarán casi todos los obispos chilenos, incluido el arzobispo emérito de Santiago de Chile, el cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, quien deshojó la margarita hasta el último momento y apenas ayer sábado viajó a Roma.
Errázuriz no quería estar porque quería “evitar las polémicas”, así lo hizo saber por medio de sus personeros. Alguien en Roma, sin embargo, no estaba de acuerdo con su ausencia, y lo emplazó a estar presente en una reunión, que según lo dicho por la oficina de prensa de la Santa Sede busca abordar los desafíos que “plantean los abusos de poder, sexuales y de conciencia, ocurridos en Chile a lo largo de las últimas décadas, considera necesario examinar en profundidad sus causas y consecuencias, así como los mecanismos que han llevado en algunos casos a su encubrimiento y a las graves omisiones hacia las víctimas”.
Esos abusos tuvieron a Fernando Karadima, como personaje principal, y al cardenal Errázuriz como una figura sin la cual las cosas no hubieran llegado al punto que llegaron durante la visita del papa a Chile a principios de año. Más allá de los titubeos del cardenal Errázuriz, queda claro que el Papa quiere repetir soluciones simplonas, bañadas del falso optimismo con el que muchos obispos en todo el mundo han alimentado las tramas del encubrimiento de los abusos sexuales, no sólo contra menores.
Por lo pronto, además de la manera en que Francisco ha hecho sentir su autoridad, lo más probable es que finalmente se acepte la renuncia que Juan Barros Madrid, el actual obispo de Osorno. Esa renuncia no se la aceptó antes el Papa por la información que Errázuriz y su sucesor en la arquidiócesis de Santiago, el también cardenal Ricardo Ezatti, así como el nuncio y otros obispos presentaron acerca del papel de Barros y al menos otros tres obispos en la trama orquestada por Karadima.
Si se hiciera efectiva la remoción de sus cargos de los obispos Barros, Tomislav Koljatic, Horacio Valenzuela y Andrés Arteaga, los daños no pararían ahí. En el caso de Arteaga, quien es obispo auxiliar de la arquidiócesis de Santiago, su remoción tocaría directamente a la Universidad Católica de Chile, de la que es la segunda autoridad más importante, detrás de Ezzati. La Universidad ha vivido días difíciles por la presión de alumnos y profesores para que Arteaga renuncie.
Además, es necesario preguntarse cuál sería el destino de estos cuatro obispos, todos ellos de alrededor de 55 años de edad. ¿Se les permitirá continuar como ministros? Si se les imponen restricciones al ejercicio del sacerdocio, ¿cómo las harán efectivas? No son preguntas superfluas, pues a Karadima el papa Benedicto XVI le condenó a no ejercer el ministerio, pero aparentemente ni Errázuriz ni Ezzati, hicieron mayor cosa porque se cumpliera.
Por lo pronto, a diferencia de lo que muchos otros líderes hacen a diario, la pedagogía del papa Francisco continúa desplegándose: aceptó que se equivocó al confiar, como lo hizo, en la información del nuncio y los obispos chilenos. También ha tomado medidas prácticas para remediar los errores cometidos y para restaurar, en lo posible, la confianza en la iglesia. Y algo más, no nos engañemos. Lo que ocurre ahora en Chile es inusual, pero los abusos y el encubrimiento de ese tipo de actos han ocurrido en todo el continente, desde Alaska hasta Tierra del Fuego y en todo el mundo.

 

 

 

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