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El campo de concentración de Perote: de las verdades a medias a los falsos recuerdos

Se dijo que fue un golpe a la comunidad alemana en México, pero en realidad muy pocos llegaron a la fortaleza veracruzana. La coyuntura de la guerra clausuró los espacios de convivencia comunitaria alemana, que sólo resurgirían años después

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Se le menciona como una mera anécdota en el mejor de los casos, al hablar de aquellos días de mayo de 1942, cuando México, como parte del bloque de los Aliados, entró en la Segunda Guerra Mundial; pero la historia del campo de concentración “de alemanes, en la fortaleza de San Carlos de Perote” sólo muy recientemente ha salido a la luz.

El furor popular contra los llamados países del Eje —Alemania, Italia, Japón— a causa del hundimiento de los barcos petroleros Potrero del Llano y Faja de oro, impactó, inevitablemente, a las comunidades de esos orígenes que llevaban años asentadas en México. Como ha publicado Crónica, ciudadanos alemanes y japoneses residentes en las costas mexicanas, particularmente en el litoral pacífico, fueron desarraigados de aquellos lugares donde habían construido casas y familias. Se les concentró en algunas ciudades, tierra adentro: muchos se establecieron en la Ciudad de México. Pero en la medida en que nuestro país se involucró en el conflicto internacional, algunas cosas cambiaron.

Los ánimos se crisparon. Al día siguiente del hundimiento del petrolero Potrero del llano, hubo manifestaciones populares que exigían, además de la declaración de guerra a los países del Eje, la incautación de las propiedades alemanas, japonesas e italianas. La ira de algunos exaltados los condujo a romper a pedradas los ventanales del Casino Alemán y de la Librería Alemana.

Se rumoró, entonces, acerca de la existencia de un lugar a donde fueron confinados los ciudadanos alemanes —en aquellos tiempos de propaganda y un poco de espionaje— señalados como un riesgo para la seguridad nacional.

El gobierno de Manuel Ávila Camacho prefirió ser discreto acerca de aquellas versiones. Pero era cierto. En San Carlos de Perote existió aquella prisión, y sí había ciudadanos alemanes en ella, pero ni estaba el grueso de la “colonia alemana”, ni todos eran “espías”.

Pero así empezó a tejerse la leyenda.

 

TRAS LOS MUROS DE SAN CARLOS.Hoy día, aún se mantiene en pie la fortaleza de San Carlos. Esta maciza construcción de fines del siglo XVIII, edificada originalmente en el reinado de Carlos III (de ahí su nombre), para resguardar la ruta que iba del puerto de Veracruz a la ciudad de México, ha tenido muchas misiones: en su calidad originaria de guarnición militar y prisión, alojó al célebre Servando Teresa de Mier, clérigo e ideólogo de la independencia mexicana, cuando fue apresado en 1817,  al desembarcar en nuestro país con la expedición de Francisco Xavier Mina. En San Carlos de Perote nació, en 1823, el Heroico Colegio Militar, y funcionó ahí hasta 1828. Allí mismo se fue a morir el primer presidente de México, Guadalupe Victoria.

La fortaleza se construyó a conciencia: durante la Guerra de Intervención las tropas republicanas intentaron volarla para que los invasores franceses no se apoderasen de ella. La cercana ciudad  de Perote quedó dañada, pero a la vieja construcción no le pasó nada.

Esa solidez le permitió mantener su vocación original de cuartel y, cuando era necesario, de prisión. Llegó al siglo XXI siendo la penitenciaría del estado de Veracruz. Hoy se encuentra en proceso de rescate y restauración como inmueble con valor histórico. En esos tres años, de 1942 a 1945, albergó una peculiar comunidad extranjera, que estaba allí por razones que van desde la seguridad nacional hasta alguna que otra deuda personalísima cobrada de manera arbitraria: en Perote, no todos los que estaban en aquellos años, eran “nazis” sin más.

 

PEROTE, CONVERTIDO EN  “CAMPO DE CONCENTRACIÓN”. “Detrás de Perote hubo algo mucho más amplio: las políticas del gobierno mexicano para vigilar y controlar a los ciudadanos extranjeros”, explica a Crónica el historiador Carlos Inclán, quien ha indagado lo que ocurrió en la fortaleza veracruzana. “La estrategia tenía tres áreas: hubo una deportación selectiva de personas acusadas de ser espías, agentes de la Alemania nazi. Esto se efectuó en colaboración con el gobierno de los Estados Unidos, que proporcionó algunas listas al gobierno mexicano, que, por su lado, también tenía sus propias investigaciones, efectuadas por la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales de la Secretaría de Gobernación.  Estas personas fueron deportadas en un momento en que era posible hacerlo. Junto con ellas partieron otras que voluntariamente decidieron dejar el país y regresar a Alemania. Esto se hizo con apoyo de Estados Unidos porque México no tenía condiciones para repatriarlos.”

Otra parte de esa estrategia fue evacuar a la mayoría de las comunidades italiana, japonesa y alemana de los puertos, instalaciones petroleras y eléctricas, y  de las fronteras. La tercera parte de esa política de vigilancia dio origen al campo de Perote: “allí fueron a dar personas que fueron acusadas de cometer delitos contra la seguridad nacional, eran espías, habían hecho propaganda contra el gobierno o estaban acusadas de sabotaje”.

Advierte Inclán que al examinar en detalle quiénes fueron los ocupantes de la fortaleza durante esos tres años,  puede afirmarse que en realidad entre los internos eran muy pocos los que en sí estaban acusados de esos delitos. “En el punto de mayor concentración de la fortaleza, cuando no habrían pasado de 500 personas los presos,  solamente 89 habían sido acusados de esos delitos, y no todos estuvieron en el mismo lapso. Algunos entraron y lograron salir al poco tiempo; cuando uno se pregunta por qué no se quedaron ahí los tres años que funcionó el campo —de 1942 a 1945—, es necesario ver qué ocurrió en los distintos casos, y una de las respuestas es la ­corrupción: digamos que lograron “comprar” su boleto de salida”.

Pero había otro tipo de población en San Carlos de Perote: los oficiales y tripulantes de los barcos alemanes que, atracados en puertos mexicanos, habían sido incautados por el gobierno. Entonces, las tripulaciones se quedaron varadas en México. Por medio del encargado de negocios de la Embajada Sueca, que actuaba como representante de la Alemania nazi, se intentó negociar recursos para la manutención de esos marinos. Al final de la guerra, cuando se hicieron cuentas y se vio que México tenía un saldo favorable con Alemania por lo que se llamó “Comercio de Compensación”, que era el mecanismo por el que se intercambiaba petróleo mexicano por algunas mercancías alemanas, nuestro país respondió que “quedaban tablas”, entre ese monto a favor y lo gastado en la manutención de los marinos germanos”. 

El campo de concentración fue operado por la Secretaría de Gobernación y por la Secretaría de la Defensa: Gobernación se hacía cargo de la administración y llevaba los casos de los acusados de delitos contra la seguridad nacional, y la Defensa se hacía cargo de la red de vigilancia. “Los tres años que funcionó el campo, Gobernación destinó una pequeña partida para los gastos corrientes del lugar.

 

¿PRISIONEROS ALEMANES? Cuando se revisan los expedientes de los internados en Perote, resulta que no hay un patrón. “Hubo un ejercicio de selectividad, de arbitrariedad, por parte del gobierno mexicano. Para empezar, no todos eran alemanes; un 40% de la población del campo sí era alemán o de ascendencia alemana, pero también había checos, japoneses, austriacos y lo curioso: también hay mexicanos confundidos con alemanes por las autoridades”.

¿Cómo ocurrió eso? “Creo que en ese proceso la corrupción tuvo un papel muy importante”, añade Carlos Inclán: “quienes son encargados de detener y llevar a Perote a personas específicas, se dejan guiar por rumores, incluso por venganzas personales; aprovechan la oportunidad y hay intentos de extorsión. Quienes no tienen recursos, son candidatos a quedarse; los que salen tienen recursos, llevan tiempo en el país, tienen contactos, pueden tener abogados y promover amparos. Por eso la experiencia de Perote no afectó de manera directa a los alemanes asentados en México; fueron miembros muy específicos de la comunidad los que fueron llevados allá”.

EL ENIGMA DE LA FALSA MEMORIA. ¿Cómo impactó la huella del campo de concentración de Perote en la comunidad alemana? El fenómeno no deja de llamar la atención: la memoria, esa materia frágil y remodelable ha hecho de las suyas en el caso de algunos integrantes de la comunidad alemana.

Habla Inclán: “me parece muy interesante, porque una parte de la comunidad recuerda algo que en realidad nunca sucedió: gente de entre los descendientes de los cafetaleros alemanes del Soconusco piensan que sus abuelos estuvieron en Perote. Cierto, la comunidad alemana no estuvo exenta de la afectación: sí tuvieron que moverse cuando se determinó su reubicación, pero sólo individuos muy específicos fueron prisioneros en la fortaleza”.

La comunidad alemana sí tuvo afectaciones: existieron “listas negras” que propiciaron que comercios y pequeñas empresas fueran intervenidas. “En los hechos, eso significaba que de la noche a la mañana perdían su patrimonio y el gobierno mexicano entraba a administrar esos recursos. Eso sí dejó huella en la comunidad alemana porque tuvieron que buscar nuevas formas de sobrevivir; se abrieron carpinterías, alguien montó un pequeño negocio de embutidos, cosas así”.

El recuerdo del campo de concentración de alemanes en Perote está a medio camino entre la imaginación y la percepción, amplificada, de una época difícil para los alemanes en México. “Sí vieron afectada su vida comunitaria, que era para ellos muy importante: los clubes alemanes, donde se reunían y se divertían, desaparecieron con la guerra; esas actividades colectivas quedaron proscritas. Si bien la ­guerra no destruyó a la comunidad; pudieron rehacerse; los cafetaleros recuperaron sus propiedades y el Colegio Alemán retornó a sus directivos”.

Los internos de Perote, al menos los tripulantes de los barcos,  retornaron por un peculiar canje de prisioneros. Varios retornaron a su país a cambio de un importante contingente mexicano: el personal del consulado en Marsella y el cónsul y revolucionario Gilberto Bosques. Laura Bosques, hija del célebre diplomático, refiere lo desigual del canje: “por cada uno de nosotros, eran diez o doce alemanes”.

Cuando el gobierno mexicano cerró el campo de concentración de Perote, en 1945, le entregó a cada interno que allí se encontraba, la suma de mil pesos, la “indemnización de guerra”. La comunidad alemana, se rearticuló para continuar su vida en México.

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