Carlos Monsiváis - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 18 de Mayo, 2018
Carlos Monsiváis | La Crónica de Hoy

Carlos Monsiváis

Edgardo Bermejo Mora

2. Si pusiéramos en un lado de la balanza al Monsiváis defensor de las buenas causas, y en el otro al Monsiváis implacable fiscal del poder y de la política nacional —hay otros, naturalmente: el narrador, el cronista, el antologador de todo género, el coleccionista, el apologeta de la cultura popular, el crítico de arte, el testigo de la nación, pero de quien se habla aquí es de los dos primeros—, la balanza se mantendría en equilibrio. Ciertamente Monsiváis ha ejercido por largo tiempo en ambos bandos.

Sin embargo, yo prefiero al segundo, al fiscal, porque ha tenido la virtud de no limitar por ningún flanco su horizonte crítico: ha sido, y por mucho tiempo, detractor del poder político priista con su cadena interminable de complicidades y abusos; pero el suyo también es un prolongado diálogo crítico con la izquierda —sus dogmatismos, sus mesianismos, su pereza mental. Una veces terso y otras no tanto, como en su crítica a Fidel Castro— y ha encontrado en la derecha mexicana, en su conservadurismo de diverso signo, en su tentación intolerante y censora, la oportunidad para afilar sus mejores armas.

De esta forma, mientras que el defensor Monsiváis se vuelve previsible y hasta cierto punto repetitivo en su discurso justiciero, el fiscal Monsiváis ha llegado más lejos, hasta hacer suya la divisa de Ortega y Gasset: “sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender”.

Entre el Monsiváis de Entrada Libre (1987), adulador de la “sociedad que se organiza”, y el que ha entablado polémicas memorables con Octavio Paz, con Héctor Aguilar Camín, con el subcomandante Marcos, o bien el que ha demolido de una pincelada las mojigaterías del PAN, encuentro más atractivo al segundo, tal vez porque éste es un terreno indisputado al que no permite que nadie se acerque sin salir, por lo menos, lastimado; y hay además en sus múltiples debates un colorido acento épico.

Memorable, por ejemplo, la réplica a Enrique Krauze durante el Encuentro de la Libertad organizado por la revista Vuelta en 1990. Sobrado de triunfalismo, Krauze tuvo la osadía de meterse en un terreno eminentemente monsivaiano: la frase ocurrente. De paso, se encajaba contra la izquierda latinoamericana: “siempre he pensado —dijo Krauze— que el último estalinista de la Tierra no morirá en la Unión Soviética, donde ya no los hay, sino en una aula de una Universidad de nuestro subcontinente”. A lo que Monsiváis reviró: “No quería yo disminuir la culpa de los dogmáticos marxistas en el proceso latinoamericano, sólo quería repartir mejor los papeles, porque si el último estalinista morirá en Ciudad Universitaria, también el último autoritario morirá en Palacio Nacional” (La Jornada, 29‑VIII‑90).

Genial también una frase durante su sonada polémica con Héctor Aguilar Camín en la resaca postsalinista. Mientras que el exdirector de Nexos, proponía renunciar al linchamiento público contra Carlos Salinas y hacer la crítica del expresidente sin dejar de reconocer los logros de su gestión, aceptando, por ejemplo, que los índices elevados de pobreza no fueron obra de un sólo sexenio, Monsiváis respondió: “Salinas, ciertamente, no inventó a los pobres, pero les añadió numerosa compañía”. (Proceso, 1004).

O bien el final de su respuesta al subcomandante Marcos, durante un intercambio epistolar que no alcanzó el nivel de una polémica: “No estoy de acuerdo ‑responde Monsiváis‑ formativa, orgánicamente, con la secuencia morir‑matar‑morir. No creo en el sentido heroico que se edifica sobre el sacrificio programático de vidas. Esto se lo debo a mi educación cuáquera y a mis convicciones posteriores”. (La Jornada Semanal, 14‑I‑96)

Y de las respuestas recibidas, la más dolorosa acaso fue aquella que le enmendó Octavio Paz durante su intercambio de diatribas en las páginas de la revista Proceso, entre 1977 y 1978. Durante una entrevista con Julio Scherer, Paz se había engolosinado en sus críticas al totalitarismo soviético y de paso a la izquierda mexicana. Monsiváis reaccionó, no en defensa de los soviéticos, naturalmente, pero sí de la izquierda nacional que suponía con mayor rango democrático del que Paz le concedía. La respuesta de Paz, más bien agresiva, no se hizo esperar. Luego de señalarlo no como un hombre de ideas sino de ocurrencias, escribió: “Monsiváis dedica su talento y no sé cuántas horas a la semana a hurgar en los basureros del periodismo para pepenar, por ejemplo en las revista Notitas musicales, una declaración ridiculizable de una joven cantante, que él adereza con burlas y sarcasmos baratos, naturalmente sin firma. ¿Es ésta la defensa beligerante de las conquistas irrenunciables del socialismo?”. (Proceso, 61).

No pretendo aquí reseñar a plenitud estas polémicas. Su mención por lo tanto, resulta parcial y extremadamente reducida. Sólo me propongo entonces dar algunos ejemplos de las diversas rutas y la multiplicidad de temas que Monsiváis ha explorado como polemista.

3. Por otra parte la crítica política de Monsiváis unas veces peca de monótona y otras tantas de testarudez, a un grado tal que de pronto se hace imposible distinguir en su prosa de claroscuros la multiplicidad de rostros y la variedad de matices que el poder político y los políticos en el poder tienen en México. La sociedad pura y liberadora de un lado, la corrupta y decadente política del otro. Del ABC del Monsiváis crítico del poder aquí una muestra:

a) “Al crecer la idea y la realidad de la sociedad civil se deteriora con rapidez un aspecto medular del presidencialismo, la intangibilidad del Presidente de la República (con su cadena forzosa de ritos y sacralizaciones) Mucho se avanza cuando los ciudadanos‑en‑vías‑de‑serlo dejar de esperarlo todo del Presidente, cuya estatura abstracta de dispensador de bienes se erosiona a diario al democratizarse el trato cultural con los poderes” (Entrada Libre,1995).

b) “A partir de 1968 los caminos posibles parecen ser la asimilación sin condiciones al régimen o el marginamiento con sus consecuencias previsibles”. (Días de Guardar,1970).

c) “¿Qué espacio social y cultural se les ha propuesto a los disidentes mexicanos en pos de la democracia o el socialismo o a los heterodoxos que han anhelado el reconocimiento de sus formas de vida? El espacio de las prisiones, las fosas comunes, la intolerancia, el silencio, el ninguneo, la clandestinidad, la burla, el elogio fúnebre, la difamación póstuma, el gueto”. (Amor perdido, 1977).

De acuerdo, pero ante esta última declaración fatal de marginalidad heroica, qué podemos decir —y no sólo estoy pensando en Monsiváis— de las publicaciones, las becas, los premios, los homenajes, los ingresos a la(s) academia(s), las entrevistas exclusivas, las invitaciones a departir en casa de los poderosos, los libros lujosos que los funcionarios públicos gustan tanto de mandar a hacer para luego regalarlos por la navidad, y que suelen redactar nuestras más consagradas plumas. Y qué decir también de la inclusión en los libros de texto, en los cómics, en los videoclips de los cantantes de moda, en los películas cultas, en los churros taquilleros, en las telenovelas “de denuncia”, y tal vez, en algún álbum de estampitas coleccionables —aquí sí sólo pienso en él—.

Al final del arco íris de la disidencia no sólo hay marginalidad, hay también reconocimiento —social, popular, oficial, mediático, cultural y académico—. En este país centralista y paternal apapachos nunca faltan, aun para disidentes legendarios como David Alfaro Siqueiros, cuyos restos ahora reposan en el Panteón de los Hombres Ilustres gracias a un decreto del mismo gobierno que alguna vez lo mandó a prisión, tal y como el propio Monsiváis nos lo recuerda en Amor Perdido.

Junto con esto, hay que reconocerle por otra parte un sentido de la congruencia y la firmeza de sus convicciones y escepticismos aun en tiempos donde las trompetas del poder sexenal sedujeron a más de uno: ni el tercermundismo de Echeverría, ni la “bonanza” lopezportillista, ni el paraíso prometido por Salinas, lograron mover un ápice las convicciones antipresidencialistas de Monsiváis. En pleno bacanal salinista, declaró:

“Desde hace tres años el presidencialismo se ha consolidado como nunca, y en lugar de hacer un tránsito a la democracia, ha sido un tránsito a un mucho mayor y mucho más cerrado presidencialismo”.

“¿Es necesario disminuirlo?”, le pregunta su entrevistadora.

“No es necesario disminuirlo, es necesario abolirlo, necesitamos un presidente; no necesitamos la conversión de la presidencia en ideología” (La Jornada Semanal, 26‑I‑92).

 


@edbermejo
edgardobermejo@yahoo.com.mx

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