Mayoría legislativa, por voto o por maiceo - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 14 de Mayo, 2018
Mayoría legislativa, por voto o por maiceo | La Crónica de Hoy

Mayoría legislativa, por voto o por maiceo

Francisco Báez Rodríguez

A estas alturas de las campañas políticas, vale recordar que también está en juego la composición del Congreso de la Unión: los diputados y senadores que nos representarán y que pueden, o no, ser un contrapeso del Ejecutivo que también elegiremos.

El candidato presidencial que más atento ha estado a eso es Andrés Manuel López Obrador. No es casual. Analizando las encuestas, AMLO —si las mediciones de intención de voto más favorables a su candidatura resultan proféticas— acaricia la posibilidad de que su coalición tenga la mayoría absoluta en el Legislativo federal. Por ello ha llamado a sus simpatizantes a no dividir el voto.

Sucede que, contra lo que muchos creen, los votantes mexicanos suelen ser sofisticados, y con su decisión colectiva por lo común generan pesos y contrapesos políticos, que acotan el poder del Ejecutivo. Eso es, precisamente, lo que no quiere AMLO. Su deseo explícito es el carro completo.

A como están las cosas —recordemos que falta todavía mes y medio de campaña—, un eventual gobierno lopezobradorista se quedaría apenas corto de obtener la mayoría absoluta en las cámaras legislativas. De ser así, tendría tres opciones: negociar con las otras fuerzas del Congreso; gobernar por decreto y en contra del Legislativo; u operar para convertir, con unos cuantos diputados y senadores tránsfugas, una mayoría relativa en mayoría absoluta.

Lo primero, que sería lo más democrático y ayudaría a una transición tersa, no está en el ADN de López Obrador, que suele entender la negociación política como sinónimo de transa y que mira a los rivales como “mafia del poder”. Lo segundo, que es lo que quisieran los más radicales dentro de Morena, sería una estrategia que generaría tensiones políticas y sociales, que se reflejarían en una mayor incertidumbre económica e impedirían el tejido paulatino de alianzas, necesario para la gobernanza, sea quien sea el mandatario.

Eso da pie a que la más probable sea la tercera opción: apostar al transformismo, que es algo que Andrés Manuel ya ha estado haciendo, con inusitado éxito. Ha pepenado cuadros políticos —reales y presuntos— de todos los partidos y ha nutrido su coalición de oportunistas de toda laya. Ya hoy en la coalición Juntos Haremos Historia existe una convivencia que cubre todo el arco ideológico: de la extrema izquierda a la extrema derecha.

Puede ser que la previsible debacle electoral del PRI ponga de veras en crisis al partido más importante de la historia moderna de México. Esta vez, a diferencia del 2000 o el 2006, no contará con una base importante de gobiernos estatales que le permitan sostener las redes de poder necesarias para reforzarse, y también —a diferencia de esos años— existiría una fuerza, un imán que jalaría hacia sí a una parte relevante del priismo. Una especie de clon.

El PRI fue, en sus momentos de mayor gloria, un partido atrapatodo; pero con los años fue convirtiéndose en un ente en el que había notables diferencias entre la lógica de las bases y los cuadros intermedios, por un lado, y las de la cúpula de gobierno, cada vez más tecnocrática, por el otro. De esta contradicción se ha aprovechado la campaña de López Obrador en 2018; de ella, también, podría alimentarse en un eventual futuro próximo. Estaríamos ante la reconstitución del PRI con otro nombre, y con la mirada puesta en un pasado mítico y un México que ya no existe y no se puede replicar.

Evitar esa futura sangría, tal vez sea la mayor tarea que tiene enfrente la nueva dirigencia del PRI, tras el tardío relevo de Ochoa Reza. En las primeras semanas de campaña quedó clara la disonancia entre los cuadros y el nuevo grupo dirigente, por lo que el tricolor tuvo que volver a apelar a las raíces. Era su única esperanza de supervivencia.

En cualquier caso, y a pesar de que siempre es posible que la eventual presidencia de AMLO funcione como imán para armar una artificial mayoría transformista en el Congreso, será importante ver qué tantos contrapesos ponen los electores: será un termómetro de la voluntad popular. Y todo político astuto, como Andrés Manuel, toma en cuenta ese termómetro.

Decíamos que falta mes y medio de campaña y que, por lo tanto, no se puede hablar de arroces cocidos sin caer en la propaganda. Existe la posibilidad, también, de que se repita el fenómeno de la cristalización del voto anti-AMLO y sea otro candidato —Ricardo Anaya— quien gane la mayoría y se lleve, de entrada, el tigre de las protestas, para después intentar hacer el gobierno de coalición con el que el abanderado del Frente se ha regodeado en las declaraciones.

Aquí habría que ir otra vez a la composición del Congreso. Si es poco probable que la coalición que encabeza Morena se alce con una mayoría legislativa absoluta, en el caso del Frente es poco menos que imposible. ¿Con quién hacer mayoría? De entrada, una coalición con Morena y sus aliados quedaría descartada, ya que no serían capaces de digerir una derrota tras la crónica de una victoria anunciada.

La única opción sería el PRI. Y aquí la pregunta sería: ¿Cuál PRI, el de los expertos o el de las bases? ¿A cambio de qué? O no hacer gobierno de coalición y disfrazarlo como tal. Es lo que suena más probable.

Tal vez, en el fondo, lo que encontraríamos sería un movimiento similar al especulado en el caso de la victoria de AMLO: un corrimiento hacia la formación de un partido atrapatodo. La principal diferencia política de fondo sería que el arreglo no se daría alrededor de una persona, sino de un proyecto un tanto vago, al que habría que dar forma. La diferencia secundaria es que Anaya tendría ante sí una oposición férrea y unida, y no el mazacote con el que probablemente se toparía López Obrador.

Todo esto, pues, para decir que la composición del Congreso importa.


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