El inocente rebelde

José Carlos Castañeda

La situación actual comienza a elevar la tensión política en grados que rebasan la sana competencia y el contraste de ideas. En el ambiente se respira un ánimo de hostilidad en los límites de la violencia. Las respuestas a los cuestionamientos carecen de argumentos, son inventivas y acusaciones directas. Descalificaciones moralistas, donde nada más existen dos tonalidades: blanco o negro. Quien no comparte tus opiniones es condenado como un traidor. La idea de una conversación plural, racional y constructiva está sepultada bajo los ataques, las calumnias y los gritos. Nadie escucha. Cuando los canales del diálogo se cierran, existe un riesgo de violencia. En el clima de polarización, la tentación del autoritarismo regresa. Una vez identificado el enemigo, el objetivo está claro. Así actuó Trump en su campaña electoral.
Nuestro tiempo ha encarnado la causa del antisistema. Esa rebelión tiene un origen más profundo. Pascal Bruckner la llamó: la tentación de la inocencia. Una enfermedad del ciudadano que consiste en aspirar a comportarse como un niño. Este infantilismo tiene dos características: “comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo”. Por otro lado, “es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura del mártir autoproclamado”. Ambas descripciones retratan a un nuevo protagonista de la vida pública: el inocente rebelde. Ese carismático personaje es un provocador digital, que busca derribar el régimen establecido. Pero en sus acciones nunca asume la responsabilidad o las consecuencias adversas o, peor, malignas de su descontento. Imagina que las buenas intenciones son suficientes para mejorar a las relaciones de poder. Ignora una regla elemental de Max Weber: el poder consiste en luchar por el monopolio de la violencia.
El denominador común de los antisistema es su fascinación con la teoría del complot. Una suerte de teología que explica el orden irracional del mundo. Detrás de cada movimiento existe una mente maestra. La psicología aclara con sencillez esta obsesión con encontrar un Gran Hermano como autor de todos los actos de maldad. Nada provoca más angustia en la vida que la incertidumbre, pero la condición humana entraña inconstancia y ambigüedad. Esa contradicción da pie al éxito de la teoría del complot. Si hubiera un Gran Culpable, aquel que controla todos los hilos de manera subterránea, entonces el caos de la vida no es producto del azar de los encuentros. El complot es una respuesta tranquilizadora para el estado de desconcierto e inconstancia de las relaciones humanas. La conspiración resume una imagen de la racionalidad, maligna y oscura, irrefutable: “ya que a los argumentos que se le oponen se les da la vuelta y se los transforma en prueba de la omnipotencia de los conspiradores”. El paranoico personifica las certezas de este comportamiento: “¿Qué culpa tengo yo si siempre tengo la razón?”. Sin embargo, para aquel a quien aqueja este mal, “el peor complot es la indiferencia”.
Lo más grave en esta rebeldía antisistema es que la protesta se degradó al rango de la queja y los quejosos terminan en la decepción y derrotismo. Como también ha señalado Bruckner: “el calvario de Rousseau consiste en haber querido encarnar, en su propia existencia, la utopía del hombre natural, y al precio de una gran misantropía. Aquel que se cree virtuoso y hace recaer el pecado sobre los demás acaba lleno de resentimiento y de odio hacia la humanidad”.
La polarización antisistema ha debilitado ya los frágiles cimientos de la democracia pluralista en México. Con un sistema de instituciones inconcluso, la tentación de regresar al presidencialismo de decretazos es muy fuerte. La cultura democrática mexicana y la ciudadanía tiene una historia muy corta. Difícilmente podemos afirmar que ha arraigado en el comportamiento de los mexicanos. De ahí el riesgo de reincidir en lo conocido. Un retorno a la política presidencialista de los años setenta. Los ciudadanos decidirán cuál es la ruta que prefieren: el infantilismo de la rebeldía antisistema o la responsabilidad ciudadana de crear una cultura democrática pluralista.

 


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