La crisis del aprendizaje

Gilberto Guevara Niebla

En su informe de 2018 Aprender para hacer realidad la promesa de la educación, el Banco Mundial ofrece una explicación sumamente interesante del desarrollo de la educación en el mundo. La escolarización —nos dice el informe— ha crecido en todas partes, se puede decir que el mundo ha logrado prácticamente universalizar la escuela primaria, pero en la mayoría de los países en desarrollo (como México) la expansión escolar se ha dado de manera acelerada, a trompicones, sin anticipar las exigencias pedagógicas asociadas al crecimiento.

Pero escolarizar no es lo mismo que aprender. En nuestro país, la matrícula creció a una velocidad pasmosa, sobre todo después del Plan de once años, de Jaime Torres Bodet (1960) que pretendía en sólo once años dar a todos los niños un lugar en la escuela primaria. En 1960 el sistema educativo mexicano tenía 3 millones de alumnos; para el año 2000 la matrícula fue de 30 millones. Más que asombroso.

En México, durante muchos años, no existió un mecanismo de evaluación sistemática de conocimientos escolares. El sistema educativo crecía, pero no se sabía qué era lo que aprendían los alumnos. Sin embargo, el trabajo precursor de Pablo Latapí y Felipe Martínez Rizo abrió una nueva era en esta materia. En 1983, la Universidad de Aguascalientes, con el apoyo de la SEP, realizó una evaluación de aprendizaje en alumnos de escuela primaria y secundaria, con resultados sumamente preocupantes. Este estudio fue dirigido por Felipe Martínez Rizo. Siete años después, la revista Nexos con el apoyo de la Fundación Arturo Rosenblueth, elaboró dos pruebas de conocimientos sobre Matemáticas, Lenguaje, Ciencias Naturales y Ciencias Sociales, que se aplicaron a alumnos de sexto de primaria y de tercero de secundaria con resultados lastimosamente bajos: en una escala de 0 a 10 los chicos de primaria obtuvieron 4.83 de calificación promedio, mientras que los de secundaria tuvieron 3.97 de promedio.

En junio de 1991, estos resultados fueron dados a conocer en un artículo de Nexos que se llamó “México: ¿un país de reprobados?”. La realidad de los bajos aprendizajes, sin embargo, sólo alcanzó verdadera proyección nacional cuando comenzaron a aplicarse los exámenes PISA a partir del año 2000 y, más tarde, con Enlace, Excale y Planea. Desde entonces la “catástrofe silenciosa” en educación dejó de ser silenciosa y el país tomó conciencia plena de que no bastaba con escolarizar, había que garantizar los aprendizajes.

La solución del problema no es fácil. Muchos niños cuando llegan a la escuela –dice el Informe del Banco Mundial—llegan con desventajas (malnutrición, enfermedades, escaso apoyo de los padres, las condiciones adversas de la pobreza, etc.) obstaculizan el aprendizaje. El 30 % de los niños de países en desarrollo tienen deficiencias de crecimiento físico. Otras veces, los alumnos no tienen docentes adecuadamente preparados o motivados, debido en gran parte a que la carrera de docente no atrae a los mejores estudiantes de preparatoria y al hecho de que las instituciones formadoras de docentes no tienen la calidad académica que se necesita. No obstante, el profesor es el factor que más incidencia tiene sobre el aprendizaje. Ocurre frecuentemente que el aprendizaje se ve obstaculizado por la carencia de insumos (dinero, locales, muebles, libros, computadoras, etc.) porque los insumos no llegan a tiempo, o llegan y no se usan. El insumo principal es el financiamiento. Los apoyos en dinero no crecen al mismo ritmo que la escolarización. Finalmente, para que el aprendizaje avance se requiere una buena gestión de la escuela y del sistema educativo.  Como se puede ver, la lucha por el aprendizaje es una gran batalla que exige actuar en múltiples frentes.

 

 

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