El pueblo no es bueno, don Andrés

Saúl Arellano

Afirmar que “el pueblo es bondadoso”, así sin más, constituye una afirmación por demás demagógica y, por supuesto, políticamente correcta. Sin embargo, es una de las frases más vacías y al mismo tiempo reveladora del marco de referencia conceptual de quien encabeza las preferencias electorales rumbo a la elección presidencial del 2018.

Para quienes asumen una “retórica binaria”, el mundo se reduce a meras oposiciones; de tal forma que habrá muchos quienes, al leer el título de este texto, piensan a priori que sostener que “el pueblo no es bueno”, implica por definición asumir que “el pueblo es malo”; nada más alejado de la buena lógica, y por supuesto, de la realidad.

La afirmación recurrente de Andrés Manuel López Obrador también exige pensar qué entiende por la categoría de “pueblo”. Al respecto, es interesante el conjunto de atributos míticos que le confiere a esa abstracción: “el pueblo le habla”; “el pueblo lo escucha”; “el pueblo lo cuida”; “el pueblo lo quiere”, y más todavía; él “escucha y hasta abraza al pueblo”. “El pueblo pone y el pueblo quita”, ha dicho respecto de su idea de la revocación de mandato.

En el último debate, López Obrador sostuvo que el “pueblo de México es uno de los más trabajadores del mundo”; y a lo largo de la campaña ha sostenido en distintas ocasiones que él no le va a fallar al pueblo.

En esa abstracción, sin embargo, podemos estar todos y ninguno. El pueblo es una categoría que puede aludir a un “nosotros”, pero también a un “ellos”; y aún más, a “los otros” en un sentido de oposición o enemistad. En ese sentido, pareciera que las disputas que están por venir habrán de ser “las del pueblo contra sus enemigos”.

Es interesante observar que el vocabulario de López Obrador no se estructura a partir de la narrativa de los derechos humanos. Tampoco hay en su retórica cotidiana el uso de conceptos propios del liberalismo político -en el sentido, por ejemplo, de Rawls y su Teoría de la Justicia”; no los hay en el ámbito de la política pública y las distintas teorías de las instituciones o de la justicia. En síntesis, no hay un lenguaje conceptualmente articulado que permita identificar cómo piensa, en términos categoriales.

¿Lo anterior es necesariamente negativo? No. Para gobernar no es necesario, por definición, tener una sólida formación académica; aunque tenerla no está de más. Lo que sí es relevante decir es que una formación académica relevante permite una mayor capacidad para procesar la complejidad que caracteriza a los problemas sociales.

Un marco de referencia conceptual estrecho lleva a una visión generalmente estrecha de la realidad. Y cuando es así, se tiende a un reduccionismo permanente. De ahí que, por ejemplo, la mayor parte de los problemas nacionales, en la visión de López Obrador, se resolverán una vez que él gane, porque no es corrupto y habrá de acabar con la corrupción.

En algo tiene razón, sin embargo: la diferencia en la formación académica puede ser relevante, pero no definitoria; empero, lo que sí constituye una diferencia abismal es la honestidad, la vocación ética y la vocación de patria; y en esas tres categorías, todos los candidatos dejan enormes dudas y cuestionamientos irresueltos.

Decir que el pueblo es bueno, es un recurso de campaña eficaz, pero no deja de ser un enorme error conceptual y de percepción al momento de tomar decisiones de política pública. En México se han cometido más de 200 mil asesinatos del 2006 a la fecha; miles de esos casos, son infanticidios y feminicidios. Todos los días hay secuestros, mutilaciones, violencia contra las mujeres, robos, agresiones y lesiones; y los casos, hay que insistir, se cuentan por miles.

El pueblo no es bueno, don Andrés; asumirlo le puede permitir pensar mejor el país que, de seguir las tendencias como van, va a tener la honrosa responsabilidad de gobernar.

@saularellano

www.mexicosocial.org

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