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Fueron viajeros, pelearon guerras y se quedaron en México: la historia de la familia Burkholder

Besserer “Los Besserer llegaron a México en el siglo XIX. No está muy claro por qué llegaron. Un tío mío dice que fue porque se les ocurrió la gran idea de casarse entre primos y el resto de la familia los repudió. El caso es que al principio eran socios de otras familias suizo-alemanas que también llegaron a México”.

Ocurre de repente: alguien, muchos años después, se pregunta por el origen de la familia, por ese lugar remoto que les dio origen. Después, comienza a hacer preguntas. A veces, el peso de la memoria familiar influye, y la vocación ayuda. Ese es el caso de Arno Burkholder de la Rosa, historiador especialista en temas de historia de la prensa e historia política: una parte de sus orígenes alemanes aparecieron en la memoria familiar. La otra parte la ha ido descubriendo con las herramientas del investigador.

–¿Cuándo llegaron los primeros Burkholder a México? ¿Qué los trajo aquí?

–Yo desciendo de dos familias alemanas: los Burkholder y los Besserer. Los primeros tienen muy poco tiempo en México y han sido más una familia de “viajeros”; los segundos tienen muchos años aquí, pero es por el recuerdo de ellos que tengo más conciencia de mis antepasados alemanes.

Los Burkholder provienen de un pueblo llamado Gerolsheim, al sur de Alemania en una zona llamada el Palatinado. “Mi antepasado más antiguo se llamaba Kasper Burkhalter. La familia se volvió protestante y se mudaron a Suiza. Allí tuvieron problemas por sus creencias religiosas –algunos hasta fueron vendidos como esclavos- y entonces decidieron emigrar a América alrededor de 1765. Primero vivieron en Canadá y luego en Estados Unidos, donde se esparcieron por el norte (Iowa) y luego hacia Nueva Orleans. Fueron granjeros y sacerdotes. Hasta pelearon en la Guerra de Secesión, ¡y en los dos bandos! Mi abuelo, Leonard Burkholder Carter, ya era un ciudadano norteamericano; fue miembro del cuerpo de Marines y peleó en Francia durante la Primera Guerra Mundial. Luego trabajó en el cuerpo de seguridad de la embajada norteamericana en México, donde conoció a mi abuela en 1936”.

Hay peculiares vueltas en la vida. Se viaja y se libran guerras, y el azar reunió a dos familias alemanas: “Mi abuela se llamó Matilde Catzín Besserer”, narra Arno, “ y venía de una familia con antepasados suizos-alemanes. Los Besserer originalmente eran de Ulm, un pueblecito ubicado al sur de Alemania donde consiguieron el título de barones. Luego se mudaron a Suiza, de donde salió la rama de la cual yo procedo, llamada “Besserer de Thalfingen”. Mi antepasado más antiguo se llamó Albrecht von Besserer”.

Habla el historiador: “Los Besserer  llegaron a México por la década de los veinte o treinta del siglo XIX. No está muy claro por qué llegaron. Un tío mío dice que fue porque se les ocurrió la gran idea de casarse entre primos y el resto de la familia los repudió. Puede que tenga razón, porque luego me puse a investigar, y encontré que en México existieron las familias Besserer-Kienast y Kienast Besserer.  El caso es que al principio eran socios de otras familias suizo-alemanas que también llegaron a México en esos años”.

Los Besserer primero se dedicaron a editar libros. Hacia 1850 editaron una “Biblioteca Universal Económica Ilustrada”, asociados con su pariente Juan Kienast y con un catalán llamado Andrés Boix. Luego se dedicaron a la ganadería y cuando las tierras de la Hacienda de Borja se vendieron ellos compraron un pedazo y fundaron un rancho llamado Amores. “Por eso, en la Colonia del Valle hay una calle que se llama así”.

Aquellos emigrantes sí se mexicanizaron: “Mi bisabuela, Mathilde Besserer Kienast, se casó con un hombre procedente de Malinalco llamado Crispín Catzín y que poseía tierras en ese pueblo. Los dos se establecieron en la calle de Tlacoquemécatl (que en ese entonces era un llano) y allí nacieron sus hijos Carlos (mí tío abuelo, en 1914) y mi abuela Matilde (en 1917). Aparte adoptaron a dos niñas que en realidad eran sobrinas suyas: Eliza y Lilly. Mi tío abuelo y mi abuela estudiaron en el Colegio Alemán, como también lo hicieron después mi tío Eckhardt y mi papá Arno. La familia también era protestante (luterana) como los Burkholder y tenían relación con el resto de la comunidad que vivía a principios del siglo XX en lo que hoy es la calle de Patriotismo y acudían a la Iglesia del Espíritu Santo que todavía está ahí”.

De IRES y VENIRES; ADIOSES Y RUPTURAS

El abuelo de Arno permaneció poco tiempo en México; se llevó a su esposa a vivir a Baton Rouge, en Luisiana. El matrimonio no duró y Matilde regresó a México. “Traía a sus dos hijos. En el caso de los Besserer sé que al dedicarse primero a la edición de libros y luego a la ganadería tuvieron una buena relación con los mexicanos en ese tiempo”.

Esta era su tierra, su hogar y así continuaron su vida: “Mi tío Eckhardt falleció en la adolescencia. Papá, luego de salir del Colegio Alemán, ingresó a la Escuela Nacional de Agricultura (ENA, hoy Universidad Autónoma Chapingo), donde estudió para ser ingeniero agrónomo. Trabajó para el gobierno en la Subsecretaría Forestal y de la Fauna, en el gobierno de Michoacán con Cuauhtémoc Cárdenas, en la Secretaría de la Contraloría General de la Federación y su último trabajo antes de jubilarse fue en el Fideicomiso Fondo Nacional de Fomento Ejidal”.

Son una familia grande, como tantas en México, con su pequeño universo de profesiones y preferencias: “La abuela fue secretaria en la Comisión Federal de Electricidad y fue amiga de la esposa del general Francisco J. Múgica. Mi tío abuelo también fue ingeniero, hizo su maestría en Alemania, fue traductor de la Delegación Mexicana en las Olimpiadas de Berlín de 1936, se le ocurrió escribir su tesis de maestría sobre los usos pacíficos de la pólvora pero el gobierno de Hitler se la decomisó. Se casó con una alemana llamada Irmgard Specht (la cual recordaba que al venir a México tuvo que viajar por mar y su barco fue detenido por submarinos nazis que buscaban judíos). El resto se han dedicado a otras cosas: más ingenieros, empresarios y académicos como mi primo Federico Besserer, que trabaja en la UAM.

Cuando se tiene la oportunidad de recuperar la memoria familiar, se descubren historias muy profundas, con sus luces y sus momentos de sombra: “La memoria de los Burkholder ha sido muy compleja porque el matrimonio de mis abuelos terminó muy mal, ya que él era bígamo. Ya tenía una familia en Estados Unidos cuando se casó con mi abuela. Dice mi madre que la abuela le contó que abandonó al abuelo cuando se dio cuenta de que además era miembro del Ku Klux Klan  (algo que francamente no le creo a la abuela). El caso que para los años 40-50 mi abuela tuvo que presentarse ante el mundo como una “viuda” porque en esos años los divorcios y separaciones eran muy mal vistos. También por eso los Burkholder se acercaron más al recuerdo de la otra familia, los Besserer, aunque con ellos la relación tampoco era muy buena”.

GUERRAS Y AVENTURAS

“Papá salió de Chapingo en 1966 con una beca del Servicio Alemán de Intercambio Académico para estudiar en la Universidad de Gotinga”, Narra Arno Burkholder. “Como hablaba alemán desde niño, le fue sencillo conseguir esa beca. Sin embargo, en esos años comenzó la Guerra de Vietnam y quién sabe cómo el gobierno de Estados Unidos se enteró de que mi papá tenía un padre norteamericano, así que enviaron a agentes del FBI para llevárselo a pelear en esa guerra”.

“Papá recurrió entonces a las autoridades de Chapingo. En ese entonces la escuela era militarizada, por lo que técnicamente mi papá era miembro del ejército mexicano. El director de la ENA le recomendó que en todo momento vistiera el uniforme del colegio y trajera consigo sus documentos para evitar que lo secuestraran. Antes de irse a Gotinga, papá al fin se comunicó con su padre, al que jamás había visto. Y papá se atrevió a viajar a Estados Unidos a conocerlo. Afortunadamente mi papá siempre vistió su uniforme y llevaba sus papeles, pero sé que por lo menos en dos ocasiones agentes del FBI intentaron detenerlo”.

Arno supo que su padre habló brevemente con el abuelo, y regresó a México. Jamás volvieron a verse. El abuelo falleció en 1967.

 

MEMORIA CONSERVADA, RESCATADA

“Papá viajó a Gotinga y años más tarde todos nos fuimos a vivir a Austria, porque papá se ganó otra beca, ahora en la Forstliche Ausbildungsstätte Ort (una escuela sobre educación forestal ubicada en un pueblito llamado Gmunden). Fue en esos años, con la abuela hablándome en alemán, ese viaje a Austria, papá con su sombrero tirolés, sus pantalones cortos de cuero de venado y su traje verde oscuro, que yo cobré conciencia de mi pasado alemán, ¡además de que en la escuela todos me veían raro y nadie podía pronunciar mi apellido!

“Después mi tío abuelo Carlos falleció (en 1997) y lo enterraron en el Panteón Alemán, en la misma tumba en la que estaban mi bisabuela Mathilde y mi tío Eckhardt.

En esa memoria conservada es que Arno Burkholder de la Rosa halló su vocación de historiador: “Mi abuela me cocinaba platillos alemanes y mexicanos y luego me platicaba sobre la familia y me mostraba recuerdos que ella conservó: cajitas de madera del siglo XIX, un troquel con el blasón de la familia Besserer, un sello de lacre que perteneció a mi tatarabuela Isabel Kienast, medallas de exposiciones ganaderas, placas de metal para hacer tarjetas de visita y lo más espectacular: una colección del “Berliner Illustrirte Zeitung” que fue una revista alemana muy famosa. Esa colección está encuadernada y tiene todos los ejemplares que se editaron en 1898 (la revista comenzó en 1892 y desapareció en 1945). Aún tengo ese libro y la conciencia del pasado tuvo mucho que ver para que ahora yo sea historiador”. Con esa mirada es que ahora indaga el resto de la memoria familiar, esa otra parte de la historia que aguarda en algún lugar. (BH)

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