La composición de la sal, de Magela Baudoin | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 12 de Mayo, 2018

La composición de la sal, de Magela Baudoin

La composición de la sal, de Magela Baudoin | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

Amor a primera vista

Celia debía buscar un piso, pues el suyo ya era muy chico, pero sobre todo porque debía entregarlo antes de dos semanas. Ella siempre dejaba las cosas para el final, al contrario que tú que lo organizabas todo; le gustaba salir victoriosa de los apresuramientos, aunque con  ellos terminara arrollando a los demás, ocupando su tiempo, esquivando  sus  propias responsabilidades e involucrándolos en el fracaso, pero nunca en el éxito. Superar este tipo de contratiempos, de carácter organizativo, le daba pues una excitante sensación de inmortalidad que lejos de llevarla al arrepentimiento, la volvía pretenciosa. Pero ella era tan obstinada que nada podía persuadirla de actuar de otra manera. Y eso a ti te producía fascinación. Así que terminaste envuelto en la tarea de buscar un piso en París, hacer citas y emprender las visitas  en  solitario. Sólo debías llamarla al trabajo cuando tuvieras algo bueno y ahora parecía haberlo.

Un departamento amoblado en Saint Germain des  Prés, cerca de Les Deux Magots, el mítico café de Sartre y Simone de Beauvoir; lo dijiste en voz alta y te sonreíste, seguro de que a Celia el dato no sólo le importaría un comino sino que se pavonearía contigo de no saberlo, pues ella entendía tanto de libros como tú de arquitectura.

Llegaron al edificio, estropeado pero aún elegante y, comiéndose el ascensor de largo, subieron tomados de la mano por unas gradas oscuras, en las que el sol no daba y donde se había acumulado un aire a humedad tan rancio que Celia comenzó a estornudar. Atracaron agitados en el sexto piso, determinados casi a dar media vuelta, cuando la refulgente luz de una habitación inundó el pasillo, dejando a la vista  el contorno de una anciana encorvada, con un matojo ceniciento en la cabeza. La mujer llevaba unos anteojos grandes y la envolvía un perfume a marihuana muy perceptible.

Entraron, movidos más por curiosidad que por interés, a un claro sitio de paredes amarillas, cuyos muebles Art Decó de los años veinte parecían puestos allí para una fotografía. Sillas sinuosas, de líneas retorcidas; mesas con patas de aluminio y sofás de cuero con almohadones de piel de cebra, componían el aura de un museo moderno, demasiado posado, pensaste, para ser un lugar habitable. La mujer, que ya vista en la luz portaba una inmensa peluca floja, tenía entre los dedos un porro que iba aspirando, mientras anunciaba el precio.

No necesitaste mirar a Celia para saber que estaba encantada, que quería aquel departamento con cada una de sus piezas y que, sin embargo, no podía pagarlo.

Suspiraste, cansado de buscar. Celia te tomó entonces de la mano y te hizo la única declaración que te habían hecho en la vida: ¿Qué tal si te mudas conmigo? No era una declaración de amor precisamente; no eras tú del tipo que quisiera casarse ni hacer planes; no era ella ni la sombra de una mujer ideal, pero no pudiste decir que no.

Con los meses te preguntabas qué hacías de pronto subido en una montaña rusa, si jamás te gustaron ni los gritos, ni las grandes alturas… Nunca fuiste un tipo de reacciones rápidas, tampoco de grandes apetitos, ni siquiera en el sexo. Lo único que te agradaba verdaderamente en el departamento era Celia: ni los techos con cornisas, ni las ventanas tan altas como el techo, ni los pisos de madera… No eran los pormenores arquitectónicos los que te ataban a aquel sitio, a pesar de tu buena voluntad para apreciar el famoso chiffounnier o las tulipas de cristal tallado del baño… Sí te vencía el blues, siempre improvisado y triste, que emergía de su voz honda, algunas noches —cada vez menos— en las que Celia todavía tocaba la guitarra olvidándose de ti; sí el género de su compañía, cuando su cuerpo perfecto te daba la espalda y solamente reposaban tendidos sobre la cama, sin hablar; sí, definitivamente, esa manera que tenía de cambiar tu desdén por optimismo, arrastrándote a la vida, sólo por pura diversión, sin pensar en el futuro, en mañana, en el segundo siguiente. Sólo te gustaba Celia o, para ser franco, la cierta idea que tenías de ella.

A Celia, en cambio, la irritaba tu falta de estilo. Lo tuyo era algo que ella no alcanzaba a definir con su ironía y que llamaba “aburrimiento”. Entraba, te quitaba el libro, se te subía encima abriéndote el pantalón y bastaba un instante para que saltara furiosa: ¡Vaya que sos aburrido!, decía y luego imponía una sequía de cama que terminaba siendo más llevadera para ti que para ella porque tú no llegabas a extrañarla. Esto era quizás lo más  extravagante en ti, que no la extrañabas. En esos días u horas, el espacio y el tiempo eran tuyos de nuevo. Nadie tocaba tus libros, nadie le ponía esquemas libertarios a tus rutinas. Gozabas simplemente de una pequeña tregua, en la que fantaseabas con volver caminando de la oficina y que no hubiera alguien esperándote en casa. Era como ser otra vez el dueño absoluto de tus pertenencias, incluido tu desorden y el silencio. Sobre todo el silencio… Celia gritaba todo el tiempo, no importaba si alegre o furiosa: gritaba. Pero, cuando estaba enojada, cuando se ponía furiosa de verdad, no te dirigía la palabra. Y entonces —ella odiaría que lo expresaras en términos literarios—: París era una fiesta.

Llegó una notificación del abogado de la dueña del piso, informando que la señora de la peluca había fallecido. Celia lo lamentó y recordó la peluca. Si fuera su hija, me habría gustado conservarla, dijo. Levantaste la vista de tu libro, para que ella supiera que la estabas escuchando, pero no le contestaste. , dijo, pondría la peluca en esa cabeza calva de maniquí y la peinaría amorosamente todas las noches. Sentiste el impulso de decirle que se callara, que te dejara continuar, pero te dio pereza. Seguiste leyendo, echado sobre el sofá, con la cabeza apoyada en uno de los cojines de cebra. La carta hablaba de unos hijos que querían vender pronto el piso para el asunto de la herencia; explicaba que, en cumplimiento a las leyes francesas, los inquilinos tenían, por derecho, la primera prioridad de compra. Esta vez Celia no dijo nada, pero tú no necesitaste mirarla para saber lo que estaba pensando. Sabías de memoria lo enamorada que estaba del departamento: de la claridad de las habitaciones, de las lámparas de alabastro, de la vista sobre las buhardillas de París. Deberíamos comprarlo, se le escapó a Celia en un  suspiro:

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