De nuevo Argentina

Manuel Gómez Granados

En estos días hemos visto desplomarse una vez más a la economía argentina. Es algo difícil de entender dada la relativa salud que parecía caracterizar los primeros meses del mandato de Mauricio Macri, pero hay fuerzas poderosas en la economía y la política de ese país que se resisten a sentar las bases para la construcción de mercados saludables. La más grave, poderosa y devastadora de esas fuerzas es la desconfianza. Hace mucho que el pueblo argentino perdió la confianza a los políticos de los distintos partidos, y aunque las elecciones transcurren con la regularidad que uno podría esperar de una democracia consolidada, la realidad es que existe un desgaste notable en la confianza en los gobiernos.
Han sido muchas promesas incumplidas de peronistas, radicales y de dirigentes de otros partidos. Casi todas las promesas de los políticos argentinos incluyen una dosis brutal de optimismo en la capacidad para “hacer que el tiempo vuelva” a las épocas en las que ese país era una de las grandes potencias exportadoras de materias primas y el país podía vivir, con relativa holgura, de los dividendos de esas exportaciones.
Algunos, de manera más bien ingenua o tramposa, culpan de todo a Juan Domingo Perón. Se les olvida que Perón dejó la presidencia en 1955, regresó ya muy viejo y cansado a principios de los setenta para volver a ser presidente. Se les olvida que hubo al menos tres periodos de gobiernos militares entre los golpes de Estado de 1955 y 1976, y que cada una de las juntas que se hizo cargo del país tuvo manga ancha para hacer y deshacer con la economía argentina a su antojo. Tanto así, que la última dictadura quiso resolver sus problemas iniciando una guerra sin sentido para recuperar las Islas Malvinas, sin importarle las consecuencias. Y luego estuvo la década en la que Carlos Saúl Menem fue presidente y privatizó todo lo privatizable, quebrando de esa manera, para siempre, el modelo de sustitución de importaciones que Perón había diseñado luego de la Segunda Guerra Mundial.
Tampoco ha sido un problema de falta de imaginación, desde el primer Perón hasta los gobiernos elegidos durante la proscripción del peronismo en la década de los sesenta y hasta ahora, lo que abunda en la historia política argentina es la imaginación, para lo bueno y para lo malo, como la corrupción. Y es ahí donde debería centrarse el análisis de lo que Macri debería haber hecho como presidente. Lamentablemente, lejos de entender la necesidad de atacar el problema de desconfianza que había heredado, y de hacer lo necesario para evitar que se repitieran los casos de corrupción con los que frecuentemente señala a su antecesora, Cristina Fernández, Macri se quedó en la denuncia y en el encarcelamiento de algunos de sus opositores, pero sin tocar el fondo del problema que está detrás de los millones de dólares que se fugan de Argentina todos los años, sin que ocurra algo que permita detener esa sangría constante.
México debería verse en el espejo argentino, pero no por temor a que aquí se copiaran las políticas del coronel Perón, sino porque México y Argentina tienen más cosas en común de las que muchas veces queremos aceptar. La más importante es que Argentina ocupó el lugar 85, con un valor de 39 puntos en el Índice de Percepción de Corrupción 2017 de Transparencia Internacional, publicado en febrero de este año, mientras que México ocupó el lugar 135, con 29 puntos en el mismo índice. Eso, el vínculo entre la pérdida de confianza y una muy elevada percepción de corrupción, es lo que debería preocuparnos.

 


manuelggranados@gmail.com

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