Carlos Monsivais: la paternidad que reincide

Edgardo Bermejo Mora

Uno de los más famosos deslices moralizantes de Monsiváis ocurrió, como sabemos, a propósito del concierto masivo de Avándaro en 1971. En carta desde Londres dirigida a su amigo Abel Quezada, entre otras cosas pontificó sobre los chavos “enloquecidos” que se sentían gringos: “Y al mismo tiempo decía sé que estoy siendo injusto (con ellos), ¿Qué se les ha dejado a estos chavos sino la posibilidad de imitar a los hippies?”. (Excélsior, 21/11/71).
Dos meses después rectificaría en otra carta con sano sentido de la autocrítica: “lo que predomina (en la carta) es el tono de superioridad, (el) áspero y burdo juicio sobre los participantes y la actitud paternalista estilo ‘tal vez ellos no tienen la culpa sino nosotros que les hemos dejado esta sociedad injusta’”. (Siempre, 958).
Desde entonces cesaron los juicios sumarios y las filípicas nacionalistas y moralizantes, pero el ser moral que habita en Monsiváis, su paternalismo crítico, se mantuvo latente a lo largo de los años, y dos décadas después regresaría intacto.
En efecto, durante el Coloquio de Invierno organizado por la revista Nexos en 1992, dijo: “¿De qué modo condenar, por ejemplo, a los jóvenes de las clases populares, que al americanizarse en diversos niveles creen así exorcizar su estruendosa falta de porvenir?”. (Nexos, 172).
Es por ello que la mejor definición de este Monsiváis nos las ha ofrecido no un crítico de literatura sino un exégeta del poder, Porfirio Múñoz Ledo: “en un sentido propio, Monsiváis es un moralista; lo es en la concepción francesa del término no porque sea un predicador aunque tiene antecedentes culturales y familiares para ello ni menos aún porque intente ejercer forma alguna de censura: es un moralista porque el centro de su reflexión es la conducta humana” (“La Jornada Semanal”, 6/8/95).
Con su obra y su verdadera hazaña de encumbramiento público, Monsiváis refrendó lo dicho por Gabriel Zaíd en Los escritores y la política: “El poder literario es innegable. (...) no se puede admitir que tal poder no exista, sea bueno para nada, opere como no opera o pueda lo que no puede. Las luchas por el poder literario (poder expresar, poder hacer ver; tener acceso a los medios de reunir un público; poder imponer ciertos gustos, ideas o tendencias) acompañan la vida de todo escritor. (...) El poder literario es tan real, aunque sea minúsculo, que los otros poderes tratan de sumárselo, desconocerlo, ridiculizarlo, o aplastarlo...”.
Con el poder del buen escritor yo agregaría se puede hacer algo más: homenajearlo, y estas líneas son, a su modo, un intento de homenaje.

 


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