Debate, discurso y candidatos: segundo debate presidencial

Ma. del Rocío Pineda Gochi

A 38 días de la tan esperada elección del 1° de julio, los debates presidenciales se han vuelto las máximas tribunas entre los candidatos para consolidar tendencias, posicionar propuestas y plataformas políticas, contrastar ideas, conocer la capacidad y sus perfiles. Sin duda, las expectativas y los niveles de audiencia mediática que han generado los dos últimos debates, nos muestran un importante avance en la democracia mexicana porque denota que el interés, la participación y la conciencia política avanzan y están en crecimiento.

Todos los medios de comunicación, llámese televisión, radio, prensa escrita y las polémicas y controvertidas redes sociales, han conferido buena parte de sus espacios para el análisis, discusión, entrevistas y opinión sobre el desempeño de los presidenciables. Podemos atribuirle a este gran interés, más allá de lo que representará para México el triunfo de la voluntad popular emitida en las urnas, los perfiles antagónicos, polémicos y controvertidos de candidatos sui géneris en esta contienda. El que lleva 18 años en campaña, el que cuenta con una corta edad, una carrera incipiente y controvertida al interior de su partido, el que va por la vía ciudadana y con la mayor experiencia en la administración pública, y el que llegó por algunas deficiencias procedimentales en su candidatura. 

Aunque cualquier tipo de interés que motive la atención y la participación de la ciudadanía en el proceso comicial es legítimo e incuestionable. Cuando se atiende a cuestiones polémicas, como las que invaden la vida privada o aquellas que son motivadas por la guerra sucia y la denostación personal, se pierde objetividad, y tanto el discurso como el propio debate, pierden el efecto sustancial de informar a la ciudanía, comparar experiencia, capacidades argumentativas y conocimiento de causa, trayectoria política, visión del país y del contexto internacional, comparación y contraste de propuestas, carácter y temperamento, agilidad y lucidez mental.

Estos elementos, pudieran ser todos importantes o no, pero serían los idóneos a evaluar en las personas para que los electores normemos de mejor manera nuestro criterio a la hora de elegir.

No podemos subestimar el poder de la palabra que puede construir o destruir ciudades. Sin duda la capacidad argumentativa o la elocuencia son elementos fundamentales en el discurso, pero ésta debe ser sustentada y comparada con la trayectoria y la experiencia de quien lo expresa. Se puede ser buen orador pero un mal ciudadano.

Es un asunto de congruencia que los ciudadanos debemos analizar y estar muy atentos. En la historia de la humanidad los discursos, las disertaciones y los debates han cambiado el curso y el rumbo de algunos hechos. Como por ejemplo, el primer debate televisado entre John F. Kennedy y Richard Nixon en 1960. Como refería Michael Foucault, los discursos son elementos tácticos en el campo de relaciones de fuerza. “En toda sociedad la producción del discurso es a la vez controlada, seleccionada, organizada y redistribuida”. Ni la verdad es libre por naturaleza, ni el error siervo, sino que su producción está enteramente atravesada por relaciones de poder”.

En este sentido, debemos ser exigentes de nuestros candidatos y darle la importancia al debate político como una verdadera herramienta comunicativa que nos permita conocerlos, y sobre todo, de cómo llevarán a cabo sus propuestas.

Cuando un candidato carece de elementos discursivos y argumentativos, y sólo dirige sus limitadas palabras a una audiencia, sólo hace cálculo político, no busca persuadir ni mucho menos convencer. Recordemos lo que decía el humanista español Juan Luis Vives: “No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras”. Exijamos debates de altura y elijamos al más congruente.

Senadora de la República

Michoacán de Ocampo

@RocioPinedaG

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