Crimen organizado en la Ciudad de México. Segunda parte - René Arce | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 16 de Mayo, 2018
Crimen organizado en la Ciudad de México. Segunda parte | La Crónica de Hoy

Crimen organizado en la Ciudad de México. Segunda parte

René Arce

Difícil es encontrar algún periodo de tiempo en el siglo pasado y el presente, en el que la Ciudad de México haya gozado de una profesional y humanitaria corporación policiaca que garantizara la seguridad pública. Tampoco se puede hablar de un Ministerio Público que investigara los delitos utilizando la ciencia, la inteligencia y el uso de la más moderna tecnología, en  lugar de la tortura, la fabricación de culpables y la complicidad con las bandas delincuenciales.

Del Poder Judicial se pueden contar historias tenebrosas, de cómo jueces y magistrados han hecho enormes fortunas a cambio de favorecer con sus sentencias a quien mejor pague los favores recibidos.

Lo anteriormente expresado, no descarta que existieron algunos funcionarios en la policía, procuradurías y judicatura con desempeño honesto, que nunca pudieron impulsar una verdadera transformación de esas instituciones para brindar seguridad, justicia y confianza a los ciudadanos.

Por ser la Ciudad de México sede de los poderes federales, también tuvo que padecer a instituciones como la Dirección Federal de Seguridad bajo el mando del Secretario de Gobernación, la Procuraduría General de la República cuyo titular lo ha nombrado el titular del Ejecutivo Federal, órganos con una función más dedicada a proteger los actos autoritarios e ilegales del Ejecutivo.

En los años 70 y 80 del siglo pasado, cuando no existían las redes sociales de información que hoy conocemos; los medios impresos, la radio y televisión estaban casi totalmente controlados por el gobierno federal priista, por lo que sólo fue posible conocer a cuentagotas, que corporaciones como la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD) y la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), eran quienes realmente controlaban y protegían a las bandas delincuenciales del entonces Distrito Federal y de una gran parte del país. Narcotraficantes, secuestradores, roba-autos, tratantes de blancas, sicarios, etc. estaban en total complicidad, si no es que bajo las órdenes de los principales jefes policíacos, los que a su vez entregaban su “cuota” a altos funcionarios en turno, entre los que se encontraban secretarios de Estado, gobernadores, militares, jueces, empresarios y líderes políticos.

Apellidos como Durazo, Nazar Haro, Ríos Galeana, Miyazahua, Tanus, Sahagún Baca, Ventura, etc. fueron la cara negra y despreciable, que finalmente gracias a la presión internacional y a revistas como Proceso y la prensa extranjera fueron evidenciados. Periodistas como Manuel Buendía denunciaban esta complicidad entre gobierno y criminales, por lo que fue mandado a asesinar por un subsecretario de Gobernación, para evitar  que siguiera publicando estas denuncias.

Fue tal la podredumbre y el escándalo, que Miguel de la Madrid acuñó un lema en su campaña “Por la renovación moral de la sociedad”; al llegar a la Primera Magistratura desapareció por decreto la Dirección Federal de Seguridad, ordenó la investigación de Jefes policíacos como El Negro Durazo, secretario de Seguridad de la Policía capitalina, quien finalmente fue encarcelado; en tanto que Nazar Haro fue detenido en los Estados Unidos y sólo por servicios prestados a la CIA no fue encarcelado; sin embargo, el cáncer ya había hecho metástasis en todas las dependencias de seguridad y de procuración de justicia.

A finales del siglo pasado y principios del presente, hubo alternancia en el gobierno de la Ciudad de México y el federal. El cambio de altos funcionarios o de siglas de las dependencias no implicó un cambio de raíz, sino sólo de fachada. Al interior de ellas se siguieron las mismas prácticas, sólo que con un mayor disimulo.

En la Ciudad de México siempre se ha negado que existan cárteles de la droga y crimen organizado, fundamentalmente se hace porque los regentes primero y jefes de Gobierno después, han tenido la aspiración de ser Presidentes de la República, intentando dar una imagen a los ciudadanos del país, de que tienen bajo control a la delincuencia. A pesar de reuniones mañaneras, centros de comando, botones de denuncia, cámara de vigilancia y hasta ocurrencias como policías charros y con patines, sólo han podido evitar que “la plaza se caliente”. Todo tiene un límite, la disputa por el mercado de la droga y otros delitos nos están llevando a una mayor violencia, y quizá sea tarde cuando se reconozca la gravedad.


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