De tiples, generales y zarzuelas políticas en el agitado México revolucionario - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 26 de Mayo, 2018
De tiples, generales y zarzuelas políticas en el agitado México revolucionario | La Crónica de Hoy

De tiples, generales y zarzuelas políticas en el agitado México revolucionario

Bertha Hernández

Era hasta buen negocio montar, en 1913, obras de autores mexicanos. El difunto presidente Madero alcanzó a disponer el aumento del pago de derechos por puesta en escena. Si en 1902 los autores teatrales mexicanos cobraban 2 pesos por función realizada, para 1912 llegaron a cobrar 4 y hasta 5 pesos. Así, escribir a toda velocidad nuevas obras era cosa de sobrevivencia. Total, la realidad aportaba la material prima, y era cosa de aplicarle ingenio, talento musical y algo de picardía. Si a eso se agregaban las dotes artísticas y físicas de las tiples y actrices de moda, el éxito era un hecho.

El oscuro 1913 cerró con puestas en escena donde los dramaturgos se esforzaban por quedar más o menos bien con Victoriano Huerta. La obra, muy famosa durante años, Las Musas del País, tenía un cuadro que resultaba un claro elogio al régimen huertista. Cuando el constitucionalismo triunfó, con mucho sentido común y sensibilidad política, los empresarios teatrales simplemente desaparecieron parte del libreto.

La herida, una más en el largo historial de la vieja capital mexicana, poco a poco, se cerraba. En otra obra, llamada Los efectos de la metralla, la estatua de Cristóbal Colón —sí, la misma que aún permanece en Paseo de la Reforma—, se bajaba de su pedestal y, acompañada por un gendarme, se iba a recorrer la ciudad, para ver en qué estado se encontraba después de los cañoneos de la Decena Trágica.

 Algunos audaces intentaban poner en el comentario del día los recuerdos de las traiciones que habían llevado a la caída del régimen maderista. Valiente, el español Jacinto Capella escribió una zarzuela llamada El Colegio Militar, basada en aquel recorrido que el presidente asesinado había hecho del castillo de Chapultepec a Palacio Nacional, escoltado por los leales cadetes del Colegio.

Estrenada el 16 de septiembre, El Colegio Militar arrancaba estruendosos aplausos de los asistentes al teatro. La policía huertista se lo tomó muy a mal, pues esas ovaciones eran un incómodo recordatorio de que Victoriano Huerta ocupaba la silla por el cuartelazo y la traición. Lamentablemente, la obra se ha perdido, y solamente conocemos algunos testimonios acerca de su contenido y del hecho cierto de que fue retirada abruptamente de la cartelera, por las autoridades capitalinas, que, pese a todos sus esfuerzos, no pudieron sacarla del circuito teatral sino hasta que cumplió, a principios de noviembre, las 50 representaciones.

Ya desde entonces, algunas de las tiples de moda eran objeto de las atenciones de los hombres del poder. Una de las estrellas del muy popular, en todos sentidos, Teatro María Guerrero, una joven tapatía llamada Emilia Trujillo, La Trujis, tenía otros sobrenombres, algo majaderos: La Pompadour Tepache, La DuBarry de Petate, porque, todas las noches, a las puertas del teatro, un automóvil negro la esperaba. El auto, con chofer uniformado y un ayudante del presidente a bordo, conducía a La Trujis al famoso Café Colón, donde era fama que la aguardaba, acompañado de militares, altos funcionarios y la infaltable copa de Hennessy, Victoriano Huerta.

Para que luego no se diga, hasta los villanos de la historia tienen su corazoncito.

DE MARÍA CONESA, A LA BANDA DEL AUTOMÓVIL GRIS. El crecimiento del movimiento constitucionalista puso en crisis la presidencia de Victoriano Huerta. Jugándose un poco el pellejo, el actor Eduardo Pastor elaboró a las carreras, en abril de 1914 una obra llamada Los productos del país y notas de actualidad, donde se comentaba la invasión estadunidense al puerto de Veracruz. Nadie volvería a montar una obra de corte político sino hasta la entrada triunfante de las tropas constitucionalistas a la capital.

A los tres días, al general Álvaro Obregón se le ocurrió elogiar en público el valor de la profesora normalista María Arias Bernal, a quien obsequió su pistola. El ánimo popular rebautizó a la maestra como María Pistolas, y a las pocas semanas ya se estrenaba una zarzuela, con el mismo nombre, estelarizada por la tiple Lupe Rivas Cacho.

El teatro político había regresado.

La presencia en la capital de líderes revolucionarios como Pancho Villa, Emiliano Zapata —quien nunca fue al teatro— o Álvaro Obregón, dieron para numerosas puestas en escena,. En un ambiente que, no exento de sobresaltos y tensiones políticas, daba para que los aficionados al teatro corearan coplas como esta:

Si Carranza se casa con Zapata

Pancho Villa con Álvaro Obregón,

Adelita se casa conmigo

Y termina la Revolución.

El que, según testimonio de María Conesa, la Gatita Blanca, sí se apersonaba a las tandas del teatro Principal y del Colón, era Pancho Villa. En 1914, La Conesa era la estrella de Las Musas Latinas, y solía bajar a las graderías, a media canción a juguetear entre palcos y asientos. La anécdota cuenta que le arrancó los botones a la chaqueta de Villa, y eso fue más que suficiente para que el general, enamoradizo como era, decidiera esperarla a la salida. Asustada, la Conesa se escondió en la pequeña vivienda del tramoyista del teatro, donde se quedó a vivir, oculta, y sin aparecer en escena, hasta que las fuerzas villistas se retiraron de la ciudad.

Muchas obras que le tomaban el pulso a la realidad aparecieron: desde A saquear tocan, que abordaba los frecuentes “carranceos” en las casas adineradas, hasta los crímenes de la famosa banda del Automóvil Gris, que mereció su propia zarzuela. Así vivían los capitalinos, entre sustos y sobresaltos, pero listos a apersonarse a cada nuevo estreno del teatro político revolucionario.

historiaenvivomx@gmail.com

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