El narco y el debate - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 18 de Mayo, 2018
El narco y el debate | La Crónica de Hoy

El narco y el debate

Aurelio Ramos Méndez

Nada hay para entusiasmarse este domingo de debate entre presidenciables. Son nulas las expectativas de que el encuentro pueda hacer claridad sobre las vagarosas propuestas conocidas hasta ahora en torno del temario definido por el INE, en particular la seguridad fronteriza y el combate al crimen transnacional; es decir, el narcotráfico.

En modo alguno erraría quien apostase a que, en torno del problema número uno del país —el tráfico de drogas y la insensata e inútil guerra para tratar de inhibirlo— los aspirantes a gobernarnos, con sólo diferencia de matices, ofrecerán más de lo mismo.

Ofrecerán mayor coordinación institucional, inteligencia, fortalecimiento de las policías, control de armas, incautación del dinero. Bla, bla, bla… Nada distinto de los componentes de la estrategia que nos tiene donde estamos.

Escucharemos exasperantes variaciones sobre el mismo tema, cuando lo que se requiere es, ya, sin demora, explorar en serio la legalización de las drogas, si se espira a vencer el poderoso negocio privándolo del ingrediente financiero, su principal combustible.

En el cara a cara se hablará, también, de comercio exterior y migración. Los pronósticos, en ambos rubros, son igualmente pobres. Sólo un milagro podría hacer que los ciudadanos escuchásemos algo distinto de los chocantes lugares comunes ya expuestos en lo que va de la campaña.

Se entiende que así sea. Los abanderados no comen lumbre. Saben que los puntos del temario están condicionados menos por nuestra soberanía nacional que por la postura de Estados Unidos. Y no es cosa de granjearse la antipatía del Tío Sam.

Por ello se antoja improbable que, en materia de migración, Andrés Manuel López Obrador, José Antonio Meade, Ricardo Anaya o el inefable Bronco, Jaime Rodríguez, pudieran atreverse a sugerir siquiera un leve cambio en la ruta para dejar de hacerle el trabajo sucio al gobierno gringo.

Tal ha sido, desde hace lustros, el triste papel que nuestros sucesivos gobiernos han cumplido con vocación de lacayos, a base de interceptar indocumentados, niños incluidos, en medio de una retórica mentirosa que disfraza de favor y protección lo que en realidad es agravio a esos trabajadores.

No debe extrañarnos, por lo mismo, que con la actitud de quien decide darle uso a su patio trasero Donald Trump pretende ahora convertir a México en una inmensa estación migratoria.

Eso significa el propósito de hacer que los centroamericanos que busquen asilo en EU —cerca de cien mil al año, en cifras de 2016— lo hagan primero en México. Un asunto sobre el cual debería escucharse la voz de los candidatos.

En materia de comercio habrá poco que decir. Porque el cogollo del tema, la renegociación del TLC, está bajo cocción a fuego lento en un perol que baten Ildefonso Guajardo, Chrystia Freeland y Robert Lighthizer.

Se puede dar por seguro, eso sí, que el puntero será sometido a fuego graneado con la recurrente pregunta de ¿cómo es que hace un cuarto de siglo se oponía con patas y manos al TLC y hoy consiente sin chistar la renegociación de este acuerdo?

De nada servirá frente a la obcecación y los oídos sordos la explicación que aconseja el más elemental sentido común:

La oposición al acuerdo comercial, por la razón que sea, no prosperó hace un cuarto de siglo, pero el mundo siguió andando. Nuestra planta productiva se adaptó a la realidad del intercambio preferencial con Estados Unidos, y sobre este inexorable escenario, no el de 1994, se tendrá que gobernar en el periodo 2018-2024.

Superpuesto a la migración y el comercio, el tema del narcotráfico es, con mucho, el más trascendente del temario del debate. Pero los abanderados aspiran pasar agachados y calladitos en torno del mismo.

No obstante su grisura general, la campaña ha permitido atisbar el ideario de los presidenciables con relación a este espinoso tema.

De Meade escuchamos, el 3 de abril, que “sin duda” continuará la guerra contra el narcotráfico, “con una presencia puntual, cercana, con inteligencia, contra las armas, contra el dinero, dando mejores resultados, fortaleciendo a la policía”.

De López Obrador se conoce la etérea propuesta de amnistiar delincuentes —medida, en general, atinada, a despecho del estridente coro opositor—, mal expuesta y peor defendida en la arena pública por el tabasqueño.

Con 80 por ciento del total de la población penitenciaria de nuestro país procesada por delitos contra la salud —o por ilícitos de algún modo relacionados con las drogas—, y con socios comerciales permisivos frente a este fenómeno, por ningún motivo debemos continuar el baño de sangre en que estamos inmersos.

Si en Estados Unidos la mariguana recreativa o medicinal —lúdica disfrazada— ya es enteramente lícita en una treintena de estados, en Canadá lo será por completo el 1 de julio. Mismo día en que —¡cuidado!— podríamos estar eligiendo la continuación de la guerra.

Peor aún. Mientras en México persiste el espantoso desangre —casi 200 mil muertos en dos sexenios— algunas de las más grandes firmas canadienses del rubro de alimentos, por ejemplo pan y café, ya están en el diseño y ensayo de las infinitas posibilidades de elaboración de productos a base de mariguana y otras drogas.

Con tal finalidad, esas empresas han enviado a Colombia, desde hace meses, grupos de empleados —chefs, químicos, médicos, técnicos— para estudiar la manera de aprovechar de modo industrial la mariguana, y plantas propias de aquella región.

En el terreno político el saldo de la guerra emprendida por el sanguinario Calderón es pavoroso. La activista consentida del régimen, Isabel Miranda de Wallace, hizo este jueves un tardío pero preciso resumen.

Dijo que cárteles del narcotráfico están haciendo, de manera violenta, una “limpia electoral”. Que así lo prueban los asesinatos y deserciones de políticos y candidatos.

Agregó que el narco se ha apoderado de nuestra democracia y está matando a aspirantes a puestos de elección que no le convienen, o  porque otros candidatos le piden liquidarlos.

Dijo que “esto no nada más es peligroso, sino terrorífico”, y añadió: “Saber que vamos a tener muchos presidentes municipales impuestos por el narco y quién sabe si alguno que otro gobernador también”.

Y recalcó que los traficantes de drogas “ya no sólo financia campañas políticas, sino que ponen policías, alcaldes, regidores y gobernadores, se quedan con la obra pública y ahora asesina a quienes no le conviene que queden en una boleta electoral”.

De Anaya, un abanderado para quien siempre cabe la posibilidad de que una mujer esté sólo medio embarazada (reforma educativa, sí, pero será revisada; aeropuerto, sí, pero serán auditados los contratos), está claro que respalda la guerra, si bien… se realizarán ajustes.

Y del El Bronco… Seamos serios. ¿Le importa a alguien lo que el neoleonés piensa al respecto?

A estas alturas de la historia,  sólo desde la complicidad y la corrupción se puede negarse la conveniencia de la legalización para acabar no con el consumo ni con el problema general de las drogas, pero sí con la violencia derivada de su tráfico y comercio.

Pero de este apremiante no se hablará en el segundo debate.

 


aureramos@cronica.com.mx

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