Tom Wolf: una educación sentimental

José Carlos Castañeda

El 16 de noviembre de 1959, The New York Times informó de un asesinato múltiple en un pueblo de Kansas. El encabezado de la nota era: “Rico agricultor y tres miembros de su familia asesinados”. En la crónica de ese día no aparecen los nombres de los criminales. Seis años después, en plena década de los sesenta, la revista The New Yorker publicó un reportaje por entregas: la crónica de un asesinato múltiple. El título de ese relato verdadero se convirtió en un nuevo género periodístico: la novela sin ficción. Su autor, Truman Capote, creó una tendencia en el periodismo que renovó el estilo y el método de investigación. Pero el reportero que plasmó como ninguno esta década rebelde fue Tom Wolfe. Su obra hace un retrato de los movimientos más disruptivos en los Estados Unidos: el viaje de ácido lisérgico de la comunidad hippie o las contradicciones de la izquierda exquisita y su complicidad en la promoción de las panteras negras.

Después de esos reportajes, muchos periodistas renunciaron a continuar con el mismo molde. El principal cambio fue una crítica incisiva al estilo de la prensa tradicional. Los nuevos cronistas rechazaron el modelo de objetividad. La distinción entre información y opinión quedó rebasada. Desde primeras piezas del New Journalism, la mirada del cronista es un personaje en el relato, la subjetividad importa. La voz y el estilo renuncian a pretender ser neutros o indiferentes a la escena. Ver lo que sucede es registrarlo con una visión activa, crítica. El cronista no retrata la realidad, atrapa una escena y recrea sus aristas para profundizar en sus texturas. Para el nuevo periodismo, la sensibilidad del autor introduce temas que nunca se habían discutido en público.

El refugio de esos nuevos autores fue la publicación en revistas. Sus nombres ofrecen una guía de viaje: las crónicas mostraron el nacimiento de una sensibilidad en la prensa y en la vida pública de la sociedad norteamericana. Los límites entre lo privado y lo público habían comenzado a desvanecerse. Esquire, New York, Ramparts, The New Yorker, The Village Voice, Playboy, Harper’s Magazine o Rolling Stone, en todas estas páginas se divulgaron los relatos de una era en plena rebeldía. A la manera de una instantánea que congela un momento de la historia: a la mitad de una manifestación contra la guerra, al final de un happening o en los entretelones de una campaña electoral.

Ejemplos de esa intrépida aventura periodística: Joe McGinnis se ocupó de la campaña presidencial de Nixon en Cómo se vende un presidente. Robert Greenfield siguió los pasos del pseudomisticismo oriental en El supermercado espiritual y trazó un mapa de la cultura del rock en Un viaje a través de Estados Unidos con los Rolling Stones. Nora Ephron retrató los conflictos del feminismo en Ensalada loca. En El milenio violeta, Tom Burke retrató escenas al natural de la vida gay. Sucia mariguana roja y otros sabores fue un primer acercamiento al tema de la cultura de la droga escrito por Terry Southern. Y Norman Mailer hizo el reportaje principal, en primera persona, sobre la manifestación de protesta más grande contra la intervención norteamericana en Vietnam. Los títulos de estas crónicas reflejan con claridad la irrupción de esa nueva educación sentimental que acompañó a la década de los sesenta y los setenta. El nuevo periodismo estuvo ahí para capturar los momentos más significativos de esa explosión cultural. Con las técnicas literarias adoptadas por la nueva generación de reporteros, la temática de la prensa se renovó. Una época en crisis encontró a sus cronistas más incisivos y lúcidos. La literatura ofreció un rostro distinto al estilo perecedero de la prensa. Aquellos relatos se convirtieron en libros y perduraron en el tiempo, más allá de las hemerotecas, como una lectura de la actualidad.


@ccastanedaf4

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