¿Cuándo surgió el descontento? La desilusión social

Carlos Matute González

El pasado exrector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, presentó en la Casa de América de Madrid el libro La sociedad dolida. El malestar ciudadano, en compañía de Felipe González, el expresidente español. La obra es una recopilación de 38 artículos que abordan temas diversos como: La guerra antinarco, la inconformidad social, la furia, las plagas de la obesidad y la diabetes, las políticas de Trump, el calentamiento global, las heridas que dejó el terremoto, el populismo, entre otros. El prólogo es de Elena Poniatowska.
El psiquiatra y político advierte sobre la desilusión de las democracias en el mundo. No es un fenómeno exclusivo de México. Exhorta a la reconciliación, se lamenta del fracaso que han resultado las candidaturas independientes e invita a fortalecer a las instituciones ante la frustración social por la corrupción generalizada.
De la Fuente no es ajeno al escenario político. Su nombre se mencionó entre los presidenciables, primero del frente PAN-PRD y luego por la vía independiente. Es una figura con capital suficiente para intervenir en la contienda, pero prefirió marginarse. ¿Por qué? Tal vez, porque la sensación de malestar abarca a toda la clase política a la que él pertenece como académico, el populismo que está tomando los corazones de los electores no distingue o el desprecio social alcanza a todos. Es imposible conocer las intenciones de una persona.
¿Cuándo surgieron las causas del descontento social? La respuesta depende de la posición política y experiencia. Aquellos jóvenes que no se han tomado la molestia o tenido la oportunidad de profundizar en la historia de México de la parte final del siglo XX, seguramente, concluyen que la falta de lugares en las universidades públicas o de oportunidades de empleo es herencia de los últimos gobiernos. Los fatalistas culparán al Destino de México y su vecindad con los Estados Unidos, así como al imperialismo capitalista que sangra a los países periféricos.
El resto puede agruparse en dos: a) quienes culpan al neoliberalismo de Thatcher y Reagan, b) quienes responsabilizan al populismo de los años setenta y ochenta que hundió al país en la crisis más profunda de la historia reciente.
El neoliberalismo impuso políticas rigurosas de disciplina fiscal y administrativa, el “dogma” del equilibrio macroeconómico y la reducción del poder Ejecutivo en favor de la concesión de autonomías constitucionales y la descentralización regional, que ha afectado a lo largo de estos años al sindicalismo tradicional, a las políticas clientelares del campo, a la opacidad en el ejercicio de los recursos públicos, a la distribución autoritaria del poder, entre otros aspectos.  
El populismo autoritario dejó un país devastado –la caída del salario y del Producto Interno Bruto no tiene comparación, con los efectos de las continuas guerras civiles que desgarraron a nuestro país desde un poco antes de su independencia hasta el primer cuarto del siglo XX. Fue de tal magnitud el daño, que la recuperación empezó en 1997 con muchos obstáculos heredados del antiguo régimen en materia laboral, energética, seguridad social, justicia, protección de derechos humanos, educación, medio ambiente, electoral, entre una infinidad de cuestiones, que apenas estamos empezando a resolver.
El retraso de la recuperación puede atribuirse a dos causas: a) la insuficiencia de las medidas de los gobiernos, b) la oposición sistemática a los cambios de los grupos que hoy representan el regreso al pasado. En mi opinión, es una combinación de ambas.
En esta forma, se explican las dos visiones de país que están presentando a la consideración del elector. Las dos parten de la conciencia que el estado de cosas no puede prevalecer y que la principal deuda de los últimos 80 años es la falta de la superación de la desigualdad social.
Por un lado, un ataque sistemático a todo lo que se ha construido desde la década de los noventa y la propuesta de dar marcha atrás a las reformas constitucionales que transformaron al país, empezando por las más emblemáticas: la educativa y la energética. Por el otro, la profundización de las políticas vinculadas a la apertura económica, la globalización y la búsqueda de un gobierno mínimo, eficiente y eficaz.
¿Cuándo empezó el descontento? Desde que comenzó el recorte de privilegios a los grupos vinculados con el populismo autoritario (1982), cuando éstos convencieron a una gran parte de la población que es mejor volver al pasado –economía controlada, política dirigida y asistencialismo generalizado- sin importar las consecuencias o cuando el ritmo de crecimiento e inclusión no fue suficiente para llenar las expectativas de los jóvenes.
La comparación con el mundo, en especial con Europa, es engañosa. Allá la crisis del 2008-2014 es más semejante a la que Latinoamérica padeció en 1980-1992. En México, el descontento está más vinculado con la inseguridad y la corrupción, el crecimiento del poder de la delincuencia organizada y la falta de institucionalización de la gestión pública. En esa perspectiva, el camino correcto es consolidar los cambios de los últimos 20 años, pero el elector tiene la última palabra.


Profesor de posgrado del INAP
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