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“¡Al presidente no se le toca!”, gritó el capitán Garmendia, y salvó a Francisco I. Madero

Los días de la Decena Trágica se cuentan entre los más oscuros de la historia política mexicana. En esa espiral violenta que terminó con los asesinatos del presidente y el vicepresidente, hubo, no obstante, momentos de lealtad al régimen legalmente establecido, que dejaron huella en un salón de Palacio Nacional.

La mañana del 9 de febrero de 1913, al ser informado de la intentona golpista, el presidente Francisco Ignacio Madero resolvió trasladarse a Palacio Nacional para desde allí atender la crisis.

Así, montó en su caballo, y escoltado por los cadetes del Heroico Colegio Militar, quienes se mantuvieron leales al gobierno, y numerosos civiles que lo vieron pasar por el Paseo de la Reforma, marchó hacia el Zócalo.

Mientras avanzaba, por una ruta paralela, los generales Reyes, Díaz y Mondragón también se dirigían a Palacio, seguros de poder hacerse fuertes allí: horas antes, cuando el sol apenas despuntaba, una avanzada proveniente de la Escuela de Aspirantes de Tlalpan había sorprendido a la guarnición. Poco les duró el gusto: el general Lauro Villar, un militar de 64 años, se apersonó, y con 3 oficiales y 84 soldados, casi todos reclutas, sacados del cercano cuartel de San Pedro y San Pablo, sorprende a los sublevados y recupera el Palacio, rescatando, de paso, a Gustavo A. Madero, que había pasado la noche indagando los detalles de la rebelión y que después de informar a su hermano el presidente, se dirigió a la sede del gobierno.

Para cuando el presidente Madero llegó al Zócalo, muchas cosas ya habían ocurrido: en el camino se encontró con Victoriano Huerta, quien de inmediato se unió a los leales. En la Plaza de la Constitución,  a las puertas de Palacio quedaba el cadáver del general Reyes, muerto a tiros cuando la guarnición comandada por el general Villar resistió la segunda intentona de apoderarse del centro neurálgico del gobierno federal.

Así estaban las cosas cuando Francisco I. Madero cruzó, con su caballo, la puerta de Palacio. Una de las varias fotografías que se tomaron de su llegada al Zócalo, y que se resguarda en la Fototeca Nacional, tiene una leyenda en la parte trasera, escrita, seguramente en aquellos días: “última fotografía tomada a Francisco Madero”. El texto tiene razón: nadie volvió a fotografiar a Madero ni vivo ni muerto. Un corrido compuesto poco después de aquellos sucesos, describió con exactitud el sentimiento que envolvía la llegada del presidente:

“¡Arrele, arre, caballito,

Que te persigue la muerte”.

EL PRESIDENTE EN PALACIO.

Con excepción de un rápido viaje en auto a Cuernavaca, para traer a la capital al general Felipe Ángeles, Francisco Madero vivió los últimos días de su vida en Palacio Nacional. En sus oficinas siguió los acontecimientos, y allí fue donde designó a Victoriano Huerta como jefe de la plaza, responsable de combatir a los rebeldes que, desconcertados por la muerte de Bernardo Reyes, se habían retirado, para apoderarse del viejo edificio de la Ciudadela, donde estaba el arsenal de la ciudad.

Así fueron pasando los días, mientras puertas afuera se fraguaba el segundo cuartelazo, urdido por Victoriano Huerta en alianza con el embajador estadunidense, Henry Lane Wilson, el presidente creía tener el control de la situación, a causa de los falsos informes que recibía. Para muchos era ya más que evidente que Huerta preparaba una traición, pero Madero le había dado un plazo, 24 horas, para que probase su lealtad. Ese gesto terminaría por reventar la farsa del general.

Hacia el mediodía del 18 de febrero, Aureliano Blanquet, lugarteniente de Huerta, envió al coronel Teodoro Jiménez Riveroll a las oficinas presidenciales. Sus instrucciones eran muy claras: tomar preso al presidente. Los traidores se quitaban la máscara.

Jiménez Riveroll juzgó necesario subir al despacho presidencial con 50 soldados, el mayor Pedro Izquierdo y un civil llamado Enrique Cepeda. Hallaron a Madero en compañía de su gabinete. La aparición del grupo provocó el desconcierto de los maderistas. El coronel le habla al presidente de algún peligro inminente, y lo exhorta a que vaya, en su compañía, a ver a Huerta. Los acompañantes de Madero dan la alarma: el Salón de Acuerdos y el pasillo se han llenado de soldados armados. El presidente habla: si el general Huerta tiene algo que informar, que venga a su oficina.

En el tenso intercambio de frases que siguió, Jiménez Riveroll, exasperado,  exigió al presidente entregarse preso. Se dan órdenes y contraórdenes; los soldados apuntan contra Madero y sus ministros.

TIROS EN EL SALÓN DE ACUERDOS. Lo que siguió a continuación fue vertiginoso. Jiménez Riveroll intenta aferrar por un brazo a Francisco Madero; éste lo abofetea. El capitán Gustavo Garmendia, uno de los asistentes del presidente, echa mano de su pistola al tiempo que grita: “¡Al presidente no se le toca!”, y mata a tiros a Jiménez Riveroll y a Izquierdo. Su compañero en el Estado Mayor, el capitán Federico Montes, repele el ataque de los traidores. Se intercambian disparos. Marcos Hernández, al cubrir  a Madero con su cuerpo, recibe los balazos que le quitan la vida.

Asomado al balcón, Madero denuncia lo acontecido y arenga a un grupo de rurales.  Acompañado de unos cuantos, el presidente baja por el elevador. El segundo acto de la traición definitiva correrá a cargo de Blanquet, quien apresa al presidente y al vicepresidente Pino Suárez. Los golpistas capturaron a sus presas. El acto decidido de Garmendia, que hablaba de lealtad incondicional al orden legal, solamente alargó unos pocos días la vida de Francisco Madero.

¿QUIÉN ERA GUSTAVO GARMENDIA? El capitán Garmendia tenía 30 años en 1913. Era oaxaqueño y había estudiado en el Colegio Militar, donde se graduó como ingeniero. Junto con su colega, Federico Montes, eran parte del Estado Mayor del presidente Madero. Fue Garmendia quien acompañó a Madero a Cuernavaca. 

Después del asesinato de Madero y Pino Suárez, el capitán Garmendia logró escapar de Palacio y se marchó al norte a unirse a las fuerzas opositoras a Huerta, y combatió a las órdenes de Álvaro Obregón. Murió en noviembre de 1913, desangrado, a consecuencia de una herida recibida durante la toma de Culiacán.

Pero la huella del capitán Garmendia  permanece en Palacio Nacional en dos objetos: en la placa colocada en el Salón de Acuerdos de las oficinas presidenciales hace poco más de 40 años, y en la cómoda que, en la misma habitación, conserva todavía la huella del rebote de una de las balas disparadas en defensa del presidente Madero.

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