El peor cáncer de la izquierda

Marcel Sanromà

Al final poco importa qué tanto manipuló Nicolás Maduro las elecciones, porque al fin y al cabo no había oposición. Poco importa qué tanto compró votos, porque al fin y al cabo todo estaba hecho a su medida. Poco importa si la enorme cifra de abstención es real o está minimizada, porque todos sabíamos lo que iba a ocurrir de todos modos.

En 2016 el chavismo maniobró para impedir a la oposición presentar un referéndum de revocación de mandato contra Maduro, y en 2017 empezamos a hablar sin tapujos de régimen cuando el gobierno liquidó la Asamblea Nacional y creó la ilegítima Asamblea Constituyente como nuevo Poder Legislativo. Pocas esperanzas pueden tener, pues, los venezolanos de echar del poder a Maduro tras su reelección fraudulenta.

Pero ésta no es una columna para explicar lo mal que está Venezuela ni para describir lo horrible que es Nicolás Maduro como ser humano. No voy a relatar cómo la mortalidad infantil en el país caribeño está disparada porque Venezuela no produce nada y se niega a importar; se niega incluso a aceptar la caridad internacional. No voy a explicar cómo los venezolanos tienen que hacer filas por horas para comprar un cartón de leche a un precio disparado o a esperar las mismas horas para cobrar una pensión cada vez más irrisoria por la exponencial devaluación del bolívar.

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un foro organizado por opositores venezolanos para denunciar la terrible situación que vive el país. Expusieron testimonios espeluznantes sobre la crisis económica, alimenticia y de medicamentos que vive su país, en algunos casos, al borde del llanto, y luego se dedicaron a alertar que si Andrés Manuel López Obrador gana la presidencia el 1 de julio, México terminará como Venezuela.

Es una idea que en México se repite con insistencia entre sectores de la derecha, y no pude evitar preguntarme a qué argumentos racionales respondía la alerta.

Pregunté a los diputados Freddy Superlano y Marco Aurelio Quiñones qué elementos creían que comparten México y Venezuela para lanzar tamaña advertencia (que hicieron a la vez que evitaban mencionar explícitamente a AMLO), teniendo en cuenta que otros países latinoamericanos han tenido gobiernos de izquierda populista y no han caído en crisis como la venezolana. Toda la justificación que recibí de Superlano, excandidato gubernamental en Barinas, el estado natal de Hugo Chávez, fue que “hemos visto discursos parecidos” en ambos países e insinuó que hay grupos vinculados a Morena que recaudan fondos para la causa chavista.

Vivimos un momento en el que dos de las grandes figuras de la izquierda latinoamericana de los últimos 15 años pasan por delicados procesos judiciales; por un lado, Luiz Inácio Lula da Silva está desde hace semanas en prisión por varios enormes escándalos de corrupción, y por otro, si Cristina Fernández no se encuentra entre rejas es porque logró un escaño como senadora y se aferra al fuero como calvo a sus últimos cabellos.

El ecuatoriano Rafael Correa libra una batalla sin cuartel con su delfín y sucesor, Lenín Moreno, por no seguir su legado en Ecuador al pie de la letra y abrirse al diálogo con sectores opositores; mientras que Daniel Ortega ve cómo estudiantes y empresarios se alían para combatir su régimen sandinista en Nicaragua.

Sin embargo, el daño que Nicolás Maduro, sentado a menudo frente a un enorme retrato de Simón Bolívar, hace a la izquierda en América Latina es irreparable y es un regalo para la derecha, para la más moderada y para la más reaccionaria. Maduro no sólo ha sumido en la miseria a su pueblo, sino que el desastre sin precedentes de su gobierno permitirá por décadas a la derecha latinoamericana ahorrarse argumentos a la hora de generar miedo y ganar votos.

Por cierto, si desean ayudar a la gente de Venezuela pueden hacer una donación a la ONG estadunidense Ayuda Humanitaria para y consultar información en ayudahumanitariavenezuela.org.

 

marcelsanroma@gmail.com

 

 

 

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