Cultura

Mar negro, de Bernardo Esquinca

El ciego

(Fragmento)

1

La primera vez que vi al viejo me preguntó la hora. Estaba afuera de su departamento, en el primer piso, recargado en el quicio de la puerta, con el bastón entre las manos y la mirada perdida. Yo bajaba del piso superior, donde se encontraba mi casa; me llamó la atención su espigada y frágil figura, con la carne pegada a los huesos, la nariz aguileña resaltando en su rostro, apuntando decididamente hacia el suelo, como si la gravedad la hubiera vencido antes que al resto de su cuerpo. Tenía unos mechones de cabello gris detrás de las orejas y le costaba trabajo jalar aire; su respiración era en realidad un estertor prolongado. Le calculé más de noventa años. “Son las cuatro de la tarde”, le dije, y agregué: “¿Se le ofrece algo?” Me di cuenta de que no me miraba a los ojos, que se guiaba por el sonido de mi voz, por lo que deduje que era ciego. Ciego y solo, pensé. Este hombre debería estar en un asilo. El viejo dijo que no, me dio las gracias, y yo continué mi camino escaleras abajo.

Vivía en un edificio de los años cuarenta en la calle de Ayuntamiento, cercano a Bucareli, en esa extraña zona que es la frontera entre el Centro de la ciudad y la colonia Juárez. Un lugar que en épocas pasadas fue un tranquilo paseo adornado con árboles y fuentes, recorrido por carruajes, ahora convertido en un sitio decadente, con edificios históricos en ruinas o invadidos por paracaidistas. Además, constituía el epicentro de manifestaciones y plantones debido a la proximidad con la Secretaría de Gobernación. Carmen, mi mujer, solía quejarse del ruido y del caos; había un antro de música cubana justo enfrente de nuestro edificio, y a un costado un Politécnico cuyos alumnos invadían la banqueta por las tardes, armados con caguamas y churros de mota. Yo le pedía que fuera paciente. Le recordaba que aquella situación era transitoria: en cuanto me otorgaran la beca que había solicitado nos mudaríamos a un lugar más tranquilo.

Otro día, mientras subía las escaleras de granito, me volví a topar con el anciano. “¿Quién eres?”, me preguntó con su voz cascada. “Soy el vecino del seis”, le respondí, aproximándome. Me pidió que lo ayudara a tomar sus medicinas. Me hizo pasar a su departamento. Para mi sorpresa, no lucía tan deprimente como cabía imaginar. Los muebles eran viejos, pero haciendo a un lado ese detalle, la casa se veía recogida e iluminada. Alguien ha de venir a ayudarle, pensé. Una sirvienta de entrada por salida. Parecía que no tenía parientes, o al menos no alguno que quisiera estar en contacto con él. En la mesa del comedor había una serie de pequeños frascos con goteros y un vaso con agua. Me los fue entregando uno a uno, indicándome cuántas gotas correspondían a cada medicina. Cuando terminé de preparar su mejunje, el anciano tomó el vaso con mano temblorosa y comenzó darle pequeños sorbos, como si hubiera olvidado que yo estaba ahí. Aproveché para mirar con detenimiento a mi alrededor. Vi que en la pared de la sala colgaban varias fotografías antiguas. Algunas eran retratos de familia, otras individuales. Destacaba una fotografía en colores sepia del rostro de una niña. Tenía los cabellos claros, le colgaban en forma de bucles hasta los hombros, y poseía los mismos ojos tristes del viejo. “¿Su hija?”, le pregunté, señalando con una mano hacia el retrato. Me percaté de mi estupidez y añadí: “Me refiero a la niña de la fotografía”. Los ojos del anciano parecieron iluminarse por un segundo. Dejó el vaso sobre la mesa, me tomó del brazo con una mano que parecía una garra y con una fuerza inusitada me condujo a la puerta. “Muchas gracias por su ayuda, joven”, dijo, sacándome de su casa. Después cerró con un portazo.

Aquel episodio me dejó intrigado y decidí averiguar más sobre mi extraño vecino. Quería hablar con el señor Cinquetti, un jubilado que llevaba treinta años viviendo en el edificio, y que conocía la historia de todos sus inquilinos. También podía espiar al viejo, aprovechándome de su ceguera. Durante la cena le comenté mis planes a Carmen. “Quizá pueda escribir algo al respecto”, agregué. “El hecho de ser narrador no te autoriza a meterte en la vida de los demás”, me dijo, con su habitual desconfianza hacia mis pesquisas. “Deja a ese pobre viejo en paz.” Mientras tomaba el cuchillo para partir un pedazo de pan, añadió una frase que, lejos de desanimarme, me persuadió a continuar: “Recuerda que el que busca encuentra”.

2

El señor Cinquetti debía tener cerca de ochenta años, pero poseía una salud envidiable. Vivía un piso arriba del mío. Todos los días bajaba las escaleras para salir a comer o ir de compras. Se movía despacio en los escalones, sosteniéndose con firmeza del barandal de hierro, y saludaba con buen humor a quien se cruzara en su camino. Había trabajado en la oficina de correos la mayor parte de su vida; ahora que estaba retirado se hacía cargo de algunas tareas del edificio, como repartir la correspondencia, recibir al camión del gas o mostrar los departamentos en renta. Era una especie de conserje voluntario del edificio, y los inquilinos le teníamos aprecio.

Una tarde timbré en su puerta con el pretexto de preguntarle si había llegado el recibo de la luz y aproveché para sacarle plática. Cinquetti era viudo, no tenía hijos, siempre estaba dispuesto a conversar. Nos sentamos en la sala y me mostró algunas páginas de las memorias que preparaba. Él sabía que yo era escritor y quería una opinión “profesional”. Su prosa era recargada, divagaba mucho. Hablaba sobre sus antepasados italianos que emigraron a México a finales del siglo xix. Al tercer párrafo perdí el hilo. Sin embargo, la última página terminaba con una frase que se me quedó grabada: “Escribo todo esto porque estoy rodeado de fantasmas. Pero hasta ellos han comenzado a desaparecer”. Carajo, pensé. ¿Qué le puede quedar a un anciano si pierde contacto con sus fantasmas? El terror del vacío absoluto.

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