El fraude ya inició

Aurelio Ramos Méndez

El fraude electoral ya inició. Es descomunal, resulta indisimulable y está en su apogeo. Se realiza con el más absoluto descaro, a la luz del día y aun con profusa difusión.

Palidecen frente a los estrategas de la presente estafa los más emblemáticos defraudadores del más añejo PRI; entre otros los mapaches y artífices de las operaciones Carrusel, Tamal o Ratón Loco.

¿Quiénes? Personajes como Norberto Mora Plancarte, Antonio Cueto Citalán, Ulises Ruiz, José Murat Casab, César Augusto Santiago y muchos más.

Políticos cuyas proezas lindaban la fantasía. Como eso de penetrar, sin ser pillados, la noche de los comicios, a los cuartos donde eran ¡resguardados por el Ejército! los paquetes electorales, para cometer sus fechorías antes del cómputo.

Semejan niños de pecho, ante los actuales timadores, incluso aquellos delincuentes electorales de los años 60, guiados por la filosofía de la ranchera, según la cual el PRI, como Jalisco, nunca pierde, y cuando pierde, arrebata.

Priistas de cepa que llegaban al extremo de quemar  urnas y casillas donde su derrota era inexorable. O, ya en los 80, los pomposamente denominados operadores electorales, duchos en la manipulación de bancos de datos.

Para no hablar de los tiempos de Manuel Bartlett en Gobernación, cuando se arrebataron victorias a la oposición en Chihuahua, Coahuila y otras entidades, en algunos casos mediante la ingeniosa maniobra de intercalar ¡papel cebolla! entre las actas para distorsionar las cifras reales. O la histórica caída del sistema en 1988.

El fraude está a plenitud. Eso es patente no porque en un régimen como el nuestro la burla a los votantes ya no es práctica de un sólo golpe, que se asesta el día de los comicios y sanseacabó, sino todo un sistema que pasito a paso va concretando el robo, a lo largo del proceso.

Es evidente su ejecución, aunque el apaño no se consuma —lo vemos por estos días— mediante la acción de las cúpulas partidistas en bufalada, como antaño, sino a base de argucias de la élite económica en manada.

El fraude arrancó con las campañas, el 30 de marzo, y terminará con éstas el 27 de junio. Consiste en la descarada exposición ante los ciudadanos de un catálogo de promesas, a cual más sugestiva, aun a sabiendas de que no serán cumplidas.

No serán cumplidas por diversas causas, desde el hecho de que sólo uno de cuatro coronará su empeño con la victoria, hasta la probable falta de respaldo legislativo para el caso de que se requieran cambios legales o constitucionales, y la sequía financiera.

El engaño a los electores, sin embargo, está a todo vapor.

Fue iniciado por Andrés Manuel López Obrador, quien ha sido secundado y aun superado —con cinismo, desmesura y total desconsideración por las necesidades y los anhelos de la gente— por sus tres adversarios.

El más descarado timador es Jaime Rodríguez, El Bronco. ¿Alguien se traga el cuento de que este primitivo político puede ganar? ¿Alguien cree que haría efectiva la barbarie de cercenar manos, propinar azotes y aplicar la pena de muerte?

¡Hasta qué punto habrá llegado la situación, que al calor de la refriega las pullas de poderosos actores, dirigidas a alguno de los contendientes, pierden eficacia porque impactan a todos y a ninguno!

El populismo y el clientelismo han equiparado a los candidatos, en todos sentidos, desde lo ideológico hasta la práctica política.

El Presidente Enrique Peña Nieto, en una especie de tardío mea culpa, con seis años de retraso, criticó a quienes prometen una nación que de configurarse sería casi el paraíso, “cuando claramente nunca va a existir algo así”.

Habrá quien exclame, ante semejante recriminación, “¡qué trancazo le asestó Peña Nieto a José Antonio Meade!”. Porque, ciertamente, son tan copiosas y tan voluntariosas las promesas del abanderado del PRI, que de primera impresión éste parece ser el destinatario de la censura del Jefe del Ejecutivo.

“Suena muy bonito, en la retórica, decir: vamos a arribar a ese México que todos queremos, y lo pintamos muy pues bonito”, añadió, con sorna, el huésped de Los Pinos. Y uno, al escucharlo, se queda pensando dónde acabó la neutralidad presidencial, porque esta indirecta fue directa para Ricardo Anaya.

El segundo hombre más rico de México, Germán Larrea, pidió a sus empleados no votar por un gobierno populista. Y, como abriendo el paraguas antes del aguacero, dijo, sin ponerse colorado, que las concesiones que usufructúa no son producto de compadrazgos ni de la corrupción. Luego arremetió… vaya uno a saber si contra Meade, Anaya, López Obrador o El Bronco:

“Si este modelo económico populista, en donde todo supuestamente pertenece y proviene del Estado, y en el que se ofrece regalar sin trabajar, se llegara a imponer en México, se desincentivarían las inversiones, afectando gravemente a los empleos y la economía”, dijo.

¡Caramba! ¡Que en su arrogancia los capitanes del dinero no pretendan darle clases de economía al dos veces secretario de Hacienda y hoy candidato del PRI!

Si Meade ha presentado un alud de promesas, al menos hagamos de tripas corazón para suponer que no son falacias, sino que se hallan respaldadas por las arcas nacionales.

El candidato priista sabe de números y está en aptitud de decir si la nación tiene solvencia para todo lo que él está proponiendo.

Las promesas de Meade van de la regularización de autos chocolate a la creación de una Red Nacional de Casas de Día para Adultos Mayores, la duplicación de pensiones y hacer éstas heredables entre cónyuges.

Además, la protección no sólo a emigrantes sino también sus familias y la conversión del programa 3x1 en “6x1 para que luzca más”. Y un salario de mil 200 pesos mensuales para jefas de familia, ofrecimiento éste cuya paternidad le disputa Alejandra Barrales.

Meade ya dijo también que fortalecerá la seguridad y el desarrollo de la frontera sur y garantizará que Campeche siga como el estado más seguro y hasta tendrá el corredor turístico Campeche-Champotón-Ciudad del Carmen.

Y que Zacatecas se convertirá en el destino turístico más importante del centro del país, además de que se triplicará el apoyo económico para hogares con algún integrante discapacitado.

Si la campaña empezó con cuatro candidatos de derecha y sólo uno de izquierda, ahora no hay más que epígonos de Hugo Chávez, émulos de Nicolás Maduro.

Es fraudulento el tratar de ganar votos con la promesa de eliminar por completo y como por ensalmo la corrupción, tal como hace El Peje.

Y es una patraña, asimismo, ofrecer la reversión total de las reformas estructurales y dinero a manos llenas para viejitos, madres solteras, estudiantes, discapacitados…

No obstante, en su desesperación por alcanzar al de Morena, sus adversarios no han parado mientes en prometer de todo.

Anaya asegura que recuperará el control de los penales,  duplicará la Policía Federal, creará una Comisión de la Verdad, modificará la instrumentación de la reforma educativa y revisará contratos del nuevo aeropuerto.

Que elevará a cien pesos el salario mínimo, subirá el presupuesto de los consulados,  llevará Metro y hospitales a Chalco, y dará seguridad social a trabajadoras domésticas. Y hasta construirá puentes donde no hay río.

Fraude vil por donde se mire.


aureramos@cronica.com.mx

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