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“Un deportado debe reinventarse a sí mismo y por completo”: Migrante

Gustavo Lavariega afirma: “Una vez expulsados de Estados Unidos, yo y mis paisanos nos tuvimos que reinventar”.

Y en esa reinvención vende, junto con otros connacionales también deportados, lo que han llamado DeporTacos y DeportAguas, que ofrecen en la vía pública o en eventos sociales.

“Es así como sobrevivimos, como salimos adelante, vendiendo aguas y tacos y haciendo serigrafía, porque las cinco personas que estamos en el proyecto (auspiciado por la Secretaría del Trabajo y Previsión Social) no podemos trabajar en otra cosa durante un año”, relata el deportado a Crónica.

“Nos va más o menos, no como queremos porque de lo que ganamos, todo lo que entra se divide en cinco personas, más una persona que es del Colectivo, entonces todo lo que entra se divide y nos queda muy poquito y todavía tenemos que poner para comprar mochilas para los compañeros deportados que recibimos en el aeropuerto”.

Repatriado por segunda ocasión en octubre de 2016, después de haber vivido 18 años en Washington, Gustavo, de 43 años de edad, llegó a México sin familia, sin trabajo, sin orientación de qué hacer, a dónde ir o cómo obtener sus papeles básicos en el país.

Pero encontró casa, comida y apoyo en el colectivo Deportados Unidos en la Lucha (DUL), que encabeza Ana Laura López, también deportada.

Desde mediados del 2017, los seis mexicanos repatriados establecieron en un inmueble prestado en la colonia Santa María la Ribera, en la Ciudad de México, el taller de serigrafía, donde además hacen tazas y bolsas, el cual adaptaron también como albergue temporal para otros mexicanos proscritos de EU.

Tres veces a la semana, relata Gustavo, el grupo de DUL va al Aeropuerto de la Ciudad de México para recibir a los mexicanos repatriados, a quienes ofrecen una mochila (porque sus escasas pertenencias las traen en un costal que les dan en los centros de detención) y los ayudan a sentirse bienvenidos.

Quien no tiene dónde pasar la noche se queda en el albergue; a quien necesita encontrar a su familia, lo ayudan a localizarla y a quien requiere obtener sus papeles en México, lo apoyan en el trámite.

Han pasado casi dos años, y Gustavo aún no se acostumbra a estar en México, ni a estar sin su familia ni a ganar unos cuantos pesos.

Sus cuatro hijas —de 22, 18, 15 y 13 años de edad— se quedaron en Washington con su madre, de la que Gustavo se separó dos años antes de ser deportado por segunda ocasión.

La primera vez fue en 1999, tras cometer una infracción de tránsito, pero una semana después regresó al país vecino del norte.

Gustavo quiere regresar a donde, después de haber trabajado en el campo, en restaurantes y en construcciones, logró establecer un negocio de pintura en general (interiores, exteriores, industrial y comercial).

“Después de como 15 años de trabajar, dedicado a mi trabajo, puse una compañía de pintura, irónicamente con tres empleados americanos a mi cargo; empecé a hacer papeles, a dar facturas, y entonces el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, ICE por sus siglas en inglés), que trabaja con muchas dependencias, encontró mi nombre. A los nombres hispanos los checan.

“Checaron mi nombre, vieron que yo ya había sido deportado, que no debería estar en Estados Unidos, y empezaron una cacería; yo empecé a notar que me seguían, que tomaban fotos, porque se cercioran que realmente eres la persona que ellos están buscando”, relata Gustavo.

Una mañana, abundó, al salir de su casa rumbo al trabajo, tres patrullas lo rodearon y arrestaron.

“Me enseñaron una orden de aprehensión firmada por un juez de migración. Y desde ahí otra vez se partió mi vida. Dejé mis bienes, dejé a mi familia, dejé toda una vida. Eso fue en septiembre de 2014.

“De ahí me quedé en centros de detención, traté de pelear, traté de quedarme, pasé dos años y tres meses en centros de detención y al final no logré quedarme, salí deportado”.

Gustavo es originario de la CDMX, de donde se marchó a los 25 años de edad; sus hermanos viven en Ixtapaluca, en el Estado de México. Pero ya no se siente a gusto en México.

“Quiero regresar, pero legalmente, aunque sea con una visa temporal, un par de días. Me comunico con mis hijas todos los días por whatsapp, o me llaman a veces de madrugada para preguntarme si estoy bien.

“Uno trata de hacer lo mejo por los hijos; yo no pedí ser deportado, desgraciadamente mi delito era estar ilegalmente en Estados Unidos”, dice finalmente, nostálgico, Gustavo.

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