El debate: lejos de Dios y cerca de EU - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 21 de Mayo, 2018
El debate: lejos de Dios y cerca de EU | La Crónica de Hoy

El debate: lejos de Dios y cerca de EU

Francisco Báez Rodríguez

La política exterior muy pocas veces suele ser tema central en alguna elección. Sin embargo, la visión del país en el mundo es reflejo de una concepción general y, en estos tiempos de globalización económica, cultural e informativa, es un buen indicador del proyecto por el que se quiere trabajar.

En ese sentido, resulta por lo menos inquietante que el segundo debate entre los candidatos a la Presidencia de México haya estado tan centrado en EU, en las relaciones con el vecino del Norte y en los problemas binacionales. No se puede sino recordar aquella frase de Porfirio Díaz, sobre México tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos. Se habla mucho de multilateralidad, pero a la hora de los catorrazos, lo relevante sigue siendo esa relación asimétrica.

Buena parte de la disputa política que hoy vivimos está entre una propuesta nacionalista, en la que México se mira al ombligo, y otras que parten de la idea de la integración al mundo. De hecho, esta disputa es una de varias que han atravesado a las naciones en el siglo XXI, dadas las consecuencias sociales de la globalización económica.

Sin embargo, en el debate del domingo, esa discusión toral se cayó en el primer minuto, cuando Andrés Manuel López Obrador no contestó la primera pregunta, en su consabida estrategia de irse por las ramas y las consignas, y los demás candidatos no quisieron tocar el punto, conscientes —tal vez— de que el concepto de la integración modernizadora del país y de la sociedad ya no es tan sexy como hace algunos años.

Por la misma razón —tema poco atractivo para las mayorías, con más peligros que oportunidades de lucimiento— el asunto comercial fue tocado nada más de paso, como por no dejar. Dejo constancia porque es también asumir que los candidatos perciben que a las mayorías no les atrae ser parte del mundo. El cosmopolitismo queda para unos cuantos ilustrados o con dinero suficiente para aprovechar la apertura económica.

Significó también que asuntos como el tamaño y la influencia de la presencia diplomática internacional de México, la actitud ante la destrucción de la democracia en naciones hermanas como Venezuela, nuestra posición en la ONU o, notablemente, la deteriorada imagen de México en el mundo, para la que es fundamental utilizar el “poder suave” de la cultura, aparecieron como asuntos intocados.

La cosa quedó, pues, en qué vamos a hacer con Donald Trump, con el TLCAN, con el tema del trasiego de droga y de armas, con los problemas de la frontera, con nuestros migrantes del otro lado y con los que llegan desde América Central. Son asuntos cercanos, conocidos por las mayorías y con los que se puede tocar fibras sensibles.

En el caso de las relaciones con el gobierno trumpista hubo, claramente, tres posiciones diferentes. José Antonio Meade insistió en la necesidad de seguir buscando acuerdos, pero “basados en el respeto”; Ricardo Anaya fue hacia una confrontación más dura con Trump: poner todos los temas sobre la mesa y negociar desde una posición de fuerza (de hecho, deslizó, sin decirla abiertamente, la idea de que podríamos usar la amenaza de dejar de cooperar con ellos en materia de seguridad); Andrés Manuel López Obrador manejó una combinación de la lógica del avestruz con el realismo mágico: no nos metemos y nos van a respetar porque ahora el gobierno va a tener autoridad moral.

A pesar de la flaqueza del argumento de AMLO y de los eventuales riesgos del proyecto de Anaya, el único golpe seco lo conectó el candidato del Frente, cuando se refirió a la reunión Trump-Peña cuando el republicano era candidato y estaba muy atrás en las encuestas. Meade sabía que esa visita había sido repudiada por la gran mayoría de los mexicanos, pero no pudo distanciarse así sea mínimamente del gobierno de EPN y afirmó que fue una buena decisión. Gracias a ella, infirió, Trump no se ha salido unilateralmente del TLC. Esa es la ganancia pírrica de lo que fue considerado como una humillación nacional. De ahí, a la foto del saludo Peña-Trump, y el candidato del PRI a remar contra corriente.

Sobre el TLC, una pregunta importante fue el tema salarial. Ahí tanto Anaya como López Obrador dieron la respuesta lógica, que además es la que desea escuchar la gente, y que ambos apoyan. Meade, de nuevo, fue incapaz de tomar distancias y se fue por la tangente, a pesar de que sabe que el salario mínimo es insuficiente.

En otros temas, en cambio, fue Meade quien se vio más dueño de la situación, apoyado en su experiencia como canciller. Claramente, fue el caso del trasiego de armas y drogas. En ese asunto, Anaya se vio obligado a darle vueltas al tema de la legalización de la mariguana, que divide a su coalición y, López Obrador, por su parte, dio un gran ejemplo de los problemas que causa tener sólo unas cuantas ideas fijas: el tema de la súbita reconversión de la siembra de goma de opio en siembra de maíz daría risa si no generara preocupación por lo impracticable.

En el tema de los migrantes mexicanos en Estados Unidos, resulta por lo menos significativa la persistencia de estereotipos al respecto: algo así como “pobrecitos migrantes, qué mal la pasan pero cuántas remesas nos traen”.  Los candidatos no asumieron ni la gran diversidad de la emigración mexicana, ni los logros obtenidos por la comunidad latina en EU, ni el papel profundo de su lucha, en términos culturales y de la política de allá. Mucho menos, que la gran mayoría no desea volver a México, sino vivir en Estados Unidos con dignidad y con apego a sus raíces.     

Y, sobre la ruta de los centroamericanos en México, lo que privó fue la corrección política (Meade fue el único en distinguir entre diversos tipos de migrantes), buena para hacer sentir a la gente que somos una nación solidaria. Pero nada se dijo de los problemas de la frontera sur o de la actuación a veces aberrante de algunos miembros del Instituto Nacional de Migración.

En resumen, vimos a Meade preparado en los temas, pero incapaz de zafarse de la loza que carga en su relación con el PRI y el gobierno; a Anaya estudioso, agresivo, atento al público al que se dirigía, mejor en el ataque que en la defensa; a López Obrador dedicado a no enredarse, tan nostálgico del pasado que habló de la Alianza para el Progreso y tan convencido de que el Estado será él, que perdonó destierros. 

¿Qué quedará al final? Quedará la demostración de que AMLO tiene severas dificultades para responder más allá de los datos que le pasan sus asesores (no supo qué hacer con el tema de que la inversión extranjera en la capital durante su gobierno fue la extranjerización de los bancos) y que a sus seguidores no les importa.

Pero quedarán más las anécdotas, el show. Quedarán el chiste de la cartera y el de Riqui Riquín. Eso, probablemente, le bastará.

 


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