La pasión por el fútbol (primera parte) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 01 de Junio, 2018
La pasión por el fútbol (primera parte) | La Crónica de Hoy

La pasión por el fútbol (primera parte)

Edgardo Bermejo Mora

Se acerca el Mundial de Fútbol, y más cerca aún las elecciones. Me niego en las próximas semanas a agregar una sola gota más de tinta al río de los comentarios y los análisis preelectorales. Pasemos mejor al futbol, un territorio por lo demás muy desconocido para mí. En las próximas entregas compartiré con los lectores una crónica de nuestra mexicanísima pasión por el Juego del Hombre, como le llamó el gran Ángel Fernández.

¿Cuál es el monosílabo más largo de la lengua española?: ¡Gooooooooool! Acaso la mayor aportación de los cronistas deportivos a la historia de la gramática castellana. Para castellanizarlo, al vocablo inglés se le restó una vocal —la letra a —, y se le añadieron un número considerable de letras o. El resultado del canje contribuyó a que la expresión se alargue o acorte según el ánimo nacional: un gol de nuestro equipo en copa mundial contiene un número insospechado de letras o; la anotación del equipo contrario —en cambio— se le reducirá a su mínima expresión, casi a una rabieta gutural por lo que apenas y se asoman una g y una l; prosodia oscura que delata el fervor exagerado por el futbol, y que nos pone de golpe frente al frágil espejo de los nacionalismos exaltados.

El chovinismo es un show. Casi siempre una actuación, una impostura, en el mejor de los casos una catarsis momentánea. No se demuestra, se exhibe. Al menos en México, demostrar amor por la patria y apego a ella sólo puede expresarse en forma expansiva, estridente o a través del estropicio. No en el recogimiento de quien cena cada noche con su familia, en el acto rutinario de hacer la declaración anual de impuestos, tirar la basura en el bote más cercano, o acercarse la ventanilla correspondiente para pagar una multa por alguna infracción cometida. Así no se nota, o mejor dicho, así no se puede notar. El cariño inmarcesible por la-tierra-que nos-vio-nacer se expresa a gritos, en la calle, por la noche, a golpes de banalidad televisiva, a fuerza de rituales desangelados, de ademanes simiescos y leyes ultra nacionalistas que confirmen el mayor Perogrullo de todos: “Como México no hay dos”. Pobre de aquel extraño enemigo que ose profanar con su planta nuestro suelo, con sus inversiones nuestra amadísima industria, o con su balón la meta de nuestro arquero nacional.

Los mexicanos bien nacidos gritan su amor por el país en una cuantas ocasiones propicias: la noche del 15 de septiembre; la noche de su boda, o de su graduación escolar, es dable también acudir a la expansión de la laringe tricolor para celebrar que “un paisano” —algo aún más comprometedor que “un mexicano— se elevó en el podio de los medallistas olímpicos o alzó los brazos —victorioso y vapuleado— en el cuadrilátero de un casino de Las Vegas; pero acaso el grito delator alcanza su registro más agudo y afectado cada vez que la selección mexicana de fútbol remueve, así sea por un instante, las esperanzas de grandeza deportiva de una nación que ha sufrido lo mismo el oprobio de la bota militar extranjera, que la afrenta de ser derrotados por el equipo alemán en el Estadio Azteca, gran altar de los sacrificios nacionales en donde todos y cada uno entregan el corazón.

“Pinches nazis” rezaba una pintada en el barrio de Santa Úrsula —a un costado del gran altar de los sacrificios— pocos días después de la derrota de 1986 a manos del enemigo teutón y en serie de penaltis. País pendenciero, futbolero y guadalupano, en el amor por la camiseta verde de los seleccionados nacionales se ha llegado a la síntesis más grotesca y atroz de lo que entendemos por apego al terruño.

Como el acto gregario de ir a mear en la cantina en jubiloso tropel y nunca en solitario, por lo regular cuando un mexicano se desgañita a nombre de la patria no lo hace solo sino acompañado. El mexicano grita u orina en compañía de su gente, de la raza, del compadre.

El chovinismo futbolero, y su hermano mayor, el nacionalismo, todo lo reducen a una triada fetiche: sólo así se explica el intento por contener la identidad en tres colores: verde, blanco y rojo; en tres objetos: el tequila, el chile y las tortillas; y en tres sílabas: Mé‑xi‑co. Peor aún, esta reducción —de sí abominable e injusta— admite otra más: tres letras que todo lo contienen y todo lo simbolizan, las tres letras taumaturgas de la pasión nacional: gol.

Los hinchas que acuden al Monumento de la Independencia de la Ciudad de México para celebrar las glorias del equipo tricolor son ejemplares de colección para el museo universal del exhibicionismo. Su mayor anhelo: aparecer en pantalla pintarrajeados, echando desmadre, eufóricos, tribales e incontenibles. En términos mediáticos, han logrado lo que parecía insuperable: reducir de 15 a 2 los segundos que Andy Warhol postuló como el tiempo mínimo de fama al que todos tenemos derecho. Dos segundos o acaso menos, el tiempo necesario para mandar lo mismo un saludo por televisión o una alegre mentada de madre. Ya no se buscan tres décadas de prosperidad, como ocurrió en el llamado “Milagro Mexicano” de la postguerra, sin tan sólo noventa minutos de emoción, alrededor de seis horas de celebración y unos pocos segundos en pantalla que aseguren el pase a la posteridad, o simplemente a cuartos de final. El chiste es mostrarse y demostrarle a los otros —pero sobre todo a nosotros mismos— que el amor por México lo llevamos en las venas, por donde corre sangre, ozono y cerveza.

 


@edbermejo

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