Oxidación del sistema de partidos

Wilfrido Perea Curiel

El sistema de partidos políticos en México está por padecer un severo vuelco, algunos de los institutos dejarán de ser lo que históricamente han sido. Se rompió el acuerdo imperante entre la élite política, mismo que dio vida a la nociva partidocracia. El proceso electoral en curso terminó de desgarrar la delgada membrana que lo contenía. Por muy estirada que estuviera la liga, casi siempre fue posible el acuerdo, porque lo verdaderamente importante fue sacar provecho de la coyuntura, se hacía política para obtener beneficios particulares de las dirigencias partidistas, no necesariamente para atender los reclamos de sus militancias y mucho menos de la sociedad mexicana. En la plaza pública los partidos se desgarraban las vestiduras en defensa de sus fundamentos ideológicos, en privado todo era negociable en un sofisticado esquema de chantajes mutuos.

En teoría, los partidos políticos son entidades de interés público, cuya finalidad es representar a la sociedad y promover la participación ciudadana en un marco democrático. Los partidos políticos son organizaciones basadas en una ideología determinada, la cual comparten sus afiliados y aspiran, en algún momento, a ejercer el poder público para desarrollar su programa político.

En México, los partidos políticos se volvieron asociaciones administradas por sus respectivas élites que han hecho uso discrecional de las maquinarias institucionales y politicas para salvaguardar sus propios intereses. Paulatinamente dejaron de representar segmentos de ciudadanos para representarse a sí mismos. Poco les interesa su programa e ideología, su coherencia está en renta, acorde al negocio en curso. La pantomima de la lucha política partidista ha resultado una industria boyante para la clase política, “esta caída la gano yo, la que sigue te corresponde, en el ínter haces teatro de lastimadura”; de lo que se trata es de que el respetable crea que en esta función de pancracio los golpes son reales.

Ha sido tal la voracidad de la clase política que en su insaciable afán depredador, al parecer, se han devorado a la gallina de sus huevos de oro. Luego de que todos se pasaron de listos entre sí, ya no media entre los partidos el mínimo de confianza requerido para continuar reproduciendo tan corrompido esquema. Ahora todos se acusan de haber violentado los acuerdos. Viene a la memoria aquella escena de El Padrino, cuando los capos sentados en la mesa se recriminaban mutuamente sus “indecencias”, porque hasta en la mafia hay códigos.

En el plano interpartidista, el entendimiento sostenido por décadas ya no es funcional. Paralelamente, en la dimension intrapartidista, ha tenido lugar una cierta rebelión de las militancias, ruidosa en el caso del PAN y PRD, soterrada en el del PRI; empero, lo que se expresa es un amplio descontento hacia sus respectivas dirigencias por haber tomado decisiones contrarias a la trayectoria e historia de sus institutos. En estos tres partidos se aprestan ya movimientos, con liderazgos perfilados para irrumpir en la escena en julio y exigir cuentas, deslindar responsabilidades y reorientar el curso.

Lo anterior, no necesariamente es positivo para la democracia. Lo sería si se echara a andar un profundo ejercicio de autocrítica y revisión de los fundamentos y principios de cada partido. Sin embargo, como nuestra democracia adolece de demócratas, lo que probablemente sucederá es que un ánimo revanchista sea el que oriente la vida interna de los partidos a partir de julio. Vendrá la etapa de ajustes de cuentas, la cual es incierto hasta dónde pueda llegar; lo que quede de esos partidos, incluso podría romperse.

PAN o PRI, en caso de perder la elección, parecen estar en la ruta de la oxidación por causas internas. Quizá se conviertan en fuerzas de medio pelo y los grupos más fuertes se quedarán con los restos; la propia partidocracia ha dado muestras de que siendo un partido de escaso peso, se pueden obtener amplios dividendos al momento de chantajear al gobierno emergente. Esta crisis va para largo y no se solucionará con el resultado de la elección; antes de que sobrevenga un sistema de partidos más democrático, las fuerzas en decadencia tendrán que tocar fondo. Hay pancracio para rato.

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