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Miss Mary: Del aula al cuadrilátero

De 45 años, César divide su vida entre sus dos pasiones: la lucha libre y la docencia; es profesor de matemáticas en educación básica y de soldadura industrial en el IPN

Desde la tercera cuerda, entre chiflidos, besos y meneos afeminados, nadie podría imaginar su realidad como reconocido profesor de secundaria y del Instituto Politécnico Nacional.

Tiene 45 años: enseña matemáticas en educación básica y soldadura industrial en el IPN. Hace siete años, mientras recordaba con pena la muerte de su abuela materna, recibió una llamada del luchador Drager, con quien había conversado días antes en una taquería.

—¿Por qué no vienes a entrenar conmigo? –le propuso.

—Cumplí 38, ya estoy grande —respondió con nostalgia el profesor César, quien desde niño había soñado con ser luchador, pero sus padres se opusieron. Luego, las responsabilidades académicas y familiares lo absorbieron. Se casó y tuvo dos hijos. Se olvidó del ring.

—Nunca es tarde para las pasiones —insistió Drager y pactaron una cita en el gimnasio.

“Entre dudas, volví al ring, al lugar donde quise estar siempre. Apenas lo pisé, me volví un adicto”, cuenta.

En aquellos primeros días de entrenamiento en la arena 2 de junio de Ciudad Neza, un promotor le preguntó:

—¿Qué clase de luchador quieres ser: rudo o técnico?

Él, en un tono de guasa, contestó: “Quiero ser exótico”. No imaginaba entonces la sorpresa del destino…

Durante tres años entrenó todos los días, impulsado por un sombrío diagnóstico: años antes, tras una operación de esófago, los médicos le habían vaticinado una vida de riesgos. “Tendrá que cuidar su alimentación, no podrá beber, fumar ni hacer ejercicio”, le dijeron.

Entre las cuerdas, olvidó aquel augurio. Aprendió los secretos de la lucha técnica y de la ruda. “Voy a ser rudo”, decidió y hasta inventó un personaje.

“Cuando mi profesor determinó que estaba listo para luchar profesionalmente, el promotor aceptó darme una oportunidad. Cuando le comenté que deseaba ser rudo, me dijo tajante: al llegar aquí te pregunté qué clase de luchador serías y me dijiste exótico. La primera regla en la lucha libre es cumplir lo que se dice, así que tienes un mes para alistar un luchador exótico”.

Y sí, en menos de 30 días el profesor diseñó un atuendo de color rosa: máscara en forma de mariposa, playera de tirantes, mallas, zapatillas y una falda de colegiala a cuadros. Faltaba el nombre. Se inspiró en su abuela, y como un homenaje a ella, de nombre María Macías, se puso “Miss Mary”, por sus iniciales.

Debutó el 2 de marzo de 2014 en una lucha de relevos australianos en la Arena 2 de junio, su casa y donde la afición la cobijó desde el inicio. Aunque no abandonó del todo el personaje rudo, Miss Mary le ha permitido protagonizar funciones estelares en diversas arenas del país, así como en otros espectáculos masivos y fiestas patronales; se ha convertido en uno de los luchadores exóticos más seguidos en el ámbito luchístico. “Tiene mucho ángel, carisma, y donde me presento corean mi nombre”, dice.

—¿Qué significa la etiqueta de exótico? —se le pregunta.

—Un luchador que además de tener una preparación física envidiable para soportar castigos y responder golpes, debe asumir un papel basado en ademanes amanerados, caminar cadenciosamente, mandar besos y fingir gritos femeninos, es parte de lo que la gente compra. No cualquiera se atreve a ser exótico, la mayoría son gays; como decía Juan Gabriel: lo que se ve no se juzga.

—¿Y tú eres homosexual?

—Para nada, heterosexual al cien, por eso es más difícil, pero hay que hacerlo con entrega y respeto.

—¿Cómo juegas ese papel frente a tu esposa, hijos, amigos, padres?…

—En un principio mi esposa estaba en desacuerdo: sólo una vez, le prometí, pero ya no pude zafarme. Con el tiempo ella me entendió y hasta me ha ayudado a confeccionar parte del equipo, me ha enseñado tácticas cadenciosas.

—¿Dudó de tu preferencia sexual?

—Sí, alguna vez me preguntó: ¿quieres salir del clóset? Sabes que lo estoy haciendo por mi abuela y como un anhelo de infancia, le expliqué.

—¿Y los hijos?

—Tengo una muchachita de 15 años, que se ha vuelto fan número uno de Miss Mary, y un adolescente de 12, que al principio fue uno de mis principales críticos. Oye papá, ¿ya te volteaste?, me preguntó una vez. Luego se dio cuenta que era parte de un trabajo, de un recuerdo, y él también comenzó a entrenar y de vez en vez se presenta como Miss Mary Junior o Marycita.

—¿Quién eres con máscara?

—La máscara es parte de la magia, puedo seguir siendo Miss Mary sin máscara, pero ya no me saldría igual la jotería; es una segunda piel que me convierte en otro, en otra. Además me siento como mi abuela, ella sube a luchar conmigo, porque siempre fue una guerrera. Es la forma en que lleno el vacío. Murió cuando tenía cinco años, pero recuerdo su partida como si fuera ayer.

—¿Cómo es que en tan poco tiempo te marcó tanto?

—Con ella crecí aquellos primeros años de mi vida y su frase preferida era: muchachito, puedes lograr todo lo que te propongas, lucha hasta alcanzarlo.

—¿Y qué ha sido de la relación con tus padres?

—Cuando regresé al entrenamiento prácticamente me desheredaron, mi madre aún se muerde las uñas en todas las funciones, pensando que me bajarán muerto, pero ambos han comprendido que la lucha me regresó salud, bienestar y alegría.

—¿Cómo lidias con dos facetas opuestas: una de seriedad, ejemplo y respeto como la docencia, y otra de desmadre como la lucha exótica?

—La lucha libre te permite jugar esa doble personalidad, te mentalizas que eres el personaje. Como maestro me olvido de la máscara y las zapatillas, me concentro en enseñar. En ambas facetas, mis banderas son el honor y el valor.

Apenas sale del vestidor, comienzan los piropos para Miss Mary. “Puto, joto”, le gritan unos; “mamacita, quiero, eso es mío”, vociferan otros. Ella balancea las caderas, dibuja corazones y lanza besos distantes. Hoy, después de la función, será reconocida como “La Reyna de la Arena 2 de junio”.

Quién podría imaginar…

En el aula es conocido como un maestro estricto, meticuloso y quien suele predicar con el ejemplo. Cumplió ya 22 años como docente de secundaria y 27 en el IPN. Muchos de sus alumnos conocen su faceta como luchador, aunque ignoran cuál es su personaje. Hace un par de meses, durante una visita al plantel de Mario Alberto Rodríguez Casas –director general del Poli—, el profesor decidió presentarse ante la comunidad politécnica con su atuendo de luchador rudo, pero la historia de Miss Mary se mantuvo secreta.

En su historial como docente ha recibido diversos reconocimientos y su libro sobre soldadura se ha convertido en apoyo didáctico para las últimas generaciones.

—¿Qué es la docencia?

—Es mi vida, una bendición poder retribuirle a la sociedad y a mi alma mater todo lo bello que me ha dado. Qué gratificante es encontrarte en la calle a un exalumno y recibir un abrazo, un agradecimiento.

Comienza la función: a dos de tres caídas sin límite de tiempo. “Miss Mary, Miss Mary”, se escucha el estruendo desde las gradas. “Un beso”, le piden, y ella aprisiona al rival y le planta un besuco en la boca. Lo hará también con el réferi…

—Docencia o lucha libre, ¿qué elegirías?

—Qué complicado, es como si me partieran en dos; tal vez si me pusieran un cuchillo en la garganta elegiría la docencia, porque es más solidaria, y en la lucha libre gana el egoísmo…

 

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