Al final del vacío, de J.M. Servín | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 19 de Mayo, 2018

Al final del vacío, de J.M. Servín

Al final del vacío, de J.M. Servín | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

V

No dejaba de pensar en las palabras de Abundio. Entré en un restaurante donde se necesitaba mucho dinero para pagar el menú más modesto. Una de mis fantasías de los últimos meses era invitar a Ingrid. Quizá ni asaltando un banco me alcanzaría. Últimamente, ni en los bancos hay dinero. Medio en serio le digo a ella que ese restaurante es discreto y seguro para que ligue carcamanes. En una semana tendríamos dinero suficiente para pedir de lo mejor. Podríamos matar dos pájaros de un tiro.

—Mira Ingrid, elegimos la presa y le coqueteas discreta para no llamar la atención de los meseros. Al rato te acercas a su mesa de camino al baño y le preguntas dónde compró su corbata porque quieres hacer un regalo. Yo hago como que no me doy cuenta de nada. A ese tipo de sujetos les encanta creer que el pendejo es otro. Le dices que al rato estarás libre y le das tu teléfono. Con uno por día, pronto tendríamos lo suficiente para largarnos del país, ¿cómo ves?

—Imbécil— responde ella— ¿quién te crees? Para padrotear se necesitan huevos, ya te veo aceptando que me vaya con otro por dinero. Me quedo con la duda, como con muchas otras. Ingrid lo sabe:

mi desintegración es la suya. Todo nos parece insignificante, cada  vez nos importa menos nuestra apariencia, nuestra salud. De pronto, frente al espejo parecemos enfermos del hígado y al hacer el amor sentimos nuestras carnes cada vez más fofas y desgastadas. Es el preludio de la muerte lenta que hace sentir pánico al envejecimiento. La decoración antigua era todo lujo. El piso de mosaico blanco y negro, el pesado mobiliario en madera oscura, las molduras de latón y lámparas de bombilla le daban al restaurante un aire discreto y amenazante, como si las fotos en las paredes de hampones distinguidos abrazados al dueño vigilaran la alcurnia de la clientela.

Me dirigí a la cocina. Un chef descansaba la cabeza en las manos acodadas sobre una mesa de acero. Pretendió ignorarme cuando tomé de uno de los refrigeradores una charola de langostinos.

—Buenas, no se aburra— dije para llamar su atención.

—Estoy esperando al patrón— respondió con desgano, sin mirarme. Partí unos limones y los puse en un carrito con condimentos;

De camino a las mesas tomé una cerveza de la hielera en la barra de la cantina y me senté a comer frente al ventanal de la fachada. Me di cuenta de que no tenía hambre. En la calle, negras fumarolas rociaban al populacho. Había comercios con las cortinas a medio levantar y otros de plano abiertos, vacíos. De pronto alguien se asomaba cauteloso tras el biombo de la entrada al restaurante, antes de correr a la cocina o la barra. No me dirigían la palabra y de regreso al a calle, cargando cajas con provisiones, se fijaban en el plato sobre mi mesa. Afuera, un grupo de vagabundos asaba carne en una parrilla portátil. Me pregunté, echando un vistazo rápido al restaurante, porqué preferirían tragar a la intemperie. Su voracidad reflejada en los aparadores sucios me hizo saborear lentamente los langostinos.

Salí a la calle, eructando, sin tener claro adónde ir. El gentío iba de un lado a otro cargando aparatos electrónicos, cajas con despensa o enormes bultos de ropa. No faltó quien me empujara para levantar chácharas del suelo que yo ni siquiera había visto. Plumas fuente, libretas, trastos, encendedores o caramelos no eran razón de peso para dejarme llevar por la turba. La cruda feroz y la desvelada iban transformando mi desatino en una angustiante sensación de soledad.

Deambulaba entre una oleada de descaro espontáneo. Por no dejar, tomé de una tienda una maleta de viaje con ruedas y comencé a llenarla. Muebles de toda clase, nuevos a simple vista, obstruían las calles, abandonados.

Me senté en la última escalera de entrada de un tosco edificio de oficinas bancarias que el tiempo volvió monumental. Del largo pasillo de mármol y granito se filtraba hasta mi espalda un aire frío apestoso a mierda. No me moví. Supuse que desde ese lugar podría entender mejor lo que pasaba. Traía las bolsas del pantalón repletas de nueces peladas y pistaches; en la maleta, chocolates, perfumes y platería, ropa, cigarros, licores y medicinas. Destapé una botella de oporto y le di un trago.

Poco después compartí la botella con un sujeto que se sentó a mi lado y me ofrecía a señas de su cerveza a medias. La terminé de unos cuantos tragos y arrojé la lata a la banqueta. Quise platicar con el fulano pero me ignoró poniéndose de pie mientras saludaba con una mano en alto a alguien a lo lejos, entre la multitud. Luego corrió en esa dirección sin devolverme la botella.

Volteé hacia el portón. Al final del pasillo, un pordiosero barbudo sacudía un costal mirando hacia la calle. Detrás del viejo había una terraza. El contraste de luz y sombra alargaban la silueta andrajosa que recogía escrupulosamente su refugio de cartonés antes de meterlo en un cuarto junto al elevador. El demonio había tomado su parte y el miserable parecía ausente y resignado.

En el atrio de la iglesia frente al edificio, cuatro fulanos discutían con un cura. Algo acordaron y este entró a la iglesia. Regresó acompañado de dos sacristanes con pinta de retrasados mentales que cargaban cajas y las depositaron en el adoquín. El cura dio instrucciones a unos y otros mientras repartía a los cuatro primeros carteles enrollados, cirios y crucifijos. Los sacristanes entraron a la iglesia por unos enormes muñecos religiosos y con ellos levantaron altares en las esquinas de la calle. El padre bendecía el acto mientras los otros ayudantes rezaban hincados detrás de él. La turba los ignoró.

Los vendedores callejeros no perdían el tiempo. Se unían a la multitud para arrasar con todo. Al anochecer, los armazones de los puestos eran parte de las barricadas de basura. Recordé el semblante de Abundio reflejando la locura colectiva.

 

 

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