Nacional

Postales de la Decena Trágica en el teatro de revista: se estrena El País de la Metralla

En mayo de 1913, parecía que lo peor de los cuartelazos que derribaron a Francisco Madero ya había pasado. O al menos, eso pensaban algunos. Poco a poco, la ciudad de México soñaba con el retorno a la tranquilidad doméstica. El teatro de revista, el llamado “género chico”, tomaba nuevos aires, y se reponía de los sustos pasados con una obra que no dejó a nadie contento y que le costó muy caro al libretista y al autor de la música

La capital entera se hacía ilusiones: pasado el trago amargo de los cañoneos y de los tiros; poco a poco intentaba regresar a su ritmo habitual. Como en tantas otras ocasiones, los habitantes de la ciudad de México habían tenido una relación ambivalente con el presidente Francisco I. Madero, que ya dormía la eternidad en una tumba del Panteón Francés de la Piedad. Sin querer darse cuenta de que en el norte del país ya se armaba lo que sería la revolución constitucionalista, la gente quería volver a divertirse, a salir a la calle sin temor y sin recelo.

El teatro, en todas sus versiones, desde los más costosos y emperifollados hasta las carpas más humildes, noche a noche abría sus puertas. Adentro, envueltos en el dinamismo de las zarzuelas y revistas, circulaban, amansados, los miedos y las esperanzas de la gente.

El llamado “género chico”, que se dedicaba a hacer las delicias de los espectadores a partir de la grilla del momento, comenzó a bullir de nuevo. Un teatro, el Apolo, fue uno de los escenarios de ese renacer del entretenimiento, donde brillaba un comediante cuya popularidad no era menor a la que en el pasado reciente tuvo Mario Moreno Cantinflas. Ese hombre respondía por Leopoldo Beristáin, y su nombre de batalla era El Cuatezón.

En el Apolo lo mismo actuaba el Cuatezón que arrancaba suspiros Amparo Pérez, con fama de bailar la rumba que era un primor. Ahí también se presentaba el primer Pompín Iglesias —padre del que aparecía en la televisión de finales del siglo XX.

Victoriano Huerta, que tenía amistad con el Cuatezón Beristáin, se dejó caer en algunas ocasiones por el Apolo.  De él se contaban mil cosas extrañas: que nunca dormía en el mismo sitio, que “gobernaba” a bordo de un auto en constante movimiento, sosteniendo acuerdos sobre ruedas y con frecuencia alcoholizado. Al teatro llegó vestido de civil, envuelto “como tacuche”, dijeron los que lo vieron, en un abrigo gris, y rodeado de todo su Estado Mayor, que sí iba uniformado. Era una presencia diferente a la imagen siniestra que de él corría en los chismes callejeros.

Al militar le parecía que presumir de su amistad con el Cuatezón le daba alguna popularidad entre el pueblo, y por eso no le parecía mala idea dejarse caer por el teatro, del mismo modo que gustaba de retratarse con otro de sus amigos notorios y queridos por la gente: el torero Rodolfo Gaona.

Así se iba rearmando la vida, así se montaban nuevos espectáculos. Los mismos que ahora ensayaban zarzuelas y operetas, preferían mirar hacia adelante, en vez de recordar que en un pasado casi inmediato, habían formado parte del coro que atacó al presidente Madero los quince meses que alcanzó a gobernar.

EL FEROZ TEATRO ANTIMADERISTA. El teatro de género chico era, en la segunda década del siglo XX,  un claro termómetro de las pasiones políticas, desatadas después de la caída de Porfirio Díaz. El movimiento antirreeleccionista encabezado por Madero generó lo mismo puestas en escena teñidas de esperanza y altas expectativas, que piezas que destilaban veneno puro, y mala fe a raudales.

La más violenta nunca llegó a montarse, pero circuló ampliamente: era Madero Chantecler que tenía más de pasquín que de pieza teatral, publicado por alguien que firmaba como Girón de Pinabete, Alcornoque y Astrágalo. Detrás del extravagante seudónimo estaba el escritor José Juan Tablada, quien criticó a Madero por ser vegetariano, por ser espírita y por ser entendido en homeopatía. Lo tachó de ser un loco megalómano y creer que con él vendría el advenimiento del paraíso.

Como ocurre siempre con los líderes políticos triunfantes, quienes lo siguen se hacen altas expectativas acerca del futuro. Con Madero no ocurrió diferente: con mucho éxito se presentó el llamado Tenorio Maderista, que miraba con buenos ojos al inminente Presidente de la República.

Pero todo eso cambió cuando Madero asumió la Presidencia.

En conjunción con las feroces campañas de prensa que atacaban al mandatario un día sí y otro también, aparecieron algunas puestas en escena muy poco favorables al presidente. Se presentó una opereta llamada Ojo Parado, en clara alusión a Gustavo Madero, el hermano del presidente, y no debe de haber sido muy favorable al empresario y político, porque solamente duró dos días en escena y el libreto desapareció de la faz de la tierra. Otra obra: México espírita, se mofaba de las creencias del presidente.

Cuando el país giró en torno a Victoriano Huerta, el teatro también buscó nuevos horizontes. En esa coyuntura, cuando el general golpista no tenía ni tres meses en la presidencia, se estrenó en el Teatro Lírico El País de la Metralla.

AL SON DE EL PAÍS DELA METRALLA. La obra se estrenó el 10 de mayo de 1913 y se anunció como una “revista de actualidad política”, con cinco cuadros y una apoteosis. El libreto era de José F. Elizondo y la música del compositor español Rafael Gascón.

Si importa contar la historia de la obra es porque se convirtió en el grito de una población que aspiraba tener un poco de paz, después de los días aciagos que había vivido la capital. Tenía esperanza, pero también pragmatismo. Comenzaba con un vendedor de postales que invitaba a quedar bien con los ganadores del cuartelazo:

Estas postales que vendo

son de la Revolución.

¡Mire usted qué Félix Díaz!

¡Mire usted qué Mondragón!

No hay ninguno que no compre

Su postal o su botón,

porque hay que ponerse changos

pa´ barbear al que triunfó”.

La venta de postales incluía al perseguido diputado Serapio Rendón en el acto de disfrazarse, y se pedían diez centavos por “ese gringo”, del que no se mencionaba el nombre pero que bien podía ser el perverso embajador Henry Lane Wilson. Algunos ya traían la postal de Venustiano Carranza y otros intentaban regalar las postales de la Porra, el grupo de choque promaderista que, se dijo siempre, era comandado por el difunto Gustavo A. Madero: “Y postales de la Porra,/ que aunque nos causaba horror,/ si usted quiere se la obsequio/ pues ya no tiene valor...”

La obra se mofaba de los que presumían de haber combatido en la Ciudadela, y que no eran sino jovenzuelos habladores, y aludía a los personajes que ya habían puesto en marcha, en el norte, la revolución contra Huerta. Y aunque la crítica fue generosa, el público llenó el teatro al grado de que El País de la Metralla alcanzó las 100 representaciones, no tuvo final feliz, porque la fama de la obra llegó hasta los generales carrancistas y a los cuarteles zapatistas (Zapata aparecía llamándose “Patata”): nadie salía bien librado.

Entonces Elizondo recibió un recado, de cierto general, del que no se supo el nombre, pero que mandaba a decir, desde el norte, que apenas llegase a la ciudad de México, lo colgaría, por andar burlándose de los revolucionarios.

Elizondo no se lo pensó dos veces. Escapó de su casa, tomó un tren a Veracruz y se exilió por espacio de cinco años. Rafael Gascón, autor de la música, entró en pánico y en neurosis, y siempre se dijo que las amenazas le produjeron una angustia que lo llevó prematuramente a la tumba. Aunque El País de la Metralla terminaba clamando por un poco de paz para los mexicanos, nadie escuchó el llamado.

 

historiaenvivomx@gmail.com

 

 

 

Imprimir