De la idea Juché al kimilsunismo, o cómo se convirtió Corea del Norte en una secta | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 28 de Mayo, 2018

De la idea Juché al kimilsunismo, o cómo se convirtió Corea del Norte en una secta

Fanatismo. Kim Jong-il convirtió el “humanismo comunista” de su padre Kim Il-sung, fundador de Corea del Norte, en un culto a la personalidad tan terrorífico que hizo creer al pueblo que dominaba hasta el tiempo meteorológico. Se desconoce si su hijo Kim Jong-un heredó sus poderes sobrenaturales

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Corea del Norte es un país mucho más raro de lo que la opinión pública mundial se pueda imaginar. Es tan friki que no se rige por una constitución política, sino por un pensamiento filosófico inventado por el fundador de ese régimen comunista, Kim Il-sung, y que lo llamó Juché (en coreano Ju: Señor o Dios, y Ché: Ser como), que significa “Cada persona es como un dios y, por tanto, dueño único de su propio destino”.

Leído así, la idea Juché arrastra de origen una contradicción. Por un lado, consagra el principio de que cada persona es única de su propio destino, pero, por otro, señala que cada persona debe unirse al resto para lograr la “independencia política, autosuficiencia económica y autodefensa militar” de Corea del Norte.

El propio Kim Il-sung tuvo que aclarar en un discurso esta “anomalía filosófica”, al señalar que donde dijo “destino” quiso decir “revolución”, por lo que la interpretación final es que “cada persona es dueña de la revolución [norcoreana] y de aportar su talento individual para solucionar todos sus problemas”.

Y entonces llegó “el hijo”. Más allá de este experimento Juché, que prometía el “humanismo comunista” a los norcoreanos, estaba el instinto de supervivencia de Kim Il-sung y de su Estado. Si la autosuficiencia era para demostrar a sus camaradas chinos y rusos que los norcoreanos no necesitaban de su ayuda para comer, la autodefensa era para demostrar al mundo que no necesitaban que los protegiera ninguna potencia militar, como sí imploraron los “vasallos surcoreanos” a Estados Unidos.

Sin embargo, varios episodios de hambruna a finales del siglo XX y muchos intentos dramáticos de escapadas eran síntomas de que algo no funcionaba como debería en el “paraíso Juché”. Pero cuando realmente saltaron las alarmas fue cuando colapsó la URSS, en 1991. El próximo país en caer podía ser el norcoreano, por lo que los “destinos de cada hombre” debían ser puestos en lograr un único objetivo: la supervivencia del régimen.

Tres años después de la caída del imperio soviético, moría Kim Il-sung y el poder pasaba a su hijo Kim Jong-il. No solo se consumó así el primer caso en la historia de sucesión monárquica en un régimen comunista (el segundo caso sería con los hermanos Castro), sino que fue el principio del fin de la idea Juché, tal como fue concebida por su fundador.

En 2001, Kim Jong-il presentó una reforma fundamental en donde el ideal Juché ya no es que cada hombre es dueño de su propio destino —aunque éste no sea otro que la revolución norcoreana—, sino que el destino de cada hombre tiene un sólo dueño: el Líder Supremo. Un pequeño cambio de palabras, pero cuyo efecto fue brutal. Los norcoreanos no sólo seguían obligados a vivir en una dictadura de un solo partido, sino a adorar al líder como si se tratase, literalmente, de un dios, o de lo contrario, merecerían el castigo que los dioses tienen reservados a los traidores. Esto explicaría, por ejemplo, esas imágenes de norcoreanos llorando como histéricos, cuando se encuentran cerca del “Querido Líder”.

Mitología norcoreana. Kim Jong-il nació a finales de la Segunda Guerra Mundial en una aldea de Siberia. Un escenario nada romántico para su transformación en semidios, por lo que aprovechó la existencia del mito del Monte Paektu —donde según la tradición, bajó el “Hijo del Dios del Cielo” para fundar el primer Reino de Corea—, para reescribir los manuales de escuela y los libros de historia. La versión oficial sobre el nacimiento de Kim Jong-il dice que “unas golondrinas presagiaron que iba a ser en el monte sagrado Paektu y el cielo lo anunció con un arcoíris doble y una nueva estrella”.

Para el kimilsunismo —religión a la que Kim Jong-il al menos tuvo el detalle de ponerle el nombre de su padre—, no es que el “Querido Líder” sea tan sagrado como el monte, es mucho más: “El Paektu reconoce a su amo, así como lo hacen los dioses del clima”, como señala un capítulo de su biografía.

Ocurrió cuando Kim Jong-il decidió liderar una excursión al Paektu y se presentó una nevada acompañada de fuertes vientos. Todos tuvieron miedo y le suplicaron bajar, “pero el Amado Líder se negó y coronó la cima. En ese momento se oyó un estruendo, las nubes se despejaron y el sol  iluminó al Querido Líder”.

Pero, además de poderes propios de dioses mitológicos, sus biógrafos han recogido eventos tan sobrenaturales como absurdos. Uno de ellos relata cuando Kim agarró por primera vez un palo de golf y completó once hoyos con un solo golpe para todos; o cuando se aseguraba con admiración que el “Querido Líder” nunca había defecado (proeza que finalmente fue borrada de la versión oficial).

A los anales de la historia de la televisión pasará cuando una presentadora anunció la muerte de Kim Jong-il, el 17 de diciembre de 2011, y luego se mostraron imágenes de la reacción de histeria masiva del pueblo (al menos cuando eran enfocados por las cámaras).

La realidad, en cualquier caso, es que ya sea por terror a la crueldad del régimen o porque están convencidos de que viven en el “país más feliz del mundo”, luego de décadas de aislamiento absoluto, lavado de cerebro y brutal adoctrinamiento, los norcoreanos se comportan como si pertenecieran a una secta fanática, que ahora está liderada por su hijo Kim Jong-un.

Llegados a este punto, la incógnita es hasta qué punto el nuevo líder de Corea del Norte, país que sigue siendo el más raro del mundo, está dispuesto a seguir la farsa del delirio mitológico de su padre, o si, por el contrario, su reciente ataque de pacifismo antinuclear es una señal de que está dispuesto a dejar morir el kimilsunismo (y hasta la idea Juché) y permitir que los norcoreanos empiecen a vivir, por fin, en un país normal.

 

fransink@outlook.com

 

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