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Su pareja le desfiguró la vida con ácido; lleva 53 cirugías

[ Primera Parte ]

María del Carmen saluda desde el otro lado de la acera. Agita la mano con gracia y una chispa contraria a su tragedia: hace cuatro años su pareja le roció ácido en el rostro y otras partes del cuerpo. Suma 53 cirugías, la última para reconstruirle el párpado derecho; por fortuna, salvó la vista. Los médicos, quienes llevaban lista una implantación de canica, lo clasificaron como un milagro.

Debe protegerse por completo brazos, cuello y la parte diestra de la cara. Cuando hay calor, las cicatrices le arden; cuando hay frío, le duelen. Usa lentes oscuros, aunque más tarde no dudará en quitárselos y mostrarse tal cual, sonreír.

Por ahora caminamos por Félix Cuevas en busca de un viejo café…

Hace unos días, Crónica alertó sobre la venta desordenada de ácido sulfúrico —y otras modalidades de esta sustancia peligrosa— en nuestro país: sin vigilancia, ofertado por empresas fantasma en la web, distribuido en bodegas clandestinas y hasta en estaciones del transporte público. Se contó la facilidad con la cual bandas criminales lo obtienen para producir drogas y disolver cadáveres… Ahora se sabe, este descontrol también trastoca la vida íntima de mujeres o niños, es origen de desdicha y termómetro de la violencia de género.

Los ataques con ácido son ya conocidos en Oriente Medio, en el Norte y Sur de África y en el Sur de Asia, con alta incidencia en La India. En la última década se extendió a países de América Latina, en especial Colombia. Y en México, los casos comienzan a brotar, aunque los abuelos cuentan historias similares ocurridas desde hace tiempo en pueblos lejanos.

“Lo venden en cualquier parte, casi como el cloro o el pino, hasta en tiendas departamentales. Cuando lo veo anunciado, comienzo a temblar, porque he sufrido el daño que puede causar. Hasta en telenovelas presentan ataques de este tipo, ¿qué se está enseñando? Esto no debe seguir así”, reprocha Maricarmen, de sólo 34 años, dispuesta ya al primer sorbo de americano.

“Las autoridades deben encontrar con urgencia una fórmula para controlar su venta, tener el registro de todas las empresas que ofrecen el producto y obligarlas a verificar la identidad del comprador y el uso”.

A principios de 2013, Maricarmen y sus dos hijas se refugiaron en casa de la abuela. Ella había sido atacada con un picahielo por su pareja: un hombre celoso y violento quince años mayor. Entonces le dio dos pinchazos en el estómago, otro en un brazo y uno más en un dedo. Hubo denuncias, pero las autoridades ministeriales actuaron con indiferencia. El sujeto aprovechó el desamparo institucional para merodearla y, bajo amenazas, obligarla a regresar al hogar, como lo había hecho en ocasiones anteriores. Ella resistió, por un mes dejó de verlo, aunque las intimidaciones telefónicas continuaron.

El 20 de febrero de 2014, el hombre se presentó en la casa de la suegra. Eran las 8:15 de la mañana. Maricarmen recién había llevado a sus dos hijas a la escuela y se disponía a desayunar junto a sus dos hermanas y cuñados. Cuando lo vio aproximarse, se le cruzó en el camino y lo condujo a un cuarto.

“Comenzamos a discutir. Ya no quiero volver contigo, le dije. Él gritaba que me arrepentiría. Me había dado cuenta que traía una botella, pero pensé que era refresco… De repente, levantó la botella y dijo: si no es conmigo, no vas a estar con ninguna persona. Salió corriendo, se subió a su taxi y huyó, ninguno de mis familiares pudo alcanzarlo”.

Pasó un año en el hospital Magdalena de las Salinas, en el trabajo de reconstrucción de la parte funcional de su cara, pecho, tórax, brazos y piernas. Tras 51 meses, comenzará apenas la restauración estética.

“Mi familia se desmoronó, fue sobre todo un golpe emocional, pero también económico, porque aunque el seguro cubría cirugías, no el tratamiento: necesitaba pomadas, parches de silicón, malla, cortisona, mis hermanas vendieron sus autos. Cada pomada me cuesta mil pesos y me dura cinco días. Hubo cirugías de 12 horas como la del cuello; o de ocho, como cuando me hicieron un colgajo frontal para reparar el ojo. Ya no aguantaba. En un año intenté…”.

Se apaga la voz de Maricarmen por unos segundos, como si necesitara un soplo para seguir.

—¿Quitarse la vida? —se le pregunta.

—Tres veces. ¿Para qué vivir así? Un sábado que no había nadie de mi familia me paré al baño, ahí estaba un espejo, con mucho miedo me miré y fue horrible, lo rompí y con un trozo busqué cortarme las venas, en ese momento entró un enfermero y me detuvo, por la crisis debieron sedarme. De ahí en adelante pura pastilla, ya no me daba cuenta ni del día, sólo abría los ojos un rato y me volvían a dormir. Después de la cirugía del cuello, me vi tan mal que pensé: voy a romper el cristal con una silla y me arrojaré al vacío, estaba en el cuarto piso. Me subieron la dosis del sedante, y me obligaron a recibir atención psiquiátrica. Un día le dije al médico: ya no gasten su tiempo, cuando salga del hospital me voy a matar.

Recibió el alta médica con un peso de 30 kilos, sin ganas de comer… Sus hijas habían entrado en depresión, se entregaron a la comida y al salir del hospital no las reconoció.

—¿Cómo venció esos deseos suicidas?

—Dios me fortaleció, y también encontré fuerza en mis hijas, quería que me vieran arriba y jamás vencida. Empecé con rehabilitación física para estiramiento de piel, pero tenía miedo de salir a la calle y que la gente se burlara, mi mamá pagaba 600 pesos de taxi; con fe, fui encontrando fortaleza para enfrentar la calle y aligerar los gastos de mi familia. En la terapia psicológica unas licenciadas me ofrecieron estudiar para otorgarme un trabajo. Dos días antes del ataque había entrado a trabajar como monitora en una empresa de estacionamientos, me di cuenta que había gente buena, porque el jefe me mantuvo el sueldo durante año y medio.

—¿Y estudió al fin?

—Sí, regresé a la escuela con mucho miedo, a estudiar relaciones públicas y secretariado, ahora trabajo en la Secretaría de Seguridad Pública de la CDMX, me dieron ya una plaza administrativa. Desde el momento en que decidí perdonar, mi corazón quedó tranquilo.

—¿Supo dónde compró su agresor el ácido?

—No, pero sé que es un producto que se puede conseguir muy fácil y sé también que era una idea que él ya tenía en mente. Alguna vez tuvimos una pelea entre vecinas y al final él me dijo: le hubieras agarrado la cara a la vieja y puesto en la batería del coche, sólo le botas el tapón, de ahí sale ácido y la habría quemado. En casa, la policía encontró una botella de ácido.

Vamos de nuevo hacia el Metro. María del Carmen regala un rictus de nuevo. Su agenda marca una nueva cita médica. Antes del adiós, cuenta de sus tres anhelos: ingresar a la Universidad para estudiar Trabajo Social, ayudar a otras mujeres a vencer la violencia de género y encontrar justicia…

Aunque sus primeras declaraciones fueron tomadas desde el ingreso al hospital, el expediente se extravió en la Fiscalía de Ayotla, Estado de México. “A lo mejor nunca puso la denuncia”, le llegaron a decir cuando intentó retomarla. La carpeta apareció en la Fiscalía de Amecameca (a cargo de Isahid Uriel Piña Hernández), donde se mantuvo olvidada y sin avances casi cuatro años. Un juez había otorgado la orden de aprehensión desde mayo de 2014, tres meses después del ataque, pero ninguna autoridad le dio seguimiento. Se otorgó por el delito increíble y lacerante de lesiones dolosas.

Las diligencias ministeriales se reactivaron después del 6 de marzo de este año, tras pedir ayuda a la CNDH. La PGR colaboró en la indagatoria por unos días gracias a la intervención de una asociación internacional dedicada a cobijar a mujeres agredidas con ácido, la cual es liderada por la colombiana Natalia Ponce de León, víctima en 2014. Estuvieron cerca de aprehender al agresor, pero al final un pitazo inaudito le permitió huir.

“Las lesiones dolosas tienen un tiempo para sanar, las mías nunca sanarán, se quedarán en mi rostro y mi cuerpo para siempre. Pensar que él sigue afuera me da mucho miedo”.

Maricarmen se despide, otra vez con la mano estirada y con esa viveza aleccionadora, inspiradora, opuesta a su dolor…

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