Cultura

Lobo, de Bibiana Camacho

(Fragmento)

O

Camino con sigilo porque debo llegar lo más más pronto posible, antes de que amanezca, antes de que alguien pase por el camino, antes de que nos  vean. Siento las entrañas encogidas y un sudor me recorre la espalda a pesar del frío. Nieve ni se mueve, lo llevo envuelto en una cobija. Parece entender que  debemos  andar  con tiento si no queremos  desaparecer como Felicia y su marido. Pesa más de lo que imaginé, siento los brazos sin fuerza, me hormiguean; pero no lo voy a soltar, pase lo que pase.

Desde que salimos recito una y otra vez la  oración del miedo, la que me enseñaron las Belugas. El rezo que  nace del desasosiego, un rezo inventado, sólo así funciona. Cuando estés desesperada, decían, encomiéndate a los malos, porque los buenos jamás han atendido las súplicas de los desposeídos, de los miserables. Quizá los dioses despiadados, por la poca  atención  que les profesan, te escuchen, en todo caso no te encomiendes a los dioses buenos, no escuchan súplicas, no favorecen a los desprotegidos.  Si estás murmurando la oración el miedo es porque la suerte buena te ha abandonado.

No sé de dioses, tampoco sé de religiones, así que digo nombres al azar, de personas que han sido malas, y quizá de algunos dioses: Nerón, Hitler, Nerón, Atila, Stalin, Vlad, Medusa, Ixtab, Torquemada. Los repito, una y otra vez y sólo les pido que nos dejen llegar sanos y salvos a Loreto, ya luego veremos si podemos abordar un autobús que nos lleve de regreso a la Ciudad de México. Es el único lugar que se me ocurre, tampoco es un lugar seguro pero al menos ahí está mi familia, mis amigos.

La mochila en mi espalda también pesa, llevo una linterna sorda, una botella con agua, otra cobija por si me gana el frío. Destruí la computadora y enterré mis pertenencias. Jamás voy a regresar por ellas, debí quemarlas pero eso llama la atención

Además de la oración, me repito una y otra  vez las recomendaciones de Simplicio: no te sientes, no te tapes con la cobija porque te vas a adormilar, no tomes agua porque te van a dar ganas de ir al baño,  si es de noche y hace frío; sólo bébela en la mañana cuando el sol te deshidrate;  y sobre todo no prendas la linterna si no la necesitas.

Ahora mismo la luna resplandece y el cielo está estrellado, así que puedo guiarme. Camino al lado de  la carretera de terracería, atenta a cualquier ruido, a la luz artificial. Si veo alguna, deberé tirarme al suelo y proteger a Nieve para que no nos vean, sólo espero que si ocurre, siga tan silencioso como hasta ahora, que no maúlle. Si nos tiramos al suelo debo tener precaución, no vayamos a caer en un nopal o cerca de una serpiente, ¿cómo saberlo, carajo? Ahora mismo pienso en los peores escenarios, y para consolarme me digo que la realidad suele ser más espantosa, lo que imaginamos casi siempre se queda muy por debajo de lo que realmente puede ocurrir. Las peores atrocidades del mundo han sido  reales, la fantasía nunca le llega ni a los talones, por despiadada que sea.

Debí hacer algo con Crisantemo. Pero no podía traerlo, siempre anda gritando y la silla de ruedas no puede transitar por aquí. Debí haber hecho algo. Sé que es imposible, pero todavía escucho sus gritos a lo lejos, no me llama, simplemente grita, sabe que lo estoy abandonando, sabe que  ahora está solo, pero no percibo miedo en ese grito, percibo furia. Debo seguir con mi oración: Ixtab, Atila, Hitler, Vlad, Medusa…

Un aullido de lobo se escucha de repente,  soy incapaz de saber la dirección de la que proviene, no puedo concentrarme en ello, porque si me concentro en el miedo, me voy a desplomar. Camino firme y lento, para no tropezar, para no pisar algún bicho, a paso constante, pero sin correr. No sé ni a qué hora salí de la hacienda, pero debo llegar a Loreto al amanecer a más tardar, no puedo demorarme. El Lobo ya  quedó atrás. Sólo espero que no haya retenes.

No pueden encontrarnos, Nieve, porque si  nos encuentran, vamos a desaparecer, le digo, mientras acerco el bulto en el que va envuelto sólo para cerciorarme de que duerme, su cuerpo despide calor y un breve temblor, una especie de ronroneo.

Quizá debimos hacer lo  que  hicieron las Belugas, así nomás sin avisar. Rápido y eficiente. Lo que no entiendo es por qué no hicieron lo mismo con Crisantemo, ¿por qué lo dejaron ahí, solo? No debí dejarlo en la oscuridad, encerrado, sin comida, sin agua.

Repito mi oración, ya  he cambiado los dioses otra vez, ya no sé ni a quién encomendarme. Hasta ahora no he escuchado ningún ruido de motor, tampoco veo luces. Hacia atrás no pienso voltear, hacia atrás no voy a voltear pase lo que pase. Si escucho algo que no sea el crujir del piso bajo mis pies y esos innumerables sonidos de la vida del desierto, esos murmullos de los matorrales, de los reptiles y de los insectos que pululan por todas partes; Nieve y yo nos vamos a  echar  al  piso, pero no vamos a mirar.

Ahí están los lobos otra vez, los aullidos se escuchan cada vez más cerca, parece que casi nos pisan los talones, otras veces se escuchan a lo lejos.  No  sé  si nos vienen cazando o cuidando, ni siquiera sé si son lobos, yo jamás los vi, sólo a la perra, a la madre destrozada. No creo que ellos la hayan matado. No podrían haberlo hecho; no así, una masa de carne informe, sanguinolenta y maloliente; no, ellos no podían hacer eso, no a la semana de nacidos, ¿con qué colmillos?

Herodes, Drácula, Hitler, Nerón, Charles Manson, Satanás, Adonis, Azael, Belcebú, Lenin, Stalin, Lucifer…

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