Trump, da miedo

Concepción Badillo

Con Donald Trump en la presidencia, Estados Unidos cada día está más cerca de una guerra, una que nos afectaría a todos y de la que nadie saldría bien librado. Obsesionado con destruir todo lo que Barack Obama logró, el actual jefe de la Casa Blanca, en una de sus decisiones más irresponsables de política exterior y en total desacuerdo con sus grandes aliados europeos, abandonó el pacto nuclear con Irán, uno que si no era perfecto estaba funcionando y garantizaba estabilidad en esa región.

Retiró a Estados Unidos del acuerdo, amenazando a los iraníes con “muy severas consecuencias”, en otras palabras, con atacarlos militarmente si intentan reanudar su carrera nuclear. Esta semana vimos también el cambio de la embajada estadunidense en Israel, de Tel Aviv a Jerusalén, reconociendo así el gobierno de Trump esa ciudad como la capital del Estado Judío, dejando atrás no sólo 70 años de neutralidad, sino toda posibilidad de paz en el Oriente Medio.

Y si bien una esperanza se abre al confirmarse que Trump y el líder norcoreano Kim Jong-un se encontrarán el 12 de junio en Singapur, en un encuentro que Washington espera comprometa a Corea del Norte abandonar sus armas nucleares, nadie se atreve  a garantizar una reunión cordial y con resultados y compromisos que traigan tranquilidad al mundo.

Al contrario, con la actual administración una guerra puede estar a la vuelta de la esquina. Estados Unidos busca el desarme de sus enemigos, pero cada día se arma más. De hecho, el gobierno recién anunció los planes para la construcción de una nueva generación de armas nucleares, la actualización de las que ya tiene y un incremento en su capacidad para crear cientos de armas más.

Esto a pesar de que este país posee ya el arsenal más grande de la Tierra, integrado por un total de siete mil 100 proyectiles nucleares, cada uno mucho más poderoso y destructivo que las bombas lanzadas contra Hiroshima y Nagasaki en 1945. Ésa es la magnitud del poder que Trump tiene en sus manos, en una nación que se reserva el derecho de iniciar un ataque sin provocación alguna.

Aquí el presidente en turno tiene control absoluto de las armas nucleares y total mandato para ordenar lanzar una bomba atómica en contra de un país y un gobierno adversario, empezando así una guerra de la que podemos estar seguros, nadie se librará y de la que no saldrán ganadores. Suena a película de terror, pero no lo es. La posibilidad es real.

El mandatario es un hombre impaciente, intolerante y acostumbrado a que las cosas se hagan a su modo y con un carácter voluble y caprichoso. Y es él quien tiene a su cargo códigos que solo significan muerte y devastación. Estados Unidos, ha dicho el analista Bruce Blair, es una monarquía nuclear, donde el presidente con una simple llamada ordena un ataque y nadie puede pararlo. No hay de por medio permiso del Senado ni requiere aprobación de la Suprema Corte. Trump tiene toda la libertad y el poder de iniciar cuando quiera una guerra nuclear que acabaría con toda civilización.

Si el presidente recibe una llamada a medianoche avisándole de un posible ataque nuclear, que de ser lanzado desde Rusia o China tardaría treinta minutos y sólo doce si lo lanzan desde un submarino en el Atlántico, en llegar y destruir Washington, tiene sólo unos minutos para considerar su respuesta. Si el ataque es real y el presidente duda, él mismo acabará muerto.

El propio Trump ha dicho que el mayor problema de este país es la proliferación nuclear y que algún maniático o un loco tenga en sus manos un arma de ésas. El problema es que él mismo podría ser el protagonista de su propia pesadilla. Nunca como ahora el carácter y temperamento de un presidente había despertado tanto miedo, sobre todo en asuntos de guerra y paz.

En la era atómica sólo otro jefe de la Oficina Oval levantó dudas e inquietud en este asunto y ése fue Richard Nixon, al grado que su Secretario de Defensa, James Schlesinger ordenó al Cuarto de Guerra del Pentágono que le avisaran si el mandatario ordenaba un ataque nuclear. Se dudaba de su estabilidad mental, padecía depresión y alcoholismo y renunció al cargo luego del escándalo de Watergate. Trump no bebe ni está deprimido, pero parece sufrir de paranoia y desprecio por todo aquel que lo critica, por eso es que nadie puede dormir tranquilo, con él al mando.

 

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