Pedro Sánchez, misión imposible

Marcel Sanromà

Tanto nos acostumbramos en los últimos años en España a que el reguero de casos de corrupción que afectaban al Partido Popular, que vendría a ser el PRI de allá, no tenían luego prácticamente ningún impacto negativo en sus resultados electorales, que nadie lo vio venir. Nadie. Ni siquiera Mariano Rajoy, que en plena moción de censura parecía no ser capaz de salir de la estupefacción más absoluta.

Y en un abrir y cerrar de ojos, el socialdemócrata Pedro Sánchez era presidente del gobierno español. Tan rápido fue el cambio de gobierno que mi madre salió de casa hacia el aeropuerto de Barcelona con Rajoy aún en la Moncloa y aterrizó en Ciudad de México con Sánchez como presidente, a punto de jurar el cargo.

Ahora, el nuevo presidente español, madrileño y ateo de 46 años, tiene ante sí un escenario casi tan complicado como el que hubiera enfrentado Rajoy, de haber seguido en el cargo con la mierda de la trama Gütel sobrepasándole los tobillos. Sánchez debe, ante todo, elegir si intenta agotar la legislatura, que caduca en junio de 2020, o si convoca elecciones anticipadas, tal y como dijo que hará.

El problema para Sánchez es que la perspectiva de cumplir su palabra y adelantar las elecciones no es prometedora para el Partido Socialista (PSOE), que ha empeorado sucesivamente sus resultados electorales en los últimos años.

En estos momentos, con un PP desgastado por la corrupción y sumido en el caos de perder el gobierno de manera abrupta y un PSOE a la deriva, las encuestas revelan que unas elecciones beneficiarían a los nuevos partidos: Unidos Podemos, liderado por Pablo Iglesias, y Ciudadanos, capitaneado por el omnipresente Albert Rivera.

El panorama sería especialmente bueno para Rivera, que con un discurso populista y radical ha logrado capitalizar la visceralidad emocional en el lado español del virulento conflicto político del último año entre Barcelona y Madrid.

Esto significa que, en caso de convocar elecciones inmediatas, el mandato de Sánchez podría ser ridículamente corto, y Rivera podría convertirse en nuevo presidente, sumando un caso más a la ola de populismos de derechas que recorre Europa (aunque, en este caso, sin la vertiente antimigración).

De todos modos, parece poco probable que las elecciones pudieran ser antes de 2019, lo que daría tiempo suficiente al PP a reconstruir sus estructuras (e, idealmente, a limpiar su porquería), posiblemente con el gallego Alberto Núñez Feijóo como nuevo líder. Tomando en cuenta la enorme resiliencia electoral del PP, esto podría provocar un descenso de Rivera en los comicios, pero probablemente sería insuficiente para evitar que la derecha lograra asaltar de nuevo la Moncloa, fuera de la mano de PP o de Ciudadanos.

Entonces, las opciones de Sánchez para revalidarse como presidente en las urnas pasan por agotar la legislatura y confiar en que un hipotético buen hacer en el gobierno fortaleciera su imagen y la del PSOE.

Esto, sin embargo, presenta el enorme reto de redibujar la estrategia del Estado para solucionar, o al menos suavizar, el conflicto con Cataluña (no podemos olvidar que los partidos independentistas catalanes dieron su apoyo a la Moción de Censura).

La fórmula de la represión más brutal del PP ha demostrado ser efectiva para derrotar las aspiraciones democráticas de celebrar un referéndum de independencia y las no tan democráticas de intentar una secesión unilateral, pero ha generado una dolorosa fractura social en tierras catalanas, una visceralidad insana en tierras castellanas y una pésima imagen del Estado ante Europa.

Arreglar este desastre requiere de altura política; una altura que Sánchez no demostró cuando pidió modificar el código penal español para poder imputar, esta vez con razón, delitos de rebelión y sedición a los dirigentes independentistas catalanes, pero que sí tuvo cuando prometió dialogar con el nuevo gobierno catalán que preside Quim Torra.

El problema para Sánchez, para el PSOE y para España es que cumplir su palabra e intentar arreglar el conflicto político a través del diálogo podría costarle al nuevo presidente sus pocas opciones de ganar las futuras elecciones y entregar el poder de nuevo al PP. O todavía peor, a Ciudadanos.

marcelsanroma@gmail.com

 

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